|
“Aniversario”
Ella se
venga con el monólogo. G.Flaubert.
No sabes cómo me alegra que me
digas que no falta detalle. Sí, he puesto el mantel de hilo bordado que nos
regaló la tía Alfonsa cuando nos casamos y la vajilla azul cobalto de los
días de fiesta, pero es que hoy es un gran día. Me acuerdo lo que dijo la tía
cuando, envuelto cuidadosamente en papel de seda, nos lo trajo: “Lo he
bordado con tanto esmero como felicidad os deseo”, eso dijo. ¿Qué crees, que
he exagerado al abrir las dos alas de la mesa y haberla dispuesto a la larga
como para las grandes ocasiones? Claro, precisamente por eso, es que hoy es
una gran ocasión. El champagne, con el cóctel de gambas, tiene que estar
buenísimo ¿Que lo abra yo? Bueno. Acerca la copa antes de que se me derrame
entero sobre el mantel, aunque dicen que trae buena suerte. Brindo por
nuestro amor. Un sorbito más y voy por el marisco. ¿Qué me he gastado un
dineral? Sí... bueno... pero un día es un día. Come tú, ya sabes que a mí no
me sienta bien, no quiero probarlo, de verdad, que me salen sarpullidos por
todas partes, en cambio tomaré una copita de champagne. A mí lo que de verdad
me gusta del marisco son los caparazones, como la caracola de la estantería
que nos regaló el mar Cantábrico cuando buscábamos percebes y almejas entre
las rocas. Después de cuatro veranos cada vez que la pongo al oído puedo oler
el arroz con gambas y pimientos que salía del chiringuito mientras
esperábamos a que nos sirvieran la paella ¡El hambre que teníamos! ¡Y lo que
nos gustaba ir al puerto al atardecer y ver a los marineros recoger las redes
mientras el pescado se movía todavía vivo dentro de las cajas! Pero lo que no
olvidaré fue el día que tumbados en la playa se puso a llover, unas gotas así
de gordas, y corrimos al coche, pero cuando llegamos ya estábamos calados y
las toallas todas mojadas y tú tuviste ese gesto de envolverme con tu cuerpo
y pretendías secarme y hacer que entrara en calor... ¿Que te gusta la salsa
del bogavante? Esta hecha con zumo de naranja y nata. La receta la he sacado
del libro de cocina que compré en la feria de libro al mes o así de casarnos.
Un tragito más y voy por el plato fuerte ¡Uy, cómo quema! Yo sólo quiero un
trozo de carne. No, no estoy con uno de mis regímenes. Tiene gracia la cosa,
precisamente ahora que, quiera o no, voy a engordar ¿Que qué quiero decir?
Necesito una copita de champagne. No, otra no, una, antes de decirte... Pero
deja de mirarme de esa manera. ¿Que no me miras de ninguna manera? Bueno,
vale, te estaba diciendo, decía... Que estoy embarazada ¿Qué no puede ser? No
sé de qué te extrañas, sabiendo como sabes que yo un hijo quería tener, que
no me quiero morir sin la experiencia de ser madre, que me parece una de las
experiencias más hermosas de la vida... No, ya sé que tú no, pero entonces no
lo sabía. Y tenía la esperanza de que algún día cambiarías de idea, y porque
creía que a fuerza de insistir te convencería, aprovechaba cualquier ocasión
para sacarlo a relucir... Claro, que así pasaron siete años... Por eso,
cuando aquel sábado vimos en la tele el documental de los cangrejos-hembra, los
cientos de miles de cangrejos-hembra que en el último cuarto de luna
menguante iban a desovar al mar en marea muerta, sentí una frustración enorme
—hasta los seres vivos más insignificantes tenían derechos que a mí se me
negaban—, y no me pude contener. Te dije, ahora me doy cuenta que a medida
que hablaba iba elevando la voz, que la naturaleza era sabia y las cosas más
sencillas de lo nos parecían, que ya tenía treinta y siete años y no podía
esperar mucho más. Tú callaste, bajaste la mirada, frunciste mucho los labios
¿No oyes lo que te estoy diciendo? Y gritaba cuando te solté que si no
pensabas tener hijos no sabía ni para qué te casaste conmigo y me hiciste
perder así el tiempo. Y que si no podías hacer eso por mí es que no me
querías, y que si no me querías no sabía qué hacíamos juntos. Luego ya no
dije nada más. Tú tampoco. Apenas hablamos los siguientes días. Lo justo
entre quienes no tienen más remedio que compartir un espacio común, pero de
sobra se notaba que algo se había roto entre nosotros. Así que el miércoles,
cuando dijiste “Voy a echar la bonoloto”, eso dijiste, “Voy a echar la
bonoloto”, como quien dice “Voy a buscar una coca-cola al frigorífico” o “a
destender la ropa”, quizá pensaste, debiste pensar, que la vida, la nuestra,
la tuya y la mía, ni con una bonoloto se arreglaba. Eso debiste pensar. Eso
pienso yo que pensaste, porque te fuiste y no volviste, aunque podías haberlo
advertido. Pero no. No tuviste el detalle de dejar, con letra apresurada e
ilegible, ni una nota en la libreta de la consola de la entrada, ni de llamar
por teléfono, ni de mandar una postal o enviar un emisario para que viniera a
recoger tus cosas —a quien yo, de paso, pudiera preguntar—, acaso las más
elementales, como tu puto cepillo de dientes. Ni el puto cepillo de dientes
cogiste cuando fuiste a echar la bonoloto, o esa colección de corbatas de las
que estaban tan orgulloso y que desde entonces se mueren de risa y de polvo
en el corbatero del armario y que no me he atrevido ni a mirar. Ahora sí,
ahora con una gotina de champagne me atrevo, de un sorbo... Ésta, la azul de
motitas blancas es la más bonita, la vimos juntos en un escaparate,
¿recuerdas?, una noche cuando volvíamos a casa. Aunque no me dijiste que la
querías, vi que te fijaste en ella. Por eso al día siguiente entré en la
tienda y la compré. Es tan sedosa... Al rozarme me parece que siento tus
manos. Tus manos avanzando entre mis muslos, acariciando mi sexo... ¿Por qué
tuviste que irte sin decir palabra? Tan sólo una palabra tuya habría bastado
para que cambiara el color de mi universo. Eso fue hace un año y desde
entonces sigo cocinando para dos, sigo poniendo en la mesa dos platos, dos
cubiertos, dos servilletas, la tuya a tu lado de la mesa con la inicial de tu
nombre; sigo durmiendo en el mismo lado de la cama, el más alejado de la
ventana, como buscando una protección inconsciente, sigo sentándome en el
mismo rincón del sofá para ver la tele, sigo comprando los bifidus de manzana
y nueces que tanto te gustaban y cada vez que voy al super siempre acabo
metiendo en la cesta de la compra las cuchillas de afeitar que usabas. Pero
ya no. A partir de hoy no. Ya ha pasado un año desde que te fuiste. Un año,
se dice pronto, pero un año, trescientos sesenta y cinco días con sus
trescientas sesenta y cinco noches dan mucho de sí cuando una se queda sola.
Por eso me he tomado mis precauciones y he buscado una clínica para quedarme
embarazada. No, no creo que sea la mejor manera, pero con treinta y siete
años que tengo no me quedaban muchas opciones. O buscaba una solución rápida
o me quedaba sola del todo y esa idea se me hacía insoportable. Ya ves, al
principio, cuando me dijeron que estaba embarazada, me sentía la mar de rara
por no saber quién era el padre, pero me he ido acostumbrando. Fíjate, hasta
he llegado a pensar que si no sé quién es el padre, no corro el riesgo de que
me haga sufrir ¿No dices nada? Oh, ya sólo queda un culín de champagne, pues
brindaré por el futuro. Espero que llegue un niño que, aunque no tenga tus
ojos, ni tus labios, ni el color de tu pelo, ni tu apellido, ocupe esta casa
y lo llene todo con su voz y su risa y el ruido de sus juegos. Que no se
parezca a nadie, y que sea mío, solo mío, para que nunca pueda irse. Para que
a partir de ahora ya no me quede sola nunca más... Sola, no quiero.
|
martes, 15 de julio de 2014
sábado, 12 de julio de 2014
Voces para la ausencia
A los lestrigones(…)no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu
camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una
exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
Ítaca.
