martes, 15 de julio de 2014


“Aniversario”
Ella se venga con el monólogo. G.Flaubert.
 
No sabes cómo me alegra que me digas que no falta detalle. Sí, he puesto el mantel de hilo bordado que nos regaló la tía Alfonsa cuando nos casamos y la vajilla azul cobalto de los días de fiesta, pero es que hoy es un gran día. Me acuerdo lo que dijo la tía cuando, envuelto cuidadosamente en papel de seda, nos lo trajo: “Lo he bordado con tanto esmero como felicidad os deseo”, eso dijo. ¿Qué crees, que he exagerado al abrir las dos alas de la mesa y haberla dispuesto a la larga como para las grandes ocasiones? Claro, precisamente por eso, es que hoy es una gran ocasión. El champagne, con el cóctel de gambas, tiene que estar buenísimo ¿Que lo abra yo? Bueno. Acerca la copa antes de que se me derrame entero sobre el mantel, aunque dicen que trae buena suerte. Brindo por nuestro amor. Un sorbito más y voy por el marisco. ¿Qué me he gastado un dineral? Sí... bueno... pero un día es un día. Come tú, ya sabes que a mí no me sienta bien, no quiero probarlo, de verdad, que me salen sarpullidos por todas partes, en cambio tomaré una copita de champagne. A mí lo que de verdad me gusta del marisco son los caparazones, como la caracola de la estantería que nos regaló el mar Cantábrico cuando buscábamos percebes y almejas entre las rocas. Después de cuatro veranos cada vez que la pongo al oído puedo oler el arroz con gambas y pimientos que salía del chiringuito mientras esperábamos a que nos sirvieran la paella ¡El hambre que teníamos! ¡Y lo que nos gustaba ir al puerto al atardecer y ver a los marineros recoger las redes mientras el pescado se movía todavía vivo dentro de las cajas! Pero lo que no olvidaré fue el día que tumbados en la playa se puso a llover, unas gotas así de gordas, y corrimos al coche, pero cuando llegamos ya estábamos calados y las toallas todas mojadas y tú tuviste ese gesto de envolverme con tu cuerpo y pretendías secarme y hacer que entrara en calor... ¿Que te gusta la salsa del bogavante? Esta hecha con zumo de naranja y nata. La receta la he sacado del libro de cocina que compré en la feria de libro al mes o así de casarnos. Un tragito más y voy por el plato fuerte ¡Uy, cómo quema! Yo sólo quiero un trozo de carne. No, no estoy con uno de mis regímenes. Tiene gracia la cosa, precisamente ahora que, quiera o no, voy a engordar ¿Que qué quiero decir? Necesito una copita de champagne. No, otra no, una, antes de decirte... Pero deja de mirarme de esa manera. ¿Que no me miras de ninguna manera? Bueno, vale, te estaba diciendo, decía... Que estoy embarazada ¿Qué no puede ser? No sé de qué te extrañas, sabiendo como sabes que yo un hijo quería tener, que no me quiero morir sin la experiencia de ser madre, que me parece una de las experiencias más hermosas de la vida... No, ya sé que tú no, pero entonces no lo sabía. Y tenía la esperanza de que algún día cambiarías de idea, y porque creía que a fuerza de insistir te convencería, aprovechaba cualquier ocasión para sacarlo a relucir... Claro, que así pasaron siete años... Por eso, cuando aquel sábado vimos en la tele el documental de los cangrejos-hembra, los cientos de miles de cangrejos-hembra que en el último cuarto de luna menguante iban a desovar al mar en marea muerta, sentí una frustración enorme —hasta los seres vivos más insignificantes tenían derechos que a mí se me negaban—, y no me pude contener. Te dije, ahora me doy cuenta que a medida que hablaba iba elevando la voz, que la naturaleza era sabia y las cosas más sencillas de lo nos parecían, que ya tenía treinta y siete años y no podía esperar mucho más. Tú callaste, bajaste la mirada, frunciste mucho los labios ¿No oyes lo que te estoy diciendo? Y gritaba cuando te solté que si no pensabas tener hijos no sabía ni para qué te casaste conmigo y me hiciste perder así el tiempo. Y que si no podías hacer eso por mí es que no me querías, y que si no me querías no sabía qué hacíamos juntos. Luego ya no dije nada más. Tú tampoco. Apenas hablamos los siguientes días. Lo justo entre quienes no tienen más remedio que compartir un espacio común, pero de sobra se notaba que algo se había roto entre nosotros. Así que el miércoles, cuando dijiste “Voy a echar la bonoloto”, eso dijiste, “Voy a echar la bonoloto”, como quien dice “Voy a buscar una coca-cola al frigorífico” o “a destender la ropa”, quizá pensaste, debiste pensar, que la vida, la nuestra, la tuya y la mía, ni con una bonoloto se arreglaba. Eso debiste pensar. Eso pienso yo que pensaste, porque te fuiste y no volviste, aunque podías haberlo advertido. Pero no. No tuviste el detalle de dejar, con letra apresurada e ilegible, ni una nota en la libreta de la consola de la entrada, ni de llamar por teléfono, ni de mandar una postal o enviar un emisario para que viniera a recoger tus cosas —a quien yo, de paso, pudiera preguntar—, acaso las más elementales, como tu puto cepillo de dientes. Ni el puto cepillo de dientes cogiste cuando fuiste a echar la bonoloto, o esa colección de corbatas de las que estaban tan orgulloso y que desde entonces se mueren de risa y de polvo en el corbatero del armario y que no me he atrevido ni a mirar. Ahora sí, ahora con una gotina de champagne me atrevo, de un sorbo... Ésta, la azul de motitas blancas es la más bonita, la vimos juntos en un escaparate, ¿recuerdas?, una noche cuando volvíamos a casa. Aunque no me dijiste que la querías, vi que te fijaste en ella. Por eso al día siguiente entré en la tienda y la compré. Es tan sedosa... Al rozarme me parece que siento tus manos. Tus manos avanzando entre mis muslos, acariciando mi sexo... ¿Por qué tuviste que irte sin decir palabra? Tan sólo una palabra tuya habría bastado para que cambiara el color de mi universo. Eso fue hace un año y desde entonces sigo cocinando para dos, sigo poniendo en la mesa dos platos, dos cubiertos, dos servilletas, la tuya a tu lado de la mesa con la inicial de tu nombre; sigo durmiendo en el mismo lado de la cama, el más alejado de la ventana, como buscando una protección inconsciente, sigo sentándome en el mismo rincón del sofá para ver la tele, sigo comprando los bifidus de manzana y nueces que tanto te gustaban y cada vez que voy al super siempre acabo metiendo en la cesta de la compra las cuchillas de afeitar que usabas. Pero ya no. A partir de hoy no. Ya ha pasado un año desde que te fuiste. Un año, se dice pronto, pero un año, trescientos sesenta y cinco días con sus trescientas sesenta y cinco noches dan mucho de sí cuando una se queda sola. Por eso me he tomado mis precauciones y he buscado una clínica para quedarme embarazada. No, no creo que sea la mejor manera, pero con treinta y siete años que tengo no me quedaban muchas opciones. O buscaba una solución rápida o me quedaba sola del todo y esa idea se me hacía insoportable. Ya ves, al principio, cuando me dijeron que estaba embarazada, me sentía la mar de rara por no saber quién era el padre, pero me he ido acostumbrando. Fíjate, hasta he llegado a pensar que si no sé quién es el padre, no corro el riesgo de que me haga sufrir ¿No dices nada? Oh, ya sólo queda un culín de champagne, pues brindaré por el futuro. Espero que llegue un niño que, aunque no tenga tus ojos, ni tus labios, ni el color de tu pelo, ni tu apellido, ocupe esta casa y lo llene todo con su voz y su risa y el ruido de sus juegos. Que no se parezca a nadie, y que sea mío, solo mío, para que nunca pueda irse. Para que a partir de ahora ya no me quede sola nunca más... Sola, no quiero.

