jueves, 27 de agosto de 2015

Estampa


El hada con la que me topé aquel verano de mi infancia, tendría yo ocho o nueve años, se llamaba Lolita. Me asistió cuando me desmayé en la iglesia y con la caída me torcí el tabique nasal.  Veraneaba en la calle Derecha, en aquella época en la que los asturianos de la cuenca minera iban a secar los pulmones a Castilla (eran veranos de lecturas y deberes, de cocido y sienta; de comedias, previo pago de un duro, en el patio de Rosita; del juego al pañuelo o al escondite en medio de una gran algarabía, del temor a la mano negra, que se presentía, casi se tocaba, cuando la recua de chiquitos ya apaciguados nos reuníamos en el portalín de Maria “la Habanera”, y en medio de la noche cerrada contábamos historias de fantasmas y ultramundos).
Tenía Lolita un hijo como de mi edad y rescato entre las penumbras de mi memoria su atuendo de lunares blancos sobre fondo negro.
Un día vino a nuestra casa. A mi hermana le regaló unos pendientes de plata en forma de aro, a mí me trajo una caja redonda de bombones con el dibujo de unos niños desnudos nadando en la orilla de la playa. El recuerdo de esa caja ha permanecido imborrable en mi cabeza todos estos años. La misma que entonces sufría súbitos síncopes cuando hacía sol o había mucha gente a mi alrededor o permanecía mucho rato de pie. “Inicio de epilepsia”, dijo el médico de León tras ponerme en el cuero cabelludo una especie de rulos que dejaban una pasta pegajosa y densa y un olor indefinible a desvalimiento. “Cuando sea mayor se le pasará” como así fue. Las crisis remitieron con los años pero el recuerdo de los niños desnudos nadando en la orilla de la playa no se ha ido nunca. Este año visitando el Prado vi el poster de los niños en la tienda de souvenirs y lo compré. Mi hermana me regalo el marco sencillo, sin barnizar, que los contiene. Mientras los miró, mientras les busco un sitio, me acuerdo de ella, el hada madrina que un día me socorrió, me regaló la caja de los niños y, hecha su labor, como ocurre siempre con las hadas, desapareció un día, dejando a su paso una estela de espuma y bondad.
Se llamaba Lolita, Lolita Eguren. Mi hada. 