C.P. Cavafis
La maestra
Si me dicen que me iba a prometer con el hombre más rico del pueblo, cuando
en el año veintitrés llegué a Villaraz con mi plaza recién estrenada de
maestra, ni por asomo lo hubiera creído, porque yo lo que quería era enseñar
según las ideas que mis maestros, formados en la Institución Libre
de Enseñanza, me habían inculcado. Pero ocurrió. Y con la misma inutilidad que
supone luchar contra una manada de lestrigones me enamoré, casi sin darme
cuenta, de ese hombre serio y delgado y distinguido, demasiado contrapuesto a
lo que yo era.
La primera vez que le vi con su traje gris a rayas fue en la puerta de la
escuela el día que iniciábamos las clases, acompañando a sus dos hijos. Llamaba
la atención por lo elegante que iba pero, sobre todo, porque el resto de
acompañantes eran todas mujeres. Enseguida me enteré por éstas que su esposa había muerto al dar a luz
al menor de sus hijos.
En un aparte me dio la bienvenida al pueblo y me confió a sus hijos para
que los instruyera. Pablo, —dijo,
mientras revolvía el cabello rubio de un niño que no dejaba de mirarme con unos
ojos enormes y confiados —es el benjamín
de la casa y muy inquieto, ¿Eh, Pablo?
Esta noche, sin ir mas lejos, no ha dormido por conocer a la nueva maestra. Juanito,
en cambio, es distinto…—el muchacho casi adolescente rehuyó mi mirada— A Juanito
hay que saberle llevar.
No volví a saber de él hasta unos días después. Y fue a través de Teresa,
su criada, que se presentó un viernes por la tarde en la escuela mientras
ensayábamos una obra de teatro con doce o quince adultos. La ví tan
entusiasmada que le propuse sumarse al grupo. No puedo, en casa de mi amo siempre hay mucha tarea…—y mostrándome
una cesta en la que asomaban un queso y un roscón continuó—Ay, que tonta, se me olvidaba, mi amo me manda que le entregue esto. Pues dile que lo acepto si te deja venir a
los ensayos. Pero yo…no puedo… Y era tal su nerviosismo que antes de que
terminara la frase cogí la cesta de mimbre, la puse en la mesa y le dije: Anda y ve tranquila, mujer. Esto ya lo
arreglo yo.
Lo que Teresa no sabía era que el domingo a la salida de misa me iba a acercar a Juan y le iba a pedir que
le dejara participar en la obra. No mostró ninguna oposición y sí bastante
interés. Mientras le explicaba que se trataba de una adaptación hecha por mí
del “Adiós, Cordera” de Clarín, en el que además de Rosa, Pinín y Cordera,
introducía todo un coro de personajes inventados para que participara el mayor
número de gente, me encontré que habíamos llegado a la puerta de mi casa. Al
despedirnos me dio su mano, esa mano larga y nervuda y distinguida que
estreché, apenas unos segundos, entre la mía.
Y como si a través de ese leve roce hubiéramos firmado un pacto tácito, ya
todos los viernes Teresa aparecía, puntualísima, en la escuela, trayendo
siempre algún manjar que compartíamos al final del ensayo y todos los domingos
su amo, a la salida de misa, me acompañaba a casa. Y ese pequeño trayecto en
que hablábamos de cosas banales, sus negocios,
salidas a la ciudad, la preocupación que sentía por la educación de sus
hijos, el mayor sobre todo, tan cerrado en sí mismo, o mis clases y ensayos, se
fue convirtiendo para mí en uno de los momentos más importantes de la semana.
El hijo mayor.
La imagen de mi madre frente al espejo probándose la mantilla blanca es
quizá el recuerdo más nítido que conservo de ella. Yo entonces tenía tres años
y la miraba escondido dentro del armario de su habitación, aunque ella nunca lo
supo. Meses más tarde los mayores me dirían que había muerto al dar a luz a ese
renacuajo, no entendí que ella ya no estuviera y en su lugar quedara él, ni
tampoco verme privado de su amor, de sus juegos, de su beso de buenas noches al
irme a dormir.
Y como no lo entendí llegué a la conclusión de que mi madre iba a volver.
Por las noches, tapado bajo las sábanas, se obraba el milagro. Mi madre me
hablaba bajo y yo le contestaba y ella me volvía a hablar, y así hasta quedarme
dormido. A veces aparecía en mis sueños
con su mantilla blanca y todo su rostro era una sonrisa blanca.
Dejó de visitarme al poco de llegar la maestra al pueblo. Fue la noche que
el tío Gabriel, los ojos como ascuas, me
soltó que se murmuraba que mi padre y la maestra eran novios: Esa mujerzuela pretende mancillar el nombre
de tu madre, ser la reina de esta casa. Y tu padre, Juanito, no lo ves, ya no
os quiere. Tienes que ayudarme.
Por eso el día que vino a casa, con motivo de la celebración del cumpleaños
de Pablo, me levanté en mitad de la comida. No soportaba su presencia. Y cuando
más tarde mi padre entró en mi cuarto y me pidió explicaciones se las dí. Claro
que se las dí. Le dije que esa mujerzuela estaba mancillando el nombre de mi
madre y lo que era peor, él era el culpable, él, que lo permitía. Nunca me
había pegado y me dolió su bofetada, pero más por la certeza de que mi tío
llevaba razón que por el dolor físico y le odié profundamente.
La maestra
La primera y la única vez que entré en la enorme casona decorada con todos
esos muebles antiquísimos y todos esos cuadros y figuras valiosas fue el día de
la celebración del cumpleaños de Pablo. No me pasó por alto la foto de su
esposa fallecida, el cabello cubierto por una mantilla blanca, presidiendo
desde el aparador de nogal la enorme mesa en la que estábamos sentados una
veintena de invitados. Y mientras Teresa, vestida para la ocasión con uniforme
y cofia, nos servía una sopa de higadillos, me sorprendió que Gabriel, el
cuñado de Juan, con el que apenas había cruzado dos palabras desde que llegué
al pueblo, me espetara:
—Esa obra suya tiene revuelta a esa panda de pueblerinos analfabetos.
Me quedé paralizada mirando un trozo más grande de hígado que nadaba en el
plato humeante y ya iba a replicar cuando Juan, que presidía la mesa, se
adelantó:
—No hay nada malo en que la gente se instruya en su tiempo libre. Es, desde
luego, mucho mejor que andar emborrachándose en las tabernas.
Busqué la mirada de Teresa que en esos momentos había dejado de servir la
sopa. Gabriel se levantó de la silla y tambaleándose, abandonó la sala,
murmurando al salir: Maldita chusma.
—Teresa—zanjó Juan — siga sirviendo,
por favor.
Aunque el resto de la comida transcurrió en un intento de todos los
invitados por borrar el incidente, me
sentía como en el centro mismo de una nebulosa y sólo quería salir de allí. A
si que cuando Pablo apagó las velas me levanté y dije que tenía que irme.
Mientras cruzaba el amplio comedor me di cuenta que Juanito había desaparecido.
Juan quiso acompañarme, pero me negué en rotundo. En su lugar lo hizo Teresa,
que no hacía más que repetir: Si ya lo
sabía yo… ¿Que sabías tu, mujer?