 

sábado, 12 de julio de 2014

Voces para la ausencia

                                                       
                                                                           A los lestrigones(…)no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
 si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
                                         Ítaca. C.P. Cavafis




La maestra
Si me dicen que me iba a prometer con el hombre más rico del pueblo, cuando en el año veintitrés llegué a Villaraz con mi plaza recién estrenada de maestra, ni por asomo lo hubiera creído, porque yo lo que quería era enseñar según las ideas que mis maestros, formados en la Institución Libre de Enseñanza, me habían inculcado. Pero ocurrió. Y con la misma inutilidad que supone luchar contra una manada de lestrigones me enamoré, casi sin darme cuenta, de ese hombre serio y delgado y distinguido, demasiado contrapuesto a lo que yo era.
La primera vez que le vi con su traje gris a rayas fue en la puerta de la escuela el día que iniciábamos las clases, acompañando a sus dos hijos. Llamaba la atención por lo elegante que iba pero, sobre todo, porque el resto de acompañantes eran todas mujeres. Enseguida me enteré por  éstas que su esposa había muerto al dar a luz al menor de sus hijos.
En un aparte me dio la bienvenida al pueblo y me confió a sus hijos para que los instruyera. Pablo, —dijo, mientras revolvía el cabello rubio de un niño que no dejaba de mirarme con unos ojos enormes y confiados —es el benjamín de la casa  y muy inquieto, ¿Eh, Pablo? Esta noche, sin ir mas lejos, no ha dormido por conocer a la nueva maestra. Juanito, en cambio, es distinto…—el muchacho casi adolescente rehuyó mi mirada— A Juanito  hay que saberle llevar.
No volví a saber de él hasta unos días después. Y fue a través de Teresa, su criada, que se presentó un viernes por la tarde en la escuela mientras ensayábamos una obra de teatro con doce o quince adultos. La ví tan entusiasmada que le propuse sumarse al grupo. No puedo, en casa de mi amo siempre hay mucha tarea…—y mostrándome una cesta en la que asomaban un queso y un roscón continuó—Ay, que tonta, se me olvidaba, mi amo me  manda que le entregue esto. Pues dile que lo acepto si te deja venir a los ensayos. Pero yo…no puedo… Y era tal su nerviosismo que antes de que terminara la frase cogí la cesta de mimbre, la puse en la mesa y le dije: Anda y ve tranquila, mujer. Esto ya lo arreglo yo.
Lo que Teresa no sabía era que el domingo a la salida de misa  me iba a acercar a Juan y le iba a pedir que le dejara participar en la obra. No mostró ninguna oposición y sí bastante interés. Mientras le explicaba que se trataba de una adaptación hecha por mí del “Adiós, Cordera” de Clarín, en el que además de Rosa, Pinín y Cordera, introducía todo un coro de personajes inventados para que participara el mayor número de gente, me encontré que habíamos llegado a la puerta de mi casa. Al despedirnos me dio su mano, esa mano larga y nervuda y distinguida que estreché,  apenas unos segundos,  entre la mía.
Y como si a través de ese leve roce hubiéramos firmado un pacto tácito, ya todos los viernes Teresa aparecía, puntualísima, en la escuela, trayendo siempre algún manjar que compartíamos al final del ensayo y todos los domingos su amo, a la salida de misa, me acompañaba a casa. Y ese pequeño trayecto en que hablábamos de cosas banales, sus negocios,  salidas a la ciudad, la preocupación que sentía por la educación de sus hijos, el mayor sobre todo, tan cerrado en sí mismo, o mis clases y ensayos, se fue convirtiendo para mí en uno de los momentos más importantes de la semana.


El hijo mayor.
La imagen de mi madre frente al espejo probándose la mantilla blanca es quizá el recuerdo más nítido que conservo de ella. Yo entonces tenía tres años y la miraba escondido dentro del armario de su habitación, aunque ella nunca lo supo. Meses más tarde los mayores me dirían que había muerto al dar a luz a ese renacuajo, no entendí que ella ya no estuviera y en su lugar quedara él, ni tampoco verme privado de su amor, de sus juegos, de su beso de buenas noches al irme  a dormir.
Y como no lo entendí llegué a la conclusión de que mi madre iba a volver. Por las noches, tapado bajo las sábanas, se obraba el milagro. Mi madre me hablaba bajo y yo le contestaba y ella me volvía a hablar, y así hasta quedarme dormido. A veces  aparecía en mis sueños con su mantilla blanca y todo su rostro era una sonrisa blanca.
Dejó de visitarme al poco de llegar la maestra al pueblo. Fue la noche que el tío Gabriel,  los ojos como ascuas, me soltó que se murmuraba que mi padre y la maestra eran novios: Esa mujerzuela pretende mancillar el nombre de tu madre, ser la reina de esta casa. Y tu padre, Juanito, no lo ves, ya no os quiere. Tienes que ayudarme.  
Por eso el día que vino a casa, con motivo de la celebración del cumpleaños de Pablo, me levanté en mitad de la comida. No soportaba su presencia. Y cuando más tarde mi padre entró en mi cuarto y me pidió explicaciones se las dí. Claro que se las dí. Le dije que esa mujerzuela estaba mancillando el nombre de mi madre y lo que era peor, él era el culpable, él, que lo permitía. Nunca me había pegado y me dolió su bofetada, pero más por la certeza de que mi tío llevaba razón que por el dolor físico y le odié profundamente.