jueves, 13 de agosto de 2015


Los tres de la Salgada





Iban ya de retirada cuando vieron tres siluetas a lo lejos. La furgoneta de la que los tres hombres se acababan de bajar apenas era una mancha entre el polvo y los rayos del sol ya atemperados de ese atardecer de primeros de septiembre.
Ese verano del 36 estaba resultando de lo más criminal. Criminal por el intenso calor que hacía el trabajo más penoso si cabe, criminal por el hambre, que acuciaba sin tregua, pero criminal, sobre todo, por la guerra, que se había llevado detenidos, primero a Benavente, luego a Astorga y a León, a un tercio de los obreros. Un día más habían trabajado de lo lindo, arrancando con movimientos rítmicos y certeros de hoz los últimos tallos de la cebada mientras el sudor corría pegajoso por sus frentes. Apenas habían parado para comer un cacho de pan con un trozo de tocino de hebra, y en ese tránsito, entre trago de agua y frugal alimento, habían bromeado con Gelito, un chaval de quince años y mirada azul y confiada, al que querían ennoviar con una muchacha con la que un día le vieron conversando en la puerta del baile.  “Esa es buena pa ti, con unos meneos que la des te la llevas al huerto”,  y el chaval, esquivo, les decía que le dejarán en paz, que el novias no quería, que se las echaran ellos. “Como me la voy a echar yo, si estoy casao y recasao”, había dicho Dionisio entre risas. “Pues Julián, que se la eche Julián”.
Lo cierto es que Gelito mientras avanza con sus dos compañeros por el camino de polvo piensa en la chica de las trenzas a la que el sábado por la noche, ya aseado y curiosín, verá de nuevo en la puerta del baile, donde se juntan los chavales y chavalas que pese a llevar media vida trabajando, no han alcanzado aún la edad de entrar. Dionisio, por su parte, se concentra en el cigarro de liar,  es el mejor momento del día, que fumará tras la cena, mirando a su mujer, más taciturna y más mayor y como con más pena, repasando la ropa mientras los niños duermen. Julián lo hace pensando que dentro de unas horas podrá resarcirse de la dura jornada con la perra de vino que se pedirá en la taberna acompañada, si se tercia, de una cola de escabeche, y unos cánticos, antes  espontáneos, alegres, hoy apenas audibles.      
 No se dan cuenta de los tres hombres hasta que casi los tienen delante. Van armados, con pistola al cinto y tienen la mirada altiva, tan frecuente en esos días, de los vencedores. Los tres son del pueblo.
–Vosotros, no deis ni un paso atrás.
Dionisio, tal vez por su condición de padre de familia, dice en voz baja, prediciendo el peligro:
–No os encaréis, vienen bravos.
Los hombres se les acercan. El más joven rodea a Julián.
–¿Tú no eras de los que ibas a la Casa del Pueblo a cantar y bailar y te ufanabas diciendo que la tierra era para el que la trabajaba? –habla con desprecio y un brillo criminal en la mirada.
–Yo no me meto con nadie, no he hecho otra cosa que trabajar, ahora volvíamos…
–Calla, perro –saca la pistola y con ella le acaricia la sien –todavía te recuerdo el uno de mayo con la mano alzada, pero ya no lo harás más.
Suena un disparo, Julián cae al suelo fulminado.
–¿Que habéis hecho? –Dionisio va a agacharse, pero otro de los hombres, también joven, le sujeta por la espalda impidiéndoselo. El que ha disparado contra Julián descarga ahora en la cara y el estómago de Dionisio varios tiros seguidos.
El chico de mirada azul contempla la escena con horror, los ojos inundados de agua.
–Y este chico tan joven –habla un hombre mayor y menudo, que hasta ahora no se ha pronunciado –. ¿Cómo te llamas? 
–Angel, señor.
–¿Le conocéis?
–Me suena que un tal Ángel llevó tejas a la Casa del Pueblo.
–Mi padre no fue, señor, él no hizo nada eso.
–Calla, joder, ¿quién te ha preguntado? –uno de los jóvenes le asesta un golpe seco con el dorso de la mano en el rostro.
–¿Qué hacemos?
El hombre menudo asiente con la cabeza.
–No, por favor, yo no he hecho nada.
–A ti por mirar.  
Un nuevo disparó detona el aire atormentado mientras la bola de fuego se oculta en el horizonte de ese cuatro de septiembre de 1936.   
El hombre menudo que da las órdenes decide que los expongan en la plaza para escarnio público y así lo hacen ante las miradas de la gente que no da crédito al horror, como si el pequeño mundo en el que están inmersos se hubiera imantado de una extraña locura. Las voces se corren, unos avisan a otros, es fulanito, hay que decírselo a la esposa, a la hermana, a la madre, como es posible, Jesús, María y José, y la madre se acerca, puede ver los ojos limpios pero sin brillo de su hijo, ellos apagaron el brillo, aunque no se atreve a agacharse y cerrarlos, y se va y vuelve y vuelve a irse, “que te han hecho Angelito, que te han hecho”, hasta que amparados por la llegada de la noche, uno detrás de otro, los tres cadáveres desaparecen para ser velados en silencio y dolor contenido y miedo, esa cosa oscura que se ha instalado de forma inexorable en el interior de las casas, en las cocinas, en los jergones de paja, en los ladridos de los perros que rasgan el silencio al amanecer.
Habían demostrado que tenían vara alta para matar y lo seguirían demostrando cuantas veces hiciera falta, y había algunas vidas, como la de los dos conejos y un gazapo que habían cazado, eso dijeron vanagloriándose, que no valían nada.

Esos hombres que durante setenta y nueve años se conocieron en Valderas como los “los tres de la Salgada”, también como “los dos conejos y un gazapo” hoy tienen  nombre y apellidos.
Son:
Julián Rodríguez Sastre, 28 años de edad, jornalero, soltero.
Dionisio García Ugidos, 27 años, apodado “paramés”, jornalero, casado, con tres hijos.
Ángel Castaño Vega, 15 años, soltero, jornalero.
En su memoria.
                                           
Nota: Relato que me publica el 30 de mayo de 2015 el periódico digital Astorga-Redacción, sección de cultura Contexto-Global.                                           

Árbol-Duende también llamado Apego.