Entonces me contó que en el lavadero por poco se pega con Panina, cuando ésta
dijo que el señorito Juan y la maestra estaban liados.
A si que era eso. Podía entender que hubiera personas en el pueblo, entre
ellos Gabriel, que no vieran con buenos
ojos la obra que con tanto esfuerzo,
viernes tras viernes, ensayábamos, porque la cultura daba poder a la gente, les
abría a otras posibilidades. Pero lo que no me podía imaginar era que personas
que participaban en la obra, como era el caso de Panina, me criticaran sin motivo. Estaba furiosa con
Gabriel, con Panina, con Juan, pero sobre todo estaba furiosa conmigo misma. Y
aunque no pude olvidarle, me acordaba de él todos los días, a partir de
entonces dejé de ir a misa y me refugié
en mis clases, en mis lecturas, —en esos días había descubierto a un poeta
griego, Cavafis, que ya tanto influiría en mi vida— y sobre todo en los
ensayos.
El día que por fin la obra estuvo en condiciones de ser representada
resultó un éxito. Hasta tres veces tuvimos que salir a saludar porque los
aplausos no cesaban. Juan esperaba tras las cortinas con un ramo de violetas
entre las manos. Lo cogí y le di las gracias. Y una vez más me acompañó a casa.
Por el camino no hablamos. Pero al llegar a la puerta me pidió que me casara
con él. Allí mismo le dije que si porque entendí que no podía ni quería luchar
más contra una manada de lestrigones interiores. Lo que no sabía, lo que no
podía saber entonces, era que los lestrigones no estaban dentro de mi, sino
fuera y tan cerca.
El hijo mayor
Cuando mi padre abrió la puerta yo sujetaba el arma con las dos manos. Al
verme me miró con sorpresa, yo, a pesar del odio acumulado todo ese tiempo, le
debí mirar con ojos de terror. Creo que las manos me temblaban.
—¿Qué haces, Juan, hijo? —me debió de preguntar o algo así.
El tío Gabriel, que estaba detrás de la puerta, avanzó un paso.
—Venga dispara.
Mi padre miró hacia atrás, buscando la procedencia de la voz.
El tío Gabriel repitió:
—Venga, Juanito, dispara ya.
Pero yo no me movía. Y mis manos cada vez temblaban más. Entonces con la
rapidez de un lince, el tío Gabriel se puso a mi lado y me quito el arma y vi
como le disparaba, directo al corazón y como mi padre lanzaba un profundo
gemido y caía de rodillas y se desplomaba, mirándome con esos ojos atónitos que
yo no podía dejar de mirar. Mi tío debió de ponerme el arma en las manos antes
de salir, de eso no me doy cuenta. Lo que si se es que luego vinieron todos y
me vieron arrodillado sobre él y pensaron que yo le había matado. No lo
desmentí entonces ni más tarde cuando el juez me preguntó. No lo hice nunca. No
hubo cárcel, era menor de edad y además hijo del hombre más rico del pueblo,
pero mi castigo ha sido peor que cien años de encierro. Desde entonces las
pocas noches que consigo dormir mi madre se me aparece en mis sueños, el
cabello cubierto por una mantilla negra, el rostro contraído por el dolor.
El tío Gabriel
Mi hermana era pura como una flor de azahar. No tenía que haber muerto. No
se lo merecía. ¡Perra vida los golpes que da! Además, si mi cuñado se hubiera
arrimado a una de su clase quizá lo hubiera entendido, pero fue a elegir a esa
mujer que quería ponerlo todo patas arriba, hacer lo blanco negro, ir contra
natura. Porque ¿dónde se ha visto enseñar a los obreros? Ellos están ahí para
lo que están, para servir a sus amos y nada más. Y ella era peor que todos, con
esas ideas que no sé de donde había sacado.
No, no podía permitir que la maestra usurpara el papel de mi hermana, por
eso juré ante su foto de novia que esos dos no estarían juntos.
Y Juanito era el blanco perfecto para llevar a cabo mi plan. El que saldría
indemne. El, que la odiaba tanto como yo. Pero no pudo hacerlo. En el fondo era
un cobarde. Claro que yo si pude. Yo le maté.
Esa fue la primera muerte de otras muchas en las que yo participé años más
tarde. Pero ya todas las muertes han sido la misma muerte y todos los rostros
el mismo rostro.
El hijo pequeño
Yo en cuanto pude me fui del pueblo. Sé por Teresa que el tío Gabriel y mi
hermano parecen dos fantasmas dentro de la casa, evitan cruzarse y si lo hacen
ni se miran. Pero a veces me entra algo parecido a la nostalgia y me siento
tentado a volver. Como este fin de semana que estuve en Villaraz y en la tumba
de mi padre vi un ramo de violetas frescas. Lo primero que pensé fue en la
maestra, pero luego pensé que no, hace años que también se fue del pueblo.
El relato "Voces para la ausencia" fue publicado por la revista que edita todos los años por Navidad el Ayuntamiento de Gordoncillo en diciembre de 2008. Asimismo fue leído (versión más resumida) en la Biblioteca Municipal de Astorga el 14 de Abril de 2014, dentro de las Jornadas Republicanas organizadas por del Ateneo Republicano de Astorga. Quiere ser un homenaje a todas las maestras de la Institución Libre de Ensañanza que lucharon por el ideal democrático de una enseñanza pública, laica y no sexista, y que años más tarde serían depuradas. Está inspirada en una historia real que les oí a mis padres, mi fuente de memoria.
sábado, 21 de junio de 2014
Eterna primavera
A Andrés el frío
que le entra por la ventana le hace recordar otro frío más antiguo, un frío de
cuando era un zagal de once años y a pesar de llevar los calcetines de lana que
le había hecho su madre siempre puestos, se despertaba en el chozo con los pies
entumecidos y acartonados y se los frotaba enérgicamente con las manos, primero
uno, luego otro, para activar la sangre y que entraran en reacción.
Al salir de la
cabaña ya el resto de pastores tomaban las sopas de ajo calentadas al fuego en
el puchero, y siempre había alguno que decía: “¡Qué! ¿Otra vez te has dormido? ¡Pues
ya sabes lo que toca!”, mientras su padre callado traquinaba la cabeza, como
dudando de su valía para las lides del pastoreo.
Pero lo cierto es que a él no le importaba recoger y apagar el fuego, mientras los
más mayores movilizaban el ganado para recorrer por accidentadas cañadas y
cordeles la veintena de kilómetros diarios, dirección norte, en busca de la
eterna primavera. Y es que su trabajo le gustaba más que nada en el mundo, le
tiraba sin remedio, como tendría ocasión de
comprobar años más tarde.
* * *
Había visto su
silueta a lo lejos, las manos sujetando su cintura de avispa, el cántaro a la
cabeza.
“Hola”, le dijo saliéndole
al encuentro mientras las ovejas, custodiadas por sultán, pastaban en la rastrojera. “Hola”, musitó la muchacha sin
detenerse. “Espera”…“He oído decir que esta noche hay baile en el pueblo ¿Vas a
ir?” “Tal vez”, contestó ella mirándole risueña un instante y prosiguió su
camino.