La maestra
La primera y la única vez que entré en la enorme casona decorada con todos esos muebles antiquísimos y todos esos cuadros y figuras valiosas fue el día de la celebración del cumpleaños de Pablo. No me pasó por alto la foto de su esposa fallecida, el cabello cubierto por una mantilla blanca, presidiendo desde el aparador de nogal la enorme mesa en la que estábamos sentados una veintena de invitados. Y mientras Teresa, vestida para la ocasión con uniforme y cofia, nos servía una sopa de higadillos, me sorprendió que Gabriel, el cuñado de Juan, con el que apenas había cruzado dos palabras desde que llegué al pueblo, me espetara:
—Esa obra suya tiene revuelta a esa panda de pueblerinos analfabetos.
Me quedé paralizada mirando un trozo más grande de hígado que nadaba en el plato humeante y ya iba a replicar cuando Juan, que presidía la mesa, se adelantó:
—No hay nada malo en que la gente se instruya en su tiempo libre. Es, desde luego, mucho mejor que andar emborrachándose en las tabernas. 
Busqué la mirada de Teresa que en esos momentos había dejado de servir la sopa. Gabriel se levantó de la silla y tambaleándose, abandonó la sala, murmurando al salir: Maldita  chusma.
—Teresa—zanjó Juan — siga  sirviendo, por favor.
Aunque el resto de la comida transcurrió en un intento de todos los invitados por borrar el incidente,  me sentía como en el centro mismo de una nebulosa y sólo quería salir de allí. A si que cuando Pablo apagó las velas me levanté y dije que tenía que irme. Mientras cruzaba el amplio comedor me di cuenta que Juanito había desaparecido. Juan quiso acompañarme, pero me negué en rotundo. En su lugar lo hizo Teresa, que no hacía más que repetir: Si ya lo sabía yo… ¿Que sabías tu,  mujer? Entonces me contó que en el lavadero por poco se pega con Panina, cuando ésta dijo que el señorito Juan y la maestra estaban liados.
A si que era eso. Podía entender que hubiera personas en el pueblo, entre ellos Gabriel,  que no vieran con buenos ojos la obra  que con tanto esfuerzo, viernes tras viernes, ensayábamos, porque la cultura daba poder a la gente, les abría a otras posibilidades. Pero lo que no me podía imaginar era que personas que participaban en la obra, como era el caso de Panina, me  criticaran sin motivo. Estaba furiosa con Gabriel, con Panina, con Juan, pero sobre todo estaba furiosa conmigo misma. Y aunque no pude olvidarle, me acordaba de él todos los días, a partir de entonces dejé  de ir a misa y me refugié en mis clases, en mis lecturas, —en esos días había descubierto a un poeta griego, Cavafis, que ya tanto influiría en mi vida— y sobre todo en los ensayos.
El día que por fin la obra estuvo en condiciones de ser representada resultó un éxito. Hasta tres veces tuvimos que salir a saludar porque los aplausos no cesaban. Juan esperaba tras las cortinas con un ramo de violetas entre las manos. Lo cogí y le di las gracias. Y una vez más me acompañó a casa. Por el camino no hablamos. Pero al llegar a la puerta me pidió que me casara con él. Allí mismo le dije que si porque entendí que no podía ni quería luchar más contra una manada de lestrigones interiores. Lo que no sabía, lo que no podía saber entonces, era que los lestrigones no estaban dentro de mi, sino fuera y tan cerca.


El hijo mayor
Cuando mi padre abrió la puerta yo sujetaba el arma con las dos manos. Al verme me miró con sorpresa, yo, a pesar del odio acumulado todo ese tiempo, le debí mirar con ojos de terror. Creo que las manos me temblaban.
—¿Qué haces, Juan, hijo? —me debió de preguntar o algo así.
El tío Gabriel, que estaba detrás de la puerta, avanzó un paso.
—Venga dispara.
Mi padre miró hacia atrás, buscando la procedencia de la voz.
El tío Gabriel repitió:
—Venga, Juanito, dispara ya.
Pero yo no me movía. Y mis manos cada vez temblaban más. Entonces con la rapidez de un lince, el tío Gabriel se puso a mi lado y me quito el arma y vi como le disparaba, directo al corazón y como mi padre lanzaba un profundo gemido y caía de rodillas y se desplomaba, mirándome con esos ojos atónitos que yo no podía dejar de mirar. Mi tío debió de ponerme el arma en las manos antes de salir, de eso no me doy cuenta. Lo que si se es que luego vinieron todos y me vieron arrodillado sobre él y pensaron que yo le había matado. No lo desmentí entonces ni más tarde cuando el juez me preguntó. No lo hice nunca. No hubo cárcel, era menor de edad y además hijo del hombre más rico del pueblo, pero mi castigo ha sido peor que cien años de encierro. Desde entonces las pocas noches que consigo dormir mi madre se me aparece en mis sueños, el cabello cubierto por una mantilla negra, el rostro contraído por el dolor.


El tío Gabriel
Mi hermana era pura como una flor de azahar. No tenía que haber muerto. No se lo merecía. ¡Perra vida los golpes que da! Además, si mi cuñado se hubiera arrimado a una de su clase quizá lo hubiera entendido, pero fue a elegir a esa mujer que quería ponerlo todo patas arriba, hacer lo blanco negro, ir contra natura. Porque ¿dónde se ha visto enseñar a los obreros? Ellos están ahí para lo que están, para servir a sus amos y nada más. Y ella era peor que todos, con esas ideas que no sé de donde había sacado.
No, no podía permitir que la maestra usurpara el papel de mi hermana, por eso juré ante su foto de novia que esos dos no estarían juntos.
Y Juanito era el blanco perfecto para llevar a cabo mi plan. El que saldría indemne. El, que la odiaba tanto como yo. Pero no pudo hacerlo. En el fondo era un cobarde. Claro que yo si pude. Yo le maté.
Esa fue la primera muerte de otras muchas en las que yo participé años más tarde. Pero ya todas las muertes han sido la misma muerte y todos los rostros el mismo rostro.

El hijo pequeño
Yo en cuanto pude me fui del pueblo. Sé por Teresa que el tío Gabriel y mi hermano parecen dos fantasmas dentro de la casa, evitan cruzarse y si lo hacen ni se miran. Pero a veces me entra algo parecido a la nostalgia y me siento tentado a volver. Como este fin de semana que estuve en Villaraz y en la tumba de mi padre vi un ramo de violetas frescas. Lo primero que pensé fue en la maestra, pero luego pensé que no, hace años que también se fue del pueblo.