Cogí la rutina, cada vez que iba a esa playa, de capturar con mi cámara el árbol que estaba en la margen derecha del riachuelo que converge en el mar.
Me interesaba la perspectiva en la que el árbol, las ramas-manos alzadas a modo de saludo, parecía un duende. (Los que hacemos fotos sabemos que hay una sola posición y solo una, desde los que la captura de un objeto es más atrayente, tiene “alma”, y esa captura es todo menos casual).
De ser un elemento más del paisaje, el árbol-duende se fue convirtiendo poco a poco en algo singular y propio.
De ser un árbol cualquiera pasó a ser mi arbol-duende que saludaba impertérrito a la sucesión de momentos y de días, unas veces azules, otras grises, que me vienen regalando los siempre ansiados períodos vacacionales.
Un día, seguramente arrastrado por las olas, se había depositado cerca de la base del árbol un plástico duro y pesado. Lo desplacé unos metros, ante la mirada atónita de unos chicos que pasaban por mi lado y que pensaron que iba definitivamente a retirarlo. “Yo alucinó”, dijeron al comprobar que solo lo cambiaba de sitio. Sentí vergüenza y culpa por mi falta de implicación con el medio ambiente, pero ahora me doy cuenta de que en ese momento mi interés era única e inexcusablemente el árbol que tenía delante. El árbol y su captura más óptima era lo único que me importaban.
Este invierno su tronco quebró y un día de los que viajé al Norte lo descubrí, derrumbado y roto sobre la arena, donde sigue, cada vez más seco, cada vez más consumido sobre sí mismo, como un cadáver en proceso de descomposición y de ruina.
Nadie, me parece, echa en falta su apariencia fantástica ni sus ramas-manos festejando el paso de días y estaciones.
Yo sí, yo lo hago.
Yo sí, yo me duelo.
El árbol-duende, por razones que me son desconocidas, se convirtió en un elemento de referencia para mí y su muerte me hizo morir un poco, como pasa siempre con las cosas que amamos, hasta el momento de la muerte verdadera, propia, ineludible y común.
Sirva este pequeño homenaje al árbol-duende al que reservo, las ramas-manos alzadas a modo de saludo, un sitio imaginario en mi cabeza.
Y ahora, tal vez en la de ustedes.


sábado, 18 de julio de 2015



DECÁLOGO PARA UN 18 DE JULIO DE 2015







1-A los que dicen que esto de la Memoria Histórica llega demasiado tarde yo les digo que  escuchen con atención a los hijos octogenarios de los represaliados. Si lo hacen así verán la necesidad que tienen de hablar, de sacar a la luz lo enterrado, de sanar heridas no físicas, de alcanzar cierta paz necesaria.

2-A los que dicen que no se hable de política refiriéndose a la Memoria Histórica yo les digo que como seres sociales que somos cualquier acto que hacemos en relación con los demás es un acto político, y no es que lo diga yo, ya lo decían los sabios griegos que inventaron el término.

3-A los que dicen que es mejor no remover el pasado yo les digo que antes de dar consejos examinen sus conciencias.

4-A los que dicen que es mejor pasar página yo les digo que para pasar página hay que haberla leído primero.

5-A los que dicen que “algo malo harían para matarles”, así lo dicen, yo les preguntó: ¿No es legítimo luchar por mejorar unas condiciones de vida y trabajo insoportables?, ¿acaso no habrían hecho ellos lo mismo?

6-A los que dicen que solo cuando hay subvenciones nos acordamos, yo les digo que no tienen idea de lo que hablan pero que desde la ignorancia ofenden, y que nos hemos acordado siempre, es más, no nos cansaremos de acordarnos.

7-A los que dicen que abrir fosas es abrir heridas, yo les aseguro que no, que abrir fosas es justo lo contrario.

8-A los que dicen que nos mueve el rencor y la revancha yo les digo que es conocer la verdad negada es lo que nos mueve, y reparar la dignidad…, la suma de ambas da como resultado la  justicia.   

9-A los que dicen que siempre estamos a vueltas con la guerra civil, yo les digo que “la memoria propia no se expropia”, como no se expropia el miedo, como no se expropia el silencio, como no se expropia el derecho a olvidar, a quien así lo estime. No, no se puede quitar a nadie la libertad individual e inalienable de acordarse de los suyos.       


10-A los que en definitiva dicen que es mejor olvidar, yo les digo: ¡Cómo vamos a olvidarlos si se lo debemos, si llevamos 80 años sin cumplir la deuda histórica que tenemos con Ellos, con todos Ellos! 

lunes, 29 de junio de 2015




BIEN ES CIERTO






Bien es cierto
que uno se podría preparar para el desastre,
para el inminente desastre.
Pero no,
mientras éste llega
miramos escaparates
miramos el mar
miramos las bocas de riego,
miramos los mensajes de hotmail
y los sms,
miramos nuestro rostro irreconocible
en el azogue
 del espejo.
Nos permitimos darnos órdenes
decir, por ejemplo:
saca la ropa al aire para que no se apolille
o compra el pan
o pintemos la casa
o cambiemos los adoquines del patio,
o preparémonos para el viaje, 
aquí hace ya demasiado calor,
o amémonos los unos a los otros,
cosas sencillas, no creas,
cosas sin mucho fundamento.
Y cuando alguna vez nos asalta la duda,
en forma de hedor o dolor,
-costado o ingle-,
la espantamos
como a la insidiosa 
mosca del vinagre.

domingo, 28 de junio de 2015



Y SI


Se pregunta
qué es la vida sin hipótesis 

sin condiciones

sin posibilidades por explorar

sin aventuras

y la respuesta es nada

necesitamos las hipótesis

como necesitamos una tabla de salvación 
que nos auxilie
de la única
y absoluta
c
e
r
t
e
z
a







ANIVERSARIO CON LLUVIA



Relato que me publica Astorga-Redacción el 8 de marzo de 2015 en la sección Contexto Global, dedicada a la mujer, cuyo protagonista se adentra en los vericuetos de la memoria para reconciliarse con el amigo muerto. 