Al caer la tarde se
lavó en el río con jabón para quitarse el olor a animal que le acompañaba
siempre y se puso la camisa vieja, pero limpia, que su madre le había metido en
el fardel para las ocasiones especiales. Nada más entrar en la pista la vio,
sentada en un banco. La sacó a bailar al son de un pasodoble, tomándola por el
delicado talle y soportando su cálida y blanda mano entre la suya, como le
había enseñado un pastor veterano un día que habían practicado en el campo. Con
el primer baile supo que la chica se llamaba Rosa, y que todos los días acarreaba
agua de la fuente que había a varios kilómetros del pueblo. Siguieron bailando sin
cesar toda la noche, y cuando la orquesta dio por finiquitada la función, se
sabía su vida entera: una vida sencilla y volcada al cuidado de su padre,
viudo, y de sus cuatro hermanos. Tras esa noche, y durante el tiempo que hubo pastos
en la zona, se siguieron viendo a diario y al despedirse, mientras estrechaba
su cintura de avispa y ahora sí, se besaban, le prometió que si ella le esperaba
hasta la próxima primavera, dejaría su vida nómada y se asentaría a su lado. Y
aunque todas las noches del largo invierno pensó en ella, a medida que se
acercaba la nueva estación y el encuentro se hacía más inminente, se notaba más
raro e inseguro. La noche de su llegada
al pueblo se puso su camisa vieja y limpia, y se dirigió al baile. Pero al
llegar a la puerta y verse observado por ella sintió algo parecido al vértigo.
Entonces regresó al campo y pasó toda la noche mirando el cielo raso, consciente
de que su vida no estaba en un sitio fijo y que sus únicas novias eran las
estrellas…Nunca más volvió a cruzar una palabra con la chica a la, por otra
parte, jamás logró olvidar.
* * *
Él, que hasta que
se rompió la cadera anduvo tan ligero como un cordero, se incorpora con
dificultad y apoyando su devastado cuerpo en el andador va dando lentos y cortos
pasos, bajo la estrecha vigilancia de la
chica.
–¡Ve qué bien anda!
Lo que le pasa es que es usted un vago.
Andrés sabe que la auxiliar
le riñe en broma porque mientras lo hace no deja de sonreírle con esos dientes
blancos, perfectos. Se parece un poco a Rosa.
–¿Sabes que yo tuve
una novia que se te parecía?– le dice.
–Ande, deje de
decir bobadas. ¿Pues no fue usted pastor, de esos que se pasaban la vida de un
lado para otro?
–Trashumante, éramos
pastores trashumantes –matiza el hombre–. ¿Y eso que tiene que ver?
–Pues todo…Los
pastores esos que usted dice no tenían novia, no me venga con cuentos… ¡Quién
iba a querer compartir su vida con un hombre que se pasaba media vida lejos de
casa!
Andrés se queda
callado pensando que si le hubiera propuesto a Rosa compartir con él su vida tal
vez hubiera aceptado, lo mismo que aceptó su madre y antes su abuela. Pero no
lo hizo y conoce la razón: su miedo a estar sujeto a algo que no fueran los
espacios infinitos a los que hoy, convertido en un viejo, ha tenido inexorablemente
que renunciar. En su afán por alcanzar el comedor sigue dando pasos cortos,
como de carnero desahuciado. Aunque sabe que no va a convencer a la chica por
mucho que insista añade, obstinado:
–¡Rediez! Si te
digo que tuve una novia es que la tuve.
Sol
Gómez Arteaga
Nota: Relato que ganó el primer premio en el concurso sobre "la trashumancia" organizado por el foro "Canales-La Magdalena" en el año 2012.
En la foto que precede al relato figura mi padre, que sostiene un carnero, y un compañero. Realizada en el "Caño Teja", Valderas, donde iban a dar agua al ganado antes de recogerse a dormir en el campo, esto ocurría en el verano 1971. La burra se llamaba "Corneta" y los perros "Moro" y "Chispa". La "mela" con que estaban marcadas las ovejas tenía las iniciales A.G, correspondiente al nombre de su dueño.
sábado, 14 de junio de 2014
Los espacios significan. Y los espacios que un día fueron, espacios de nuestra infancia, aparentemente olvidados, selectivos y borrosos condicionan además nuestra forma de ser, de mostrarnos.
Mi abuela tenía una
hermosa casa de dos plantas.
A ella accedíamos por la puerta trasera, metálica y marrón, que daba a un amplio corral. A través del corral, pasando un descansillo con el suelo de mazarrón, llegábamos a la cocina de diario.
A ella accedíamos por la puerta trasera, metálica y marrón, que daba a un amplio corral. A través del corral, pasando un descansillo con el suelo de mazarrón, llegábamos a la cocina de diario.
La cocina de diario
de mi abuela tenía unas amplias cristaleras bajo
las que se alojaba un sencillo banco de madera con ondas en el respaldo.
También había una mesa camilla en la que se comía, se conversaba, se jugaba
a las cartas, se leía el periódico, se hacían deberes y labores.
El epicentro de la estancia lo conformaba una chimenea con arnal en la
que algunas tardes especiales de invierno ella, generosa y alegre, nos asaba
pitarros envueltos en papel de estraza o asaba patatas o castañas.
Otras veces sentados a la lumbre escuchábamos la telenovela que emitía
la radio colgada de un basal adornado con puntillas.
En un rincón apartado de la cocina, casi invisible y apagado, estaba el frigorífico, que se usaba para guardar medicinas y revistas.
En la cocina de diario de mi abuela hacíamos la vida en invierno.
Pegado a la cocina había un pequeño cuarto con un infiernillo de
porcelana en el que mi abuela preparaba el sempiterno cocido de mediodía o los huevos o
pescado de la noche. En una honda pila de granito con un tajo inclinado fregaba luego los cacharros.
En esa misma pila mi abuela me bañó la víspera de mi primera comunión.
Los enseres los guardaba en un aparador blanco y alto, situado al fondo, lleno de cajones.
Como la puerta delantera
permanecía invariablemente cerrada a la parte “noble” de la casa accedíamos a
través del descansillo. Nada más traspasarlo, en el bajo de la escalera, estaba
la despensa, que olía a humedad y a cal a partes iguales. En ella guardaba los
bollos bañados, los coquitos, las pastas y mantecadas que elaboraba con sus
propias manos para ocasiones especiales (la feria, el Socorro, el día de Santa
Cruz o el del Pan y el Queso), también guardaba los chorizos de la matanza conservados
bocabajo en un garrafón colmado de aceite, los huevos, el jamón, un ajedrez con
fichas de madera –la inevitable pérdida de algunas piezas originales había llevado
a la sustitución de éstas por otras rudimentarias–, varias hamacas.
A mano derecha había
un aseo sin bañera y sin ducha, y anexo a éste un cuarto que jamás se usaba, con
una cocina económica empotrada en la pared que albergaba muestras de ganchillo,
caramelos de Francia con sabor a frambuesa, una caja blanca y grecas azules de “pastilles
vichy-état”, aunque el tesoro más preciado era la piel recién mudada de una
serpiente.
De esta cocina de adorno, cocina de domingos,
se pasaba al salón que solo vi usar el día de las bodas de oro de mis abuelos; se trataba de un espacio rectangular con un amplio
ventanal que daba a la calle rodeado de sillas labradas con rostros de perfil de señores antiguos,
una mesa central y un aparador alto.
A la planta superior
se accedía por unas escaleras de tarima, amarillas y enceradas. A derecha e
izquierda quedaban, dos y dos, las habitaciones de paredes encaladas y exentas de adornos, -a lo sumo las decoraba un cuadro de santos o un cristo crucificado-, con su cama, su armario empotrado
y su mesita de noche donde descubrí readers digest antiguos, escapularios,
monedas, sellos y hasta botones.
Al desván nunca accedí, tampoco despertó mi
curiosidad. La vida en los espacios inferiores de la casa era tan intensa que
no fue necesario.
Había además en la casa
de mi abuela un corral enorme con un jardín bien delimitado, gallineros,
caedizo, una cuadra de adobe con un altillo al que se accedía por una escalera
de madera apoyada en la pared.
En la cuadra se guardaba
el banco de matar el cerdo, los barreñones, y dentro de una caja la
máquina de hacer los chorizos.