                                                



El relato "Voces para la ausencia" fue publicado por la revista que edita todos los años por Navidad el Ayuntamiento de Gordoncillo en diciembre de 2008. Asimismo fue leído (versión más resumida) en la Biblioteca Municipal de Astorga el 14 de Abril de 2014, dentro de las Jornadas Republicanas organizadas por del Ateneo Republicano de Astorga. Quiere ser un homenaje a todas las maestras de la Institución Libre de Ensañanza que lucharon por el ideal democrático de una enseñanza pública, laica y no sexista, y que años más tarde serían depuradas. Está inspirada en una historia real que les oí a mis padres, mi fuente de memoria. 

sábado, 21 de junio de 2014


 
Eterna primavera

 


 
A Andrés el frío que le entra por la ventana le hace recordar otro frío más antiguo, un frío de cuando era un zagal de once años y a pesar de llevar los calcetines de lana que le había hecho su madre siempre puestos, se despertaba en el chozo con los pies entumecidos y acartonados y se los frotaba enérgicamente con las manos, primero uno, luego otro, para activar la sangre y que entraran en reacción.
     Al salir de la cabaña ya el resto de pastores tomaban las sopas de ajo calentadas al fuego en el puchero, y siempre había alguno que decía: “¡Qué! ¿Otra vez te has dormido? ¡Pues ya sabes lo que toca!”, mientras su padre callado traquinaba la cabeza, como dudando de su valía para las  lides del pastoreo. Pero lo cierto es que a él no le importaba recoger y apagar el fuego, mientras los más mayores movilizaban el ganado para recorrer por accidentadas cañadas y cordeles la veintena de kilómetros diarios, dirección norte, en busca de la eterna primavera. Y es que su trabajo le gustaba más que nada en el mundo, le tiraba sin remedio, como tendría ocasión de  comprobar años más tarde.
 
*                     *                       *
 
              Había visto su silueta a lo lejos, las manos sujetando su cintura de avispa, el cántaro a la cabeza. 
“Hola”, le dijo saliéndole al encuentro mientras las ovejas, custodiadas por sultán, pastaban en la rastrojera. “Hola”, musitó la muchacha sin detenerse. “Espera”…“He oído decir que esta noche hay baile en el pueblo ¿Vas a ir?” “Tal vez”, contestó ella mirándole risueña un instante y prosiguió su camino.
Al caer la tarde se lavó en el río con jabón para quitarse el olor a animal que le acompañaba siempre y se puso la camisa vieja, pero limpia, que su madre le había metido en el fardel para las ocasiones especiales. Nada más entrar en la pista la vio, sentada en un banco. La sacó a bailar al son de un pasodoble, tomándola por el delicado talle y soportando su cálida y blanda mano entre la suya, como le había enseñado un pastor veterano un día que habían practicado en el campo. Con el primer baile supo que la chica se llamaba Rosa, y que todos los días acarreaba agua de la fuente que había a varios kilómetros del pueblo. Siguieron bailando sin cesar toda la noche, y cuando la orquesta dio por finiquitada la función, se sabía su vida entera: una vida sencilla y volcada al cuidado de su padre, viudo, y de sus cuatro hermanos. Tras esa noche, y durante el tiempo que hubo pastos en la zona, se siguieron viendo a diario y al despedirse, mientras estrechaba su cintura de avispa y ahora sí, se besaban, le prometió que si ella le esperaba hasta la próxima primavera, dejaría su vida nómada y se asentaría a su lado. Y aunque todas las noches del largo invierno pensó en ella, a medida que se acercaba la nueva estación y el encuentro se hacía más inminente, se notaba más raro e  inseguro. La noche de su llegada al pueblo se puso su camisa vieja y limpia, y se dirigió al baile. Pero al llegar a la puerta y verse observado por ella sintió algo parecido al vértigo. Entonces regresó al campo y pasó toda la noche mirando el cielo raso, consciente de que su vida no estaba en un sitio fijo y que sus únicas novias eran las estrellas…Nunca más volvió a cruzar una palabra con la chica a la, por otra parte, jamás logró olvidar.
 
*                     *                       *
 
–Venga, Andrés, levántese –ordena la auxiliar del geriátrico cerrando la ventana–. Ya se ha ventilado suficiente su cuarto, vayamos al comedor.   
Él, que hasta que se rompió la cadera anduvo tan ligero como un cordero, se incorpora con dificultad y apoyando su devastado cuerpo en el andador va dando lentos y cortos  pasos, bajo la estrecha vigilancia de la chica.
–¡Ve qué bien anda! Lo que le pasa es que es usted un vago.
Andrés sabe que la auxiliar le riñe en broma porque mientras lo hace no deja de sonreírle con esos dientes blancos, perfectos. Se parece un poco a Rosa.
–¿Sabes que yo tuve una novia que se te parecía?– le dice.
–Ande, deje de decir bobadas. ¿Pues no fue usted pastor, de esos que se pasaban la vida de un lado para otro?
–Trashumante, éramos pastores trashumantes –matiza el hombre–. ¿Y eso que tiene que ver?
–Pues todo…Los pastores esos que usted dice no tenían novia, no me venga con cuentos… ¡Quién iba a querer compartir su vida con un hombre que se pasaba media vida lejos de casa!
Andrés se queda callado pensando que si le hubiera propuesto a Rosa compartir con él su vida tal vez hubiera aceptado, lo mismo que aceptó su madre y antes su abuela. Pero no lo hizo y conoce la razón: su miedo a estar sujeto a algo que no fueran los espacios infinitos a los que hoy, convertido en un viejo, ha tenido inexorablemente que renunciar. En su afán por alcanzar el comedor sigue dando pasos cortos, como de carnero desahuciado. Aunque sabe que no va a convencer a la chica por mucho que insista añade, obstinado:
–¡Rediez! Si te digo que tuve una novia es que la tuve.    
 
Sol Gómez Arteaga
  
 
Nota: Relato que ganó el primer premio en el concurso sobre "la trashumancia" organizado por el foro "Canales-La Magdalena" en el año 2012.
En la foto que precede al relato figura mi padre, que sostiene un carnero, y un compañero. Realizada en el "Caño Teja", Valderas, donde iban a dar agua al ganado antes de recogerse a dormir en el campo, esto ocurría en el verano 1971. La burra se llamaba "Corneta" y los perros "Moro" y "Chispa".   La "mela" con que estaban marcadas las ovejas tenía las iniciales A.G, correspondiente al nombre  de su dueño.

sábado, 14 de junio de 2014


Los espacios significan. Y los espacios que un día fueron, espacios de nuestra infancia, aparentemente olvidados, selectivos y borrosos condicionan además nuestra forma de ser, de mostrarnos.


 La casa de mi abuela

Mi abuela tenía una hermosa casa de dos plantas. 
A ella accedíamos por la puerta trasera, metálica y marrón, que daba a un amplio  corral. A través del corral, pasando un descansillo con el suelo de mazarrón, llegábamos a la cocina de diario.

La cocina de diario de mi abuela tenía unas amplias cristaleras bajo las que se alojaba un sencillo banco de madera con ondas en el respaldo.

También había una mesa camilla en la que se comía, se conversaba, se jugaba a las cartas, se leía el periódico, se hacían deberes y labores.

El epicentro de la estancia lo conformaba una chimenea con arnal en la que algunas tardes especiales de invierno ella, generosa y alegre, nos asaba pitarros envueltos en papel de estraza o asaba patatas o castañas.

Otras veces sentados a la lumbre escuchábamos la telenovela que emitía la radio colgada de un basal adornado con puntillas. 