En una ocasión encontré
en la cuadra varios libros muy antiguos con pastas de piel y anotaciones
escritas a mano que olían a viejo y a patatas y a tierra, cuya evocación hoy
día me sigue provocando rechazo.
El montículo permanente
de tierra y cascotes que había frente a la cuadra nos permitía izarnos a lo más
alto de la tapia de ladrillo y divisar el corral de la vecina adusta, hermana
del practicante del pueblo, huraña y solterona, poco amiga de niños.
Al fondo del corral,
en una esquina, estaba la higuera.
También tenía el
corral de mi abuela una tinaja con ondas horizontales, a modo de pellizcos, casi siempre mediada
de agua.
En verano en el
corral de la casa de mi abuela sacábamos las hamacas y hacíamos la vida.
La casa de mi abuela fue la casa de mi infancia, el paraíso perdido, ese espacio de no necesitar donde un día estuvo comprendido el universo todo.
miércoles, 4 de junio de 2014
El día 22 de mayo de 1938 se produce la fuga de 798 presos en el Fuerte
de San Cristobal (Pamplona) motivada, sin duda, por las durísimas condiciones
existentes dentro del penal. Solo tres o cuatro hombres, no se sabe con exactitud, consiguieron
escapar a Francia.
Este pequeño diario de ficción, “diario de una duda” nace de la hipótesis de cómo pudo haberse vivido la fuga para los que se quedaron y no huyeron.
DIARIO DE UNA DUDA
(Mensaje en una botella)
Veintitrés de mayo de mil novecientos treinta y ocho
Alguien gritó mientras cenábamos “las puertas del penal están abiertas” y la
gente empezó a levantarse y a intentar salir. De pronto el comedor parecía un
hormiguero amenazado por una tormenta de agosto. Es verdad que rumores de fuga
había habido desde que llegamos al Fuerte, pero esto de ahora era distinto, era
real. Juan y yo nos miramos desconcertados. ¿Vamos?, me dijo. Por un instante
pensé en escapar de esos muros, pero me quedé paralizado. Negué varias veces
con la cabeza. “Pues yo sí, yo me voy, huiré a Francia, prefiero mil veces que
me maten a este infierno”. Espera, quise decirle, recapacita, quizá no sea
buena idea, pero él ya se dirigía al sótano a recoger el fardelillo con sus
cosas. Juan, aunque era más pequeño, siempre tuvo más arrojo. Recuerdo que en
la fiesta grande del pueblo, quince días antes de estallar la guerra, embistió
al morlaco mientras yo, con el alma en un puño, le veía dar los lances desde la
valla de piedra.
No nos abrazamos, no había tiempo que perder, y cuando huía vi que Arcadio,
un paisano de nuestro pueblo que había corrido la misma suerte que nosotros, primero
Astorga, luego San Marcos, ahora Ezcaba, como le dicen aquí, se abalanzaba
junto con un tropel de presos hacia el patio. Por segunda vez pensé seguirles y
de nuevo me quedé anclado al sitio. El miedo es una losa que te paraliza el
cuerpo, la capacidad de raciocinio, hasta de ver con claridad. Si supiera cómo
combatirlo…
En medio de los pasos apresurados, las voces, los vivas a la República y las carreras,
se oyó un disparó. Los guardianes nos obligaron a abandonar el comedor y a
punta de pistola nos condujeron a los sótanos. Más tarde me enteraría de que
para poder huir habían matado a un carcelero.
No pude pegar ojo en toda la noche imaginando tu huida monte a
través, pensando que debí acompañarte,
no dejarte solo en esa carrera de obstáculos, lamentando no haberme despedido de
ti. Si al menos hubiera habido, hermano, un instante para el abrazo…
Veintisiete de mayo de mil novecientos
treinta y ocho
Vivir en un infierno, esto han sido estos tres días, oyendo las
detonaciones en el monte, los gritos, los ladridos de los perros, sin un
momento, ni de día ni de noche, para la tregua. Dicen que matan a todo el que
pillan y lo dejan tirado para pasto de alimañas. Y aquí dentro los carceleros
andan rabiosos, la pagan con nosotros, nos insultan, nos empujan, nos tratan
peor que a animales, los recuentos son continuos.
Hoy han empezado a traer gente, entre ellos a Arcadio. Lo llevaban
esposado con otro a la Brigada Uno ,
un sótano inmundo y oscuro como un abismo. Quise acercarme, preguntarle por mi
hermano, le hice seña con la cabeza, él me miró un instante con la mirada
extraviada, como si no me reconociera y siguió, le siguieron, para adelante. No
quiero pensar lo que le espera, yo al menos tengo mi toldo azul, ese trocito de
cielo que es lo único que me mantiene ligado al mundo.
Cuatro de junio de mil novecientos treinta y
ocho
Trece días desde la fuga, lo apunto en la pared con palotes para
tener un control del tiempo, también para mantener el equilibrio y el ánimo
altos, tan fáciles de perder en este infierno… Dicen que han cogido a todos,
pero siguen rastreando el monte y trayendo gente a diario, así que yo creo que
lo dicen para desanimarnos, y que se nos baje la moral a los pies, y que nos
derrumbemos. Cada vez que las puertas del penal se abren con el corazón encogido
busco a mi hermano en los rostros atezados y rotos de mis compañeros. Pero nada.
Hoy en el comedor se ha rumoreado que ya alguno alcanzó Francia, y quiero creer
que Juan esté entre ellos. Su enorme agilidad y capacidad de aguante tienen que
jugar, me digo una y otra vez, como bazas a favor… también quiero creer que tal
vez se ha arrimado a alguno uno de los gudaris que conocen el monte como la
palma de su mano…
Anoche soñé con él. Soñé que se acercaba y me tocaba el hombro y me
despertaba. Tenía buen aspecto, como cuando antes de la guerra. Llevaba el
traje gris oscuro de raya diplomática que usaba los domingos y una camisa
inmaculada. Con el rostro iluminado me decía que había traspasado la frontera,
me daba recuerdos para todos, madre, los tíos, sus amigos de infancia, Dora...
Lo conseguí, decía, y con su mano nervuda me ofrecía un mendrugo de pan. Cómelo,
es pan francés. Yo alargaba la mía e intentaba cogerlo, pero a pesar de estar muy
cerca no lo conseguía. Así una y otra vez, hasta que lleno de desasosiego, desperté.
Sentado en el jergón pensé en el significado del sueño. “Ya está, ha muerto, la
imagen que acabo de ver es la de su mortaja”, y en medio de la oscuridad, de
las toses de los compañeros de celda enfermos de tuberculosis y de hambre, de
una humedad que se mete hasta los tuétanos, del olor a humanidades compartidas,
de una tremenda soledad, (a nadie podía despertar y contarle mis
preocupaciones, cada uno tenemos bastante con las nuestras), creí enloquecer. Por
la noche la cabeza se te llena de fantasmas y de malos presagios que no hay
forma de espantar. Sin pegar ojo fue llegando la amanecida. Hoy, a pesar del
toldo gris plomizo que planea sobre mi cabeza, veo todo distinto, con otro
ánimo. Debe ser por la lluvia. En vez de quedarme pegado a la pared como el
resto hace unos momentos me he acercado hasta el centro del patio para recibirla
sobre mi rostro bañado en lágrimas, sobre mi cuerpo insomne, sobre mis manos extendidas
como quien recibe una ofrenda.
Siete de julio de mil novecientos treinta y
ocho
Después de dos meses le han vuelto a subir pálido como la cal, flaco,
desorientado…, le he tenido que decir quien era y después de un silencio en el
que parecía buscar pista me ha dicho que no sabe cómo ha podido resistir si no
les daban de comer, en un mes contó veintitrés garbanzos, y el agua la bebían
de una infiltración que había en la pared, y dormían en el suelo, sin jergón ni
nada, y las necesidades las hacían en un rincón… pero lo peor de todo era la
falta de oxígeno que le sumía en ocasiones en una agonía insoportable. Le he
escuchado hablar como quien escucha a un muerto resucitado. Cuando ha terminado
con el alma en vilo le he preguntado por Juan. Se ha quedado cavilando, como si
avistara un recuerdo muy lejano. “Le perdí la pista cuando cruzamos un río”. “Por
ese lado no hay peligro, es buen nadador, en el concurso de las ferias del
treinta y dos, ¿te acuerdas?, ganó un saco de harina”. Sí, ha dicho sin mucha
convicción. Nos hemos quedado callados y al entregarle el trozo de libra de chocolate
que me quedaba el carcelero me ha descubierto. Le he plantado cara, desafiante,
y tras un momento de tensión ha desviado la vista. Todavía no me creo mi osadía.
Mientras observaba a mi paisano masticar con ansia, los ojos extraviados, ajeno
a mi mirada, he llegado al convencimiento, yo también, de que mejor muerto que
este infierno…
Veintidós de agosto de mil novecientos
treinta y ocho
Hoy escribí a madre y con la excusa de que aquí todo lo controlan le
dije que no le podía poner mucho, pero lo cierto es que no le quería decir que Juan
se fugó hace tres meses y que después de ese tiempo sigo sin noticias. Le dije
en cambio que estamos bien, que no se apure, que con su última carta nos llegó
el tabaco y las mudas y el chocolate. Tres meses. La vida en el penal está hecha
de actos rutinarios, despertarse, bajar al comedor, asistir a los recuentos en
el patio, barrer las celdas, acudir a misa, mientras intento no pensar, pero a
veces, sobre todo por la noche, me debato entre sentimientos contradictorios, ¿Juan
vivirá?, ¿habrá sido pasto de alimañas?, sin llegar a ninguna conclusión. Algún
día, supongo, sabré la verdad, y mientras llega intento mirar para adelante, aferrarme
a ese trocito de cielo como quien en medio de tinieblas vislumbra un destello.
Mensaje depositado en una botella el 18 de Mayo de 2014.
jueves, 29 de mayo de 2014
NUBES
El apartado
“Nubes” surge a raíz de la lectura de “Autorretrato” de Édouard Levé (París 1965-2007),
libro para mí brillante y sorprendente y demoledor a partes iguales.
Al igual que “Autorretrato”,
“Nubes” lo componen frases cortas en las que expreso mis afectos, preferencias,
deseos, recuerdos infantiles, impresiones y, como escribió Teresa a secas en un
libro de ocasión que compré en el 82 en cuesta Moyano, divago acerca de “la
vida, lo más bello, lo único y lo más doloroso”. Se trata, pues, de la parte
más personal, más intima de mí misma.
El nombre de “Nubes” tiene que
ver con el hecho de que cuando las escribo las cuelgo en la otra nube o araña
virtual.
Nube I
De todas las habitaciones en las que pernocto
siempre acabo durmiendo en el lugar de la cama que está más cerca de la
ventana. Me gusta escuchar el silencio. Si pudiera elegir entre todos los meses
del año elegiría septiembre, si pudiera elegir
entre todos los días de la semana elegiría el viernes. Paradogicamente la gente
de ideas más conservadoras es que mejor se adapta a los cambios. Cuando quiero
evadirme de la realidad voy de compras. Cuando quiero saber de mí le pregunto a
las olas.
(7/2/14)
Nube II
Siempre he sentido inclinación por la gente divergente y los
comportamientos heroicos. Para escribir elijo cuartos interiores cerca de la
cocina donde se aderezan las cosas que luego alimentan. Hace unos días leí que
la nostalgia es una cita sutil con el pasado, creo además que puede ser anhelo
de lo no vivido. Jamás he conseguido leer un manual de instrucciones entero.
(11/2/14)
Nube III
Vivir a veces se convierte en un acto diario de
imaginación. Cuando viajo en coche me fijo en los postes de la luz y
catenarias, en los molinos de energía eólica, en los fardos de paja, en las
placas de energía solar, en general en todo aquello que visto en perspectiva y movimiento
forma líneas que se pierden en el horizonte. Las pocas veces que me aburro me
invade un sentimiento infinito de desvalimiento. Necesito estar creando. En
ocasiones se ayuda mejor en la distancia.
(15/2)
Nube IV
Uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia es
la imagen de una niña corriendo en las eras con un vestido amarillo de soles.
En un terraplén enterraba mallas y ajos de cigüeña que cubría con un cristal y
un montoncito de tierra, pese a marcar con una cruz
el lugar exacto de mi tesoro jamás lo encontraba. También había una caseta de
adobe y un pozo profundo, protegido a la curiosidad infantil por alambre duro,
trenzado. En las eras de mi infancia estaba contenido el universo todo.
(20/2/14)
Nube
V
Con los
afiladores portando su caja de chispas y el sonido candente de la filarmónica
llega la lluvia o tú. Los temas universales de la literatura, lo mismo que
ocurre con la vida, son el amor y la muerte. L' écrivain decía hace mil años
que lo mejor de una mujer es lo que la rodea. Para levantar su autoestima había
empezado a escribir cartas a su ex-amante muerto. No, no fue ella quien lo
mató, lo hizo, poco a poco, la vida. El aire huele a amarillo mientras llega la
primavera. Sentir, el caso es sentir.
(19/3/14)
Nube VI
Lo que
no conocemos no existe para nosotros. Estamos hechos además de agua de palabras
-luz, sombra, trinchera, albur, pericia, alfajor...-. La palabra, decía Antoine
de Saint de Exupéry, es fuente de malentendidos. En el primer “Rodea el
Congreso” de 25/9/12 el mendigo con bolsa verde dijo que había mucha gente
dispuesta a echarse a la calle por defender la casa y el pan. El fotoperiodista
Czuko Williams hablaba ayer de que en el proceso de resistencia ciudadana de
nuestro país se estaba dando un paso al frente encaminado a la acción. Mientras
amanece, que es bastante, seguiré divagando “sobre la vida, lo más bello, lo
único y lo más doloroso”. El entrecomillado lo escribió Teresa el 16/10/82, en una
hoja al final del libro “El amante de
Lady Chatterley” que compré usado en Cuesta Moyano, y que suscribo plenamente.
(26/3/14)
Nube
VII
Cada día
trae una nube distinta.
Hay
"nuberus" de tormenta que como movidos por voluntades caprichosas se
divierten provocando galernas y arruinando cosechas y ganado, también hay nubes
de agua que funcionan como un bálsamo para las heridas incarceradas, y las hay
algodonosas que bajo un cielo azul dibujan amables formas.
Sí, es
cierto, hay días de cielos plomizos, sin nubes.
No se
pueden escoger las nubes, como no se puede escoger nada relacionado con los
fenómenos atmosféricos. Pero si pudiera elegir, elegiría nubes de palabras
-amistad, valor, pan, ola, alero, golondrina- y tumbada en la hierba las vería
pasar y leería en ellas como quien lee un libro.
2/4/14)
Nube VIII
La mayor
parte de mis reflexiones las hago sobre todo por la mañana, en la ducha. La
lluvia me da ganas de escribir de modo poético. Lo real, la vida, está en los
fogones, en las estaciones de servicio, en los pliegues de las faldas de tubo
de las mujeres que caminan, en los puños que se elevan, en los dedos que se
tocan, también en las revoluciones intestinas que surgen de quince en quince
años. Hoy me pareció ver a Ícaro surcando el cielo con sus alas de pájaro. Y
sigue… la vida.