En un rincón apartado de la cocina, casi invisible y apagado, estaba el frigorífico, que se usaba para guardar medicinas y revistas.  

En la cocina de diario de mi abuela hacíamos la vida en invierno.

Pegado a la cocina había un pequeño cuarto con un infiernillo de porcelana en el que mi abuela preparaba el sempiterno cocido de mediodía o los huevos o pescado de la noche. En una honda pila de granito con un tajo inclinado fregaba luego los cacharros.

En esa misma pila mi abuela me bañó la víspera de mi primera comunión.

Los enseres los guardaba en un aparador blanco y alto, situado al fondo, lleno de cajones.  

Como la puerta delantera permanecía invariablemente cerrada a la parte “noble” de la casa accedíamos a través del descansillo. Nada más traspasarlo, en el bajo de la escalera, estaba la despensa, que olía a humedad y a cal a partes iguales. En ella guardaba los bollos bañados, los coquitos, las pastas y mantecadas que elaboraba con sus propias manos para ocasiones especiales (la feria, el Socorro, el día de Santa Cruz o el del Pan y el Queso), también guardaba los chorizos de la matanza conservados bocabajo en un garrafón colmado de aceite, los huevos, el jamón, un ajedrez con fichas de madera –la inevitable pérdida de algunas piezas originales había llevado a la sustitución de éstas por otras rudimentarias­–, varias hamacas.

A mano derecha había un aseo sin bañera y sin ducha, y anexo a éste un cuarto que jamás se usaba, con una cocina económica empotrada en la pared que albergaba muestras de ganchillo, caramelos de Francia con sabor a frambuesa, una caja blanca y grecas azules de “pastilles vichy-état”, aunque el tesoro más preciado era la piel recién mudada de una serpiente.     

De esta cocina de adorno, cocina de domingos, se pasaba al salón que solo vi usar el día de las bodas de oro de mis abuelos; se trataba de un espacio rectangular con un amplio ventanal que daba a la calle rodeado de sillas labradas con rostros de perfil de señores antiguos, una mesa central y un aparador alto.

A la planta superior se accedía por unas escaleras de tarima, amarillas y enceradas. A derecha e izquierda quedaban, dos y dos, las habitaciones de paredes encaladas y exentas de adornos, -a lo sumo las decoraba un cuadro de santos o un cristo crucificado-, con su cama, su armario empotrado y su mesita de noche donde descubrí readers digest antiguos, escapularios, monedas, sellos y hasta botones.

Al desván nunca accedí, tampoco despertó mi curiosidad. La vida en los espacios inferiores de la casa era tan intensa que no fue necesario.

Había además en la casa de mi abuela un corral enorme con un jardín bien delimitado, gallineros, caedizo, una cuadra de adobe con un altillo al que se accedía por una escalera de madera apoyada en la pared.

En la cuadra se guardaba el banco de matar el cerdo, los barreñones, y dentro de una caja la máquina de hacer los chorizos.

En una ocasión encontré en la cuadra varios libros muy antiguos con pastas de piel y anotaciones escritas a mano que olían a viejo y a patatas y a tierra, cuya evocación hoy día me sigue provocando rechazo.

El montículo permanente de tierra y cascotes que había frente a la cuadra nos permitía izarnos a lo más alto de la tapia de ladrillo y divisar el corral de la vecina adusta, hermana del practicante del pueblo, huraña y solterona, poco amiga de niños.

Al fondo del corral, en una esquina, estaba la higuera.

También tenía el corral de mi abuela una tinaja con ondas horizontales, a modo de pellizcos, casi siempre mediada de agua.

En verano en el corral de la casa de mi abuela sacábamos las hamacas y hacíamos la vida.  

La casa de mi abuela fue la casa de mi infancia, el paraíso perdido, ese espacio de no necesitar donde un día estuvo comprendido el universo todo.




miércoles, 4 de junio de 2014


 

El día 22 de mayo de 1938 se produce la fuga de 798 presos en el Fuerte de San Cristobal (Pamplona) motivada, sin duda, por las durísimas condiciones existentes dentro del penal. Solo tres o cuatro hombres, no se sabe con exactitud, consiguieron escapar a Francia.

Este pequeño diario de ficción, “diario de una duda” nace de la hipótesis de cómo pudo haberse vivido la fuga para los que se quedaron y no huyeron.  




DIARIO DE UNA DUDA
(Mensaje en una botella)

 

Veintitrés de mayo de mil novecientos treinta y ocho
Alguien gritó mientras cenábamos “las puertas del penal están abiertas” y la gente empezó a levantarse y a intentar salir. De pronto el comedor parecía un hormiguero amenazado por una tormenta de agosto. Es verdad que rumores de fuga había habido desde que llegamos al Fuerte, pero esto de ahora era distinto, era real. Juan y yo nos miramos desconcertados. ¿Vamos?, me dijo. Por un instante pensé en escapar de esos muros, pero me quedé paralizado. Negué varias veces con la cabeza. “Pues yo sí, yo me voy, huiré a Francia, prefiero mil veces que me maten a este infierno”. Espera, quise decirle, recapacita, quizá no sea buena idea, pero él ya se dirigía al sótano a recoger el fardelillo con sus cosas. Juan, aunque era más pequeño, siempre tuvo más arrojo. Recuerdo que en la fiesta grande del pueblo, quince días antes de estallar la guerra, embistió al morlaco mientras yo, con el alma en un puño, le veía dar los lances desde la valla de piedra.
No nos abrazamos, no había tiempo que perder, y cuando huía vi que Arcadio, un paisano de nuestro pueblo que había corrido la misma suerte que nosotros, primero Astorga, luego San Marcos, ahora Ezcaba, como le dicen aquí, se abalanzaba junto con un tropel de presos hacia el patio. Por segunda vez pensé seguirles y de nuevo me quedé anclado al sitio. El miedo es una losa que te paraliza el cuerpo, la capacidad de raciocinio, hasta de ver con claridad. Si supiera cómo combatirlo…
En medio de los pasos apresurados, las voces, los vivas a la República y las carreras, se oyó un disparó. Los guardianes nos obligaron a abandonar el comedor y a punta de pistola nos condujeron a los sótanos. Más tarde me enteraría de que para poder huir habían matado a un carcelero.
No pude pegar ojo en toda la noche imaginando tu huida monte a través,  pensando que debí acompañarte, no dejarte solo en esa carrera de obstáculos, lamentando no haberme despedido de ti. Si al menos hubiera habido, hermano, un instante para el abrazo…
 
Veintisiete de mayo de mil novecientos treinta y ocho
Vivir en un infierno, esto han sido estos tres días, oyendo las detonaciones en el monte, los gritos, los ladridos de los perros, sin un momento, ni de día ni de noche, para la tregua. Dicen que matan a todo el que pillan y lo dejan tirado para pasto de alimañas. Y aquí dentro los carceleros andan rabiosos, la pagan con nosotros, nos insultan, nos empujan, nos tratan peor que a animales, los recuentos son continuos.
Hoy han empezado a traer gente, entre ellos a Arcadio. Lo llevaban esposado con otro a la Brigada Uno, un sótano inmundo y oscuro como un abismo. Quise acercarme, preguntarle por mi hermano, le hice seña con la cabeza, él me miró un instante con la mirada extraviada, como si no me reconociera y siguió, le siguieron, para adelante. No quiero pensar lo que le espera, yo al menos tengo mi toldo azul, ese trocito de cielo que es lo único que me mantiene ligado al mundo.
 
Cuatro de junio de mil novecientos treinta y ocho
Trece días desde la fuga, lo apunto en la pared con palotes para tener un control del tiempo, también para mantener el equilibrio y el ánimo altos, tan fáciles de perder en este infierno… Dicen que han cogido a todos, pero siguen rastreando el monte y trayendo gente a diario, así que yo creo que lo dicen para desanimarnos, y que se nos baje la moral a los pies, y que nos derrumbemos. Cada vez que las puertas del penal se abren con el corazón encogido busco a mi hermano en los rostros atezados y rotos de mis compañeros. Pero nada. Hoy en el comedor se ha rumoreado que ya alguno alcanzó Francia, y quiero creer que Juan esté entre ellos. Su enorme agilidad y capacidad de aguante tienen que jugar, me digo una y otra vez, como bazas a favor… también quiero creer que tal vez se ha arrimado a alguno uno de los gudaris que conocen el monte como la palma de su mano…
 
 Veintiocho de junio de mil novecientos treinta y ocho
Anoche soñé con él. Soñé que se acercaba y me tocaba el hombro y me despertaba. Tenía buen aspecto, como cuando antes de la guerra. Llevaba el traje gris oscuro de raya diplomática que usaba los domingos y una camisa inmaculada. Con el rostro iluminado me decía que había traspasado la frontera, me daba recuerdos para todos, madre, los tíos, sus amigos de infancia, Dora... Lo conseguí, decía, y con su mano nervuda me ofrecía un mendrugo de pan. Cómelo, es pan francés. Yo alargaba la mía e intentaba cogerlo, pero a pesar de estar muy cerca no lo conseguía. Así una y otra vez, hasta que lleno de desasosiego, desperté. Sentado en el jergón pensé en el significado del sueño. “Ya está, ha muerto, la imagen que acabo de ver es la de su mortaja”, y en medio de la oscuridad, de las toses de los compañeros de celda enfermos de tuberculosis y de hambre, de una humedad que se mete hasta los tuétanos, del olor a humanidades compartidas, de una tremenda soledad, (a nadie podía despertar y contarle mis preocupaciones, cada uno tenemos bastante con las nuestras), creí enloquecer. Por la noche la cabeza se te llena de fantasmas y de malos presagios que no hay forma de espantar. Sin pegar ojo fue llegando la amanecida. Hoy, a pesar del toldo gris plomizo que planea sobre mi cabeza, veo todo distinto, con otro ánimo. Debe ser por la lluvia. En vez de quedarme pegado a la pared como el resto hace unos momentos me he acercado hasta el centro del patio para recibirla sobre mi rostro bañado en lágrimas, sobre mi cuerpo insomne, sobre mis manos extendidas como quien recibe una ofrenda.    
 
Siete de julio de mil novecientos treinta y ocho
Después de dos meses le han vuelto a subir pálido como la cal, flaco, desorientado…, le he tenido que decir quien era y después de un silencio en el que parecía buscar pista me ha dicho que no sabe cómo ha podido resistir si no les daban de comer, en un mes contó veintitrés garbanzos, y el agua la bebían de una infiltración que había en la pared, y dormían en el suelo, sin jergón ni nada, y las necesidades las hacían en un rincón… pero lo peor de todo era la falta de oxígeno que le sumía en ocasiones en una agonía insoportable. Le he escuchado hablar como quien escucha a un muerto resucitado. Cuando ha terminado con el alma en vilo le he preguntado por Juan. Se ha quedado cavilando, como si avistara un recuerdo muy lejano. “Le perdí la pista cuando cruzamos un río”. “Por ese lado no hay peligro, es buen nadador, en el concurso de las ferias del treinta y dos, ¿te acuerdas?, ganó un saco de harina”. Sí, ha dicho sin mucha convicción. Nos hemos quedado callados y al entregarle el trozo de libra de chocolate que me quedaba el carcelero me ha descubierto. Le he plantado cara, desafiante, y tras un momento de tensión ha desviado la vista. Todavía no me creo mi osadía. Mientras observaba a mi paisano masticar con ansia, los ojos extraviados, ajeno a mi mirada, he llegado al convencimiento, yo también, de que mejor muerto que este infierno…
 
Veintidós de agosto de mil novecientos treinta y ocho
Hoy escribí a madre y con la excusa de que aquí todo lo controlan le dije que no le podía poner mucho, pero lo cierto es que no le quería decir que Juan se fugó hace tres meses y que después de ese tiempo sigo sin noticias. Le dije en cambio que estamos bien, que no se apure, que con su última carta nos llegó el tabaco y las mudas y el chocolate. Tres meses. La vida en el penal está hecha de actos rutinarios, despertarse, bajar al comedor, asistir a los recuentos en el patio, barrer las celdas, acudir a misa, mientras intento no pensar, pero a veces, sobre todo por la noche, me debato entre sentimientos contradictorios, ¿Juan vivirá?, ¿habrá sido pasto de alimañas?, sin llegar a ninguna conclusión. Algún día, supongo, sabré la verdad, y mientras llega intento mirar para adelante, aferrarme a ese trocito de cielo como quien en medio de tinieblas vislumbra un destello.  
   








                           Mensaje depositado en una botella el 18 de Mayo de 2014.
        
                                     
 
 
 

jueves, 29 de mayo de 2014



NUBES




El apartado “Nubes” surge a raíz de la lectura de “Autorretrato” de Édouard Levé (París 1965-2007), libro para mí brillante y sorprendente y demoledor a partes iguales.
Al igual que “Autorretrato”, “Nubes” lo componen frases cortas en las que expreso mis afectos, preferencias, deseos, recuerdos infantiles, impresiones y, como escribió Teresa a secas en un libro de ocasión que compré en el 82 en cuesta Moyano, divago acerca de “la vida, lo más bello, lo único y lo más doloroso”. Se trata, pues, de la parte más personal, más intima de mí misma.
El nombre de “Nubes” tiene que ver con el hecho de que cuando las escribo las cuelgo en la otra nube o araña virtual.