(23/4/14)
Nube
IX
Recordar, del latín
re-cordis, significa volver a pasar por el corazón. El olvido, que decía
Benedetti, la desmemoria, están llenos de recuerdos. Vio el mar por primera vez
a los doce años, pero ya lo había visto antes en la pecera tintada de agua azul
en la que pegaba gupis, neones, escalares, coridonas, combatientes y otros
peces cuyos nombres no recuerda recortados de un libro de fauna acuática. No,
no es que ayer fueran las cosas distintas, lo que cambiaba era su mirada. El
ayer, apreciación selectiva y engañosa, de la memoria.
(14/5/14)
Nube X
Asomo la cabeza al patio interior y el cielo de mediodía me devuelve un toldo desvaído, plomizo. Son las 14'09 horas de un instante irrepetible, por eso escribo despacio, en un intento de tensar el tiempo, de domeñarlo, de aprehenderlo como burbuja de jabón en las manos estiradas del señor mago. Mientras... el guiso borbotea a fuego lento. Cruza,rápida, una paloma, dejando al pasar su arrullo de espuma. Las palomas son las gaviotas de la ciudad, de cualquier cuidad. Es la hora de comer, en el piso de arriba se escucha un chasquido de cubiertos. Apago el fuego.
(21/9/14)
Nube XI
Asomo la cabeza al patio interior y el cielo de mediodía me devuelve un toldo desvaído, plomizo. Son las 14'09 horas de un instante irrepetible, por eso escribo despacio, en un intento de tensar el tiempo, de domeñarlo, de aprehenderlo como burbuja de jabón en las manos estiradas del señor mago. Mientras... el guiso borbotea a fuego lento. Cruza,rápida, una paloma, dejando al pasar su arrullo de espuma. Las palomas son las gaviotas de la ciudad, de cualquier cuidad. Es la hora de comer, en el piso de arriba se escucha un chasquido de cubiertos. Apago el fuego.
(21/9/14)
Nube XI
Me pregunto adonde van los e-mails que nunca llegan a su destinatario. No sé que hacer con la mirada cuando todos los ojos se posan en mí. Siempre me estremezco cuando oigo el reclamo de la filarmónica del afilador en la calle, ese sonido de cobre. Ayer mismo volví a ver a menos de un metro de distancia la desesperanza. Es una pena que algunos adultos rechacen a su eterno niño. Hablo conmigo misma cuando necesito calma.
(30/9/15)
NUBE XII
Me produce un extraordinario placer escribir
en el reverso de las hojas de los calendarios gastados. Mientras me miraba en
el espejo llegué a la conclusión de que no me quiero creer mejor de lo que soy,
pero tampoco peor. Confieso que el mundo virtual ha cambiado mi vida, también
la fotografía, no porque haga buenas fotos, sino porque antes era incapaz de
coger una cámara en mis manos y ambas cosas ocurrieron casi al mismo tiempo. A
veces necesito asirme a consignas del tipo “mirar al frente”, “adaptarme, cual
junco verde mecido por el tiempo, a los cambios”, “hacer el bien”, “conocerme a
mí misma” (mis reacciones, mis limitaciones, mis miedos). Sería bueno, que en
los parques públicos de las grandes ciudades abrieran confesionarios laicos y
anónimos, sin necesidad de perdón o absolución. Miro por el rectángulo de la
ventana -atalaya que tengo en el techo-, parece que clarea.
(11/11/15)
Nube XIII
Algunas veces vivir se convierte en un acto sobrehumano de imaginación, también de valentía. Una mañana Sísifo se cansó de acarrear su piedra hasta lo alto de la montaña, se tumbó en un banco y se puso a mirar las nubes imaginando objetos dispares (una barca, una caracola, un hula hoop), nadie, os puedo asegurar, le echó en falta. Escribo mil notas en mil sitios diferentes que luego no encuentro, de pequeña lo hacía en los libros, también dibujaba caras. Clinofilia, monodosis, cebollododolido, durazno, histrión, ..., estamos hechos de palabras, también de sueños.
(7/1/16)
Nube XIV
¿Con que sueñan las nubes? ¿A qué se debe que sus formas variables un día emulen ángeles-músicos, otro sirenas, otro pegasos del color de la nieve? ¿Por qué lloran a veces contagiándonos de su tristeza? ¿A qué huelen, dí, y de que se alimentan y a que saben? ¿A quién buscan cuando se desplazan veloces, saltarinas, tan alocadas que parece que en cualquier momento, pero no, fueran a salirse de sus contornos? ¿Por qué se enojan, principalmente en verano, y les da por soltar truenos y centellas? ¿Qué imaginan cuando ven cohetes en el cielo bajo? ¿Y cuando extasiados las miramos? ¿A quién aman, si es qué aman? ¿Tal vez a ése que a estas horas de la retirada les habla bajito para que soñolientas dejen paso a la noche y sus rivales estrellas? Todo esto me pregunto mirando las nubes de paso, que altivas, pizpiretas, me ignoran.
(7/6/16)
Nube XIII
Algunas veces vivir se convierte en un acto sobrehumano de imaginación, también de valentía. Una mañana Sísifo se cansó de acarrear su piedra hasta lo alto de la montaña, se tumbó en un banco y se puso a mirar las nubes imaginando objetos dispares (una barca, una caracola, un hula hoop), nadie, os puedo asegurar, le echó en falta. Escribo mil notas en mil sitios diferentes que luego no encuentro, de pequeña lo hacía en los libros, también dibujaba caras. Clinofilia, monodosis, cebollododolido, durazno, histrión, ..., estamos hechos de palabras, también de sueños.
(7/1/16)
Nube XIV
¿Con que sueñan las nubes? ¿A qué se debe que sus formas variables un día emulen ángeles-músicos, otro sirenas, otro pegasos del color de la nieve? ¿Por qué lloran a veces contagiándonos de su tristeza? ¿A qué huelen, dí, y de que se alimentan y a que saben? ¿A quién buscan cuando se desplazan veloces, saltarinas, tan alocadas que parece que en cualquier momento, pero no, fueran a salirse de sus contornos? ¿Por qué se enojan, principalmente en verano, y les da por soltar truenos y centellas? ¿Qué imaginan cuando ven cohetes en el cielo bajo? ¿Y cuando extasiados las miramos? ¿A quién aman, si es qué aman? ¿Tal vez a ése que a estas horas de la retirada les habla bajito para que soñolientas dejen paso a la noche y sus rivales estrellas? Todo esto me pregunto mirando las nubes de paso, que altivas, pizpiretas, me ignoran.
(7/6/16)
Nube XV
En agosto me agoto. Me gusta jugar con las palabras como si fueran plastilina, -decir por ejemplo valderina en vez de valderense o púbica en vez de pública-, contorsionarlas, rebautizarlas, es una forma de ilusionismo, también de hacerlas más propias. El miércoles pasado, después de dormir veinte horas seguidas y de ver que el mundo seguía exactamente igual, me di cuenta de que era yo quien debía tomarme las cosas con más calma. Por las noches casi no sueño y lo lamento. Últimamente me asalta el pensamiento recurrente de que los atajos no existen, y está bien, o muy bien, pues ello me obliga a seguir por el camino más recto. Agosto fluye entre perdidas varias, -algunas irreparables-, calor criminal, hermosas puestas de sol y, a veces, como hoy a las dos de la tarde, una calma chicha.
(24/8/16)
Nube XVI
Hay días de nubes algodonosas bajo un cielo sosegadamente azul, días de nubes indiferentes, -esos en los que uno está tan ajetreado que ni mira para el cielo-, días literalmente sin nubes, pero también los hay de tormentas. Ayer fue uno de esos días. Somos química. Pocas cosas me acercan más a la química que una tormenta, y ayer, mientras se hacía súbitamente de noche, las gotas caían como guijarros y un olor ancestral y primitivo inundaba el aire, quise juntar la química de la nube negra que se avecinaba con mi propia química, acocharlas juntas. Y hasta lo logré un poco. Hay veces que el desamparo propio necesita del abrazo de una tormenta de mayo. También pensé, ya ves tú, que de poder elegir me gustaría venir de una nube y volver a ella. Pero todo tiene su instante y pasa y siempre que ha llovido a escampado. Los únicos que permanecen inalterables son tal vez, como dijo Holdel Caulfield de "El guardián entre el centeno", los objetos de museo.