                                                         
                                                          
Nube I
De todas las habitaciones en las que pernocto siempre acabo durmiendo en el lugar de la cama que está más cerca de la ventana. Me gusta escuchar el silencio. Si pudiera elegir entre todos los meses del año elegiría septiembre, si pudiera elegir entre todos los días de la semana elegiría el viernes. Paradogicamente la gente de ideas más conservadoras es que mejor se adapta a los cambios. Cuando quiero evadirme de la realidad voy de compras. Cuando quiero saber de mí le pregunto a las olas.
(7/2/14)

Nube II
Siempre he sentido inclinación por la gente divergente y los comportamientos heroicos. Para escribir elijo cuartos interiores cerca de la cocina donde se aderezan las cosas que luego alimentan. Hace unos días leí que la nostalgia es una cita sutil con el pasado, creo además que puede ser anhelo de lo no vivido. Jamás he conseguido leer un manual de instrucciones entero.
(11/2/14)

Nube III
Vivir a veces se convierte en un acto diario de imaginación. Cuando viajo en coche me fijo en los postes de la luz y catenarias, en los molinos de energía eólica, en los fardos de paja, en las placas de energía solar, en general en todo aquello que visto en perspectiva y movimiento forma líneas que se pierden en el horizonte. Las pocas veces que me aburro me invade un sentimiento infinito de desvalimiento. Necesito estar creando. En ocasiones se ayuda mejor en la distancia.
(15/2) 

Nube IV
Uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia es la imagen de una niña corriendo en las eras con un vestido amarillo de soles. En un terraplén enterraba mallas y ajos de cigüeña que cubría con un cristal y un montoncito de tierra, pese a marcar con una cruz el lugar exacto de mi tesoro jamás lo encontraba. También había una caseta de adobe y un pozo profundo, protegido a la curiosidad infantil por alambre duro, trenzado. En las eras de mi infancia estaba contenido el universo todo.  
(20/2/14)                                                                                                                           
Nube V
Con los afiladores portando su caja de chispas y el sonido candente de la filarmónica llega la lluvia o tú. Los temas universales de la literatura, lo mismo que ocurre con la vida, son el amor y la muerte. L' écrivain decía hace mil años que lo mejor de una mujer es lo que la rodea. Para levantar su autoestima había empezado a escribir cartas a su ex-amante muerto. No, no fue ella quien lo mató, lo hizo, poco a poco, la vida. El aire huele a amarillo mientras llega la primavera. Sentir, el caso es sentir.
(19/3/14)

Nube VI
Lo que no conocemos no existe para nosotros. Estamos hechos además de agua de palabras -luz, sombra, trinchera, albur, pericia, alfajor...-. La palabra, decía Antoine de Saint de Exupéry, es fuente de malentendidos. En el primer “Rodea el Congreso” de 25/9/12 el mendigo con bolsa verde dijo que había mucha gente dispuesta a echarse a la calle por defender la casa y el pan. El fotoperiodista Czuko Williams hablaba ayer de que en el proceso de resistencia ciudadana de nuestro país se estaba dando un paso al frente encaminado a la acción. Mientras amanece, que es bastante, seguiré divagando “sobre la vida, lo más bello, lo único y lo más doloroso”. El entrecomillado lo escribió Teresa el 16/10/82, en una hoja al final del libro  “El amante de Lady Chatterley” que compré usado en Cuesta Moyano, y que suscribo plenamente.  
(26/3/14)

Nube VII
Cada día trae una nube distinta.
Hay "nuberus" de tormenta que como movidos por voluntades caprichosas se divierten provocando galernas y arruinando cosechas y ganado, también hay nubes de agua que funcionan como un bálsamo para las heridas incarceradas, y las hay algodonosas que bajo un cielo azul dibujan amables formas.
Sí, es cierto, hay días de cielos plomizos, sin nubes.
No se pueden escoger las nubes, como no se puede escoger nada relacionado con los fenómenos atmosféricos. Pero si pudiera elegir, elegiría nubes de palabras -amistad, valor, pan, ola, alero, golondrina- y tumbada en la hierba las vería pasar y leería en ellas como quien lee un libro.
2/4/14) 

Nube VIII 
La mayor parte de mis reflexiones las hago sobre todo por la mañana, en la ducha. La lluvia me da ganas de escribir de modo poético. Lo real, la vida, está en los fogones, en las estaciones de servicio, en los pliegues de las faldas de tubo de las mujeres que caminan, en los puños que se elevan, en los dedos que se tocan, también en las revoluciones intestinas que surgen de quince en quince años. Hoy me pareció ver a Ícaro surcando el cielo con sus alas de pájaro. Y sigue… la vida.
(23/4/14)

Nube IX
Recordar, del latín re-cordis, significa volver a pasar por el corazón. El olvido, que decía Benedetti, la desmemoria, están llenos de recuerdos. Vio el mar por primera vez a los doce años, pero ya lo había visto antes en la pecera tintada de agua azul en la que pegaba gupis, neones, escalares, coridonas, combatientes y otros peces cuyos nombres no recuerda recortados de un libro de fauna acuática. No, no es que ayer fueran las cosas distintas, lo que cambiaba era su mirada. El ayer, apreciación selectiva y engañosa, de la memoria.
(14/5/14)

Nube X
Asomo la cabeza al patio interior y el cielo de mediodía me devuelve un toldo desvaído, plomizo. Son las 14'09 horas de un instante irrepetible, por eso escribo despacio, en un intento de tensar el tiempo, de domeñarlo, de aprehenderlo como burbuja de jabón en las manos estiradas del señor mago. Mientras... el guiso borbotea a fuego lento. Cruza,rápida, una paloma, dejando al pasar su arrullo de espuma. Las palomas son las gaviotas de la ciudad, de cualquier cuidad. Es la hora de comer, en el piso de arriba se escucha un chasquido de cubiertos. Apago el fuego.
(21/9/14)

Nube XI

Me pregunto adonde van los e-mails que nunca llegan a su destinatario. No sé que hacer con la mirada cuando todos los ojos se posan en mí. Siempre me estremezco cuando oigo el reclamo de la filarmónica del afilador en la calle, ese sonido de cobre. Ayer mismo volví a ver a menos de un metro de distancia la desesperanza. Es una pena que algunos adultos rechacen a su eterno niño. Hablo conmigo misma cuando necesito calma.
(30/9/15) 


NUBE XII
Me produce un extraordinario placer escribir en el reverso de las hojas de los calendarios gastados. Mientras me miraba en el espejo llegué a la conclusión de que no me quiero creer mejor de lo que soy, pero tampoco peor. Confieso que el mundo virtual ha cambiado mi vida, también la fotografía, no porque haga buenas fotos, sino porque antes era incapaz de coger una cámara en mis manos y ambas cosas ocurrieron casi al mismo tiempo. A veces necesito asirme a consignas del tipo “mirar al frente”, “adaptarme, cual junco verde mecido por el tiempo, a los cambios”, “hacer el bien”, “conocerme a mí misma” (mis reacciones, mis limitaciones, mis miedos). Sería bueno, que en los parques públicos de las grandes ciudades abrieran confesionarios laicos y anónimos, sin necesidad de perdón o absolución. Miro por el rectángulo de la ventana -atalaya que tengo en el techo-, parece que clarea. 
(11/11/15) 

Nube XIII
Algunas veces vivir se convierte en un acto sobrehumano de imaginación, también de valentía. Una mañana Sísifo se cansó de acarrear su piedra hasta lo alto de la montaña, se tumbó en un banco y se puso a mirar las nubes imaginando objetos dispares (una barca, una caracola, un hula hoop), nadie, os puedo asegurar, le echó en falta. Escribo mil notas en mil sitios diferentes que luego no encuentro, de pequeña lo hacía en los libros, también dibujaba caras. Clinofilia, monodosis, cebollododolido, durazno, histrión, ..., estamos hechos de palabras, también de sueños.