En agosto me agoto. Me gusta jugar con las palabras como si fueran plastilina, -decir por ejemplo valderina en vez de valderense o púbica en vez de pública-, contorsionarlas, rebautizarlas, es una forma de ilusionismo, también de hacerlas más propias. El miércoles pasado, después de dormir veinte horas seguidas y de ver que el mundo seguía exactamente igual, me di cuenta de que era yo quien debía tomarme las cosas con más calma. Por las noches casi no sueño y lo lamento. Últimamente me asalta el pensamiento recurrente de que los atajos no existen, y está bien, o muy bien, pues ello me obliga a seguir por el camino más recto. Agosto fluye entre perdidas varias, -algunas irreparables-, calor criminal, hermosas puestas de sol y, a veces, como hoy a las dos de la tarde, una calma chicha.
(24/8/16)
Nube XVI
Hay días de nubes algodonosas bajo un cielo sosegadamente azul, días de nubes indiferentes, -esos en los que uno está tan ajetreado que ni mira para el cielo-, días literalmente sin nubes, pero también los hay de tormentas. Ayer fue uno de esos días. Somos química. Pocas cosas me acercan más a la química que una tormenta, y ayer, mientras se hacía súbitamente de noche, las gotas caían como guijarros y un olor ancestral y primitivo inundaba el aire, quise juntar la química de la nube negra que se avecinaba con mi propia química, acocharlas juntas. Y hasta lo logré un poco. Hay veces que el desamparo propio necesita del abrazo de una tormenta de mayo. También pensé, ya ves tú, que de poder elegir me gustaría venir de una nube y volver a ella. Pero todo tiene su instante y pasa y siempre que ha llovido a escampado. Los únicos que permanecen inalterables son tal vez, como dijo Holdel Caulfield de "El guardián entre el centeno", los objetos de museo.
(24/5/18)
Nube XVII
El sábado al despertar de siesta abrí la ventana del patio interior para ver si se había secado la ropa y por primera vez desde que vivo en este edificio, y ya va para dos décadas, escuché con sorpresa unos gemidos placenteros de mujer que más tarde, al pensar sobre ellos, me sonaron a música. No puedo precisar de donde procedían, pero al tener un piso debajo de mis pies y cuatro sobre mi cabeza, hay más probabilidades de su origen fuera de los pisos que están más cerca del cielo que de la tierra, aunque eso, ¿quien lo puede saber?... Mientras paseaba cualquier mediodía por el Retiro buscando hojas muertas pensaba que lo más bonito del otoño está aun por llegar. Últimamente en el patio interior de mi casa he oído también con sorpresa el llanto de un bebé, se oye últimamente tan poco llorar a los niños… La primera vez que escuché unos gemidos parecidos a los del sábado, aunque mucho más prolongados en el tiempo, fue en un hotel de Zaragoza, ya casada, que viví con tremendo rechazo. Desde entonces ha llovido unas cuantas primaveras y ha escampado. Creo que los patios interiores, lo mismo que cualquier sitio, pueden dar lugar a interesantes historias si se está atento al murmullo silencioso que circula en ellos mientras la ropa sigue tendida y yo me pregunto por la relación intestina que une acaso dolor y placer.
(24/10/2018)
Nube XVII
El sábado al despertar de siesta abrí la ventana del patio interior para ver si se había secado la ropa y por primera vez desde que vivo en este edificio, y ya va para dos décadas, escuché con sorpresa unos gemidos placenteros de mujer que más tarde, al pensar sobre ellos, me sonaron a música. No puedo precisar de donde procedían, pero al tener un piso debajo de mis pies y cuatro sobre mi cabeza, hay más probabilidades de su origen fuera de los pisos que están más cerca del cielo que de la tierra, aunque eso, ¿quien lo puede saber?... Mientras paseaba cualquier mediodía por el Retiro buscando hojas muertas pensaba que lo más bonito del otoño está aun por llegar. Últimamente en el patio interior de mi casa he oído también con sorpresa el llanto de un bebé, se oye últimamente tan poco llorar a los niños… La primera vez que escuché unos gemidos parecidos a los del sábado, aunque mucho más prolongados en el tiempo, fue en un hotel de Zaragoza, ya casada, que viví con tremendo rechazo. Desde entonces ha llovido unas cuantas primaveras y ha escampado. Creo que los patios interiores, lo mismo que cualquier sitio, pueden dar lugar a interesantes historias si se está atento al murmullo silencioso que circula en ellos mientras la ropa sigue tendida y yo me pregunto por la relación intestina que une acaso dolor y placer.
(24/10/2018)
Nube XVIII (que se hace mayor de edad o también nube del último día del año).
En el último día del año limpio el
alféizar de la ventana de mi patio interior, mientras mis pensamientos fluyen fugaces
como pájaros. Trato de cazarlos al vuelo, pero ellos, renuentes, rebeldes, no
se dejan. Cojo el reverso de la última hoja del calendario, -que tengo la manía
de escribir en el reverso de las hojas agotadas de los calendarios ya lo dije
en otra nube-, y con el boli en mano y en un acto de reflexión interna intento
hacer balance del año…, imágenes de momentos muy gratos y otras de momentos
menos gratos van y vienen de forma anárquica, inconexa, sin dejarse aprehender…
Así estoy un tiempo indeterminado hasta que la luz de mediodía hace presencia
en la estancia como una sonrisa, como una aprobación de vida. Es cuando me doy cuenta
de lo inútil de mi balance. Así que, consciente que hay cosas que mejorar, que
hay cosas que no mejorarán, pero también
que todo es relativo, no somos más, -tampoco menos-, que una gota en el océano,
que un grano de arena en el desierto, que polvo fugaz de estrellas, doy gracias
al año que termina. Con el deseo de que el año próximo nos siga sorprendiendo
jugando a eso único que cada uno de nosotros podemos hacer, que es vivir, me
levanto, sigo limpiando el alféizar.
(31/12/2018)
Nube XIX
Me pregunto porque siempre tenemos la convicción de que lo que perdimos (un texto que se nos borró, una foto...) es nuestra mejor obra. A veces me quedo ensimismada mirando un punto de fuga que tal vez solo existe en mi cabeza. Lo mismo que es una pena que no haya confesionarios en los parques públicos también lo es que en los kioskos no vendan ilusiones a granel. Como casi nunca consigo recordar lo que sueño -y mucho menos íntegramente-, compro sueños de primera y segunda mano, máxima tasación. No me gustaría abandonar el mundo sin haber roto, al menos, media docena de platos. Me muero de ganas porque llegue el amarillo, la mimosa.
(12/2/2019)
Nube XIX
Me pregunto porque siempre tenemos la convicción de que lo que perdimos (un texto que se nos borró, una foto...) es nuestra mejor obra. A veces me quedo ensimismada mirando un punto de fuga que tal vez solo existe en mi cabeza. Lo mismo que es una pena que no haya confesionarios en los parques públicos también lo es que en los kioskos no vendan ilusiones a granel. Como casi nunca consigo recordar lo que sueño -y mucho menos íntegramente-, compro sueños de primera y segunda mano, máxima tasación. No me gustaría abandonar el mundo sin haber roto, al menos, media docena de platos. Me muero de ganas porque llegue el amarillo, la mimosa.
(12/2/2019)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