(7/1/16)


Nube XIV
¿Con que sueñan las nubes? ¿A qué se debe que sus formas variables un día emulen ángeles-músicos, otro sirenas, otro pegasos del color de la nieve? ¿Por qué lloran a veces contagiándonos de su tristeza? ¿A qué huelen, dí, y de que se alimentan y a que saben? ¿A quién buscan cuando se desplazan veloces, saltarinas, tan alocadas que parece que en cualquier momento, pero no, fueran a salirse de sus contornos? ¿Por qué se enojan, principalmente en verano, y les da por soltar truenos y centellas? ¿Qué imaginan cuando ven cohetes en el cielo bajo? ¿Y cuando extasiados las miramos? ¿A quién aman, si es qué aman? ¿Tal vez a ése que a estas horas de la retirada les habla bajito para que soñolientas dejen paso a la noche y sus rivales estrellas? Todo esto me pregunto mirando las nubes de paso, que altivas, pizpiretas, me ignoran.
(7/6/16)


Nube XV
En agosto me agoto. Me gusta jugar con las palabras como si fueran plastilina, -decir por ejemplo valderina en vez de valderense o púbica en vez de pública-, contorsionarlas, rebautizarlas, es una forma de ilusionismo, también de hacerlas más propias. El miércoles pasado, después de dormir veinte horas seguidas y de ver que el mundo seguía exactamente igual, me di cuenta de que era yo quien debía tomarme las cosas con más calma. Por las noches casi no sueño y lo lamento. Últimamente me asalta el pensamiento recurrente de que los atajos no existen, y está bien, o muy bien, pues ello me obliga a seguir por el camino más recto. Agosto fluye entre perdidas varias, -algunas irreparables-, calor criminal, hermosas puestas de sol y, a veces, como hoy a las dos de la tarde, una calma chicha.

(24/8/16)


Nube XVI
Hay días de nubes algodonosas bajo un cielo sosegadamente azul, días de nubes indiferentes, -esos en los que uno está tan ajetreado que ni mira para el cielo-, días literalmente sin nubes, pero también los hay de tormentas. Ayer fue uno de esos días. Somos química. Pocas cosas me acercan más a la química que una tormenta, y ayer, mientras se hacía súbitamente de noche, las gotas caían como guijarros y un olor ancestral y primitivo inundaba el aire, quise juntar la química de la nube negra que se avecinaba con mi propia química, acocharlas juntas. Y hasta lo logré un poco. Hay veces que el desamparo propio necesita del abrazo de una tormenta de mayo. También pensé, ya ves tú, que de poder elegir me gustaría venir de una nube y volver a ella. Pero todo tiene su instante y pasa y siempre que ha llovido a escampado. Los únicos que permanecen inalterables son tal vez, como dijo Holdel Caulfield de "El guardián entre el centeno", los objetos de museo.
(24/5/18)



Nube XVII
El sábado al despertar de siesta abrí la ventana del patio interior para ver si se había secado la ropa y por primera vez desde que vivo en este edificio, y ya va para dos décadas, escuché con sorpresa unos gemidos placenteros de mujer que más tarde, al pensar sobre ellos, me sonaron a música. No puedo precisar de donde procedían, pero al tener un piso debajo de mis pies y cuatro sobre mi cabeza, hay más probabilidades de su origen fuera de los pisos que están más cerca del cielo que de la tierra, aunque eso, ¿quien lo puede saber?... Mientras paseaba cualquier mediodía por el Retiro buscando hojas muertas pensaba que lo más bonito del otoño está aun por llegar. Últimamente en el patio interior de mi casa he oído también con sorpresa el llanto de un bebé, se oye últimamente tan poco llorar a los niños… La primera vez que escuché unos gemidos parecidos a los del sábado, aunque mucho más prolongados en el tiempo, fue en un hotel de Zaragoza, ya casada, que viví con tremendo rechazo. Desde entonces ha llovido unas cuantas primaveras y ha escampado. Creo que los patios interiores, lo mismo que cualquier sitio, pueden dar lugar a interesantes historias si se está atento al murmullo silencioso que circula en ellos mientras la ropa sigue tendida y yo me pregunto por la relación intestina que une acaso dolor y placer.

(24/10/2018)



Nube XVIII (que se hace mayor  de edad o también nube del último día del año).

En el último día del año limpio el alféizar de la ventana de mi patio interior, mientras mis pensamientos fluyen fugaces como pájaros. Trato de cazarlos al vuelo, pero ellos, renuentes, rebeldes, no se dejan. Cojo el reverso de la última hoja del calendario, -que tengo la manía de escribir en el reverso de las hojas agotadas de los calendarios ya lo dije en otra nube-, y con el boli en mano y en un acto de reflexión interna intento hacer balance del año…, imágenes de momentos muy gratos y otras de momentos menos gratos van y vienen de forma anárquica, inconexa, sin dejarse aprehender… Así estoy un tiempo indeterminado hasta que la luz de mediodía hace presencia en la estancia como una sonrisa, como una aprobación de vida. Es cuando me doy cuenta de lo inútil de mi balance. Así que, consciente que hay cosas que mejorar, que hay cosas que no mejorarán, pero  también que todo es relativo, no somos más, -tampoco menos-, que una gota en el océano, que un grano de arena en el desierto, que polvo fugaz de estrellas, doy gracias al año que termina. Con el deseo de que el año próximo nos siga sorprendiendo jugando a eso único que cada uno de nosotros podemos hacer, que es vivir, me levanto, sigo limpiando el alféizar. 
(31/12/2018)

Nube XIX
Me pregunto porque siempre tenemos la convicción de que lo que perdimos (un texto que se nos borró, una foto...) es nuestra mejor obra. A veces me quedo ensimismada mirando un punto de fuga que tal vez solo existe en mi cabeza. Lo mismo que es una pena que no haya confesionarios en los parques públicos también lo es que en los kioskos no vendan ilusiones a granel. Como casi nunca consigo recordar lo que sueño -y mucho menos íntegramente-, compro sueños de primera y segunda mano, máxima tasación. No me gustaría abandonar el mundo sin haber roto, al menos, media docena de platos. Me muero de ganas porque llegue el amarillo, la mimosa.
(12/2/2019)