Al acabar de ducharse, Fidel abre la ventana para disipar el vaho del baño. Fuera llueve. Hace un año, cuando enterraron a su amigo, también llovía, llovía con temerosidad agraria y el cementerio era un campo de lodo. A pesar de la tirria que Juan le tenía a la lluvia, “Mira, Fidel, yo soy de secano”, y del incordio del agua rebotando sobre los paraguas oscuros antes de alcanzar el suelo, él había agradecido la compañía del chubasco aliándose con su dolor, mitigándolo. Aunque estaba algo alejado de la esposa y sus dos hijos, los hombres se le acercaban, le tocaban el hombro, alguno incluso llegó a  abrazarle. Él se dejaba tocar, acariciar por las palabras amables, breves y protocolarias como si fuera parte de la familia doliente, un primo muy querido, o mejor, un hermano. Antes de que sellaran la lápida se acercó a la sepultura y lanzó un clavel mientras decía: “Hay que joderse, Juan, mira que irte a morir el mismo día que naciste, y mira que hacerlo sin avisar. Solo se te ocurre a ti, cabrón, y que solo me quedas”. 

Con Juan todo era así, impredecible, posible. La muerte también. Aunque ahora que ha pasado un año de su fallecimiento, con la distancia que marca el tiempo, cree que podía haber sospechado algo de lo pasó. Sabía que Juan no estaba bien esa temporada pues días antes del accidente le había dicho mientras tomaban los vinos: “Esto no va”, y él “No digas bobadas”.  Pero lo cierto es que no tenía buena cara. 

La víspera de ir a León para recoger los resultados del neurólogo se ofreció a acompañarle. Él se había negado, “La visita al retrete para aliviar las necesidades de uno y la del médico ni con la mujer”, y al despedirse, algo más achispado que otros días y con un ligero temblor, había dicho “Cuídame los paraguas”. “Descuida, anda, vamos para casa, que mañana hay que madrugar”. Fidel estaba en el taller de Tino cuando oyó que Juan se había chocado contra el único chopo que quedaba a la entrada del pueblo. No se lo podía creer. Ese día la lluvia caía pertinaz desde primeras horas de la mañana y puede que le hubiera jugado una mala pasada, pero su amigo conocía cada palmo de la carretera, la había transitado cientos de veces. Tampoco se lo perdonó. La muerte de Juan había sido rara, como rara fue la relación que habían entablado entre ellos. 

Contempla su cuerpo desnudo en el espejo ya libre de vaho, y ve un hombre demasiado mayor. Mientras se embadurna el rostro con espuma de afeitar recuerda que Juan llegó al pueblo el año de la Transición para hacerse cargo de la farmacia. Doña Montse, la maestra, rubia, recia, algo mayor que su amigo, con un atractivo que no era fácil de ver a la primera pero que sin duda tenía, se había erigido de inmediato en su enfermera cuando Juan, al poco de llegar,  sufrió un resbalón en la acera y se fisuró la pelvis. Meses más tarde se casarían. Ambos eran de la misma clase social, pero muy distintos en carácter y aficiones. Juan hacía sus dos recorridos diarios, mediodía y tarde-noche, por las tascas del pueblo. Monserrat era de misa y comunión diarias. Nunca salían juntos. 

Juan y él, en cambio, aunque de diferente origen social, coincidían en aficiones y en forma de pensar. Él era un simple empleado de la fábrica de harinas,  mientras que Juan, además de la farmacia, tenía un patrimonio considerable. Fue en las tascas donde con un “Invita ahí” y “Ahora me toca a mí” empezaron a conversar. Con el tiempo se hicieron inseparables. No había semana que no fueran a cenar una y dos veces a los restorán de la zona. A lo largo de esos veinte años sus juergas, salpicadas de vino, humo y canciones, se fueron superponiendo una detrás de otra hasta confundirse y hacerse incalculables. Un mes de agosto, invitado por Juan, llegaron incluso a ir de vacaciones juntos. Fue el tercero en toda su vida que Fidel visitó la playa. Montse, al principio, le miraba mal, y aunque nunca tuvo una palabra malsonante, notaba entre ellos un muro invisible que desapareció cuando un fin de año Juan le convidó a cenar con su familia. Él rechazó la invitación, “No, Juan, no quiero darte problemas”, “¿Ha pasado algo?’’, “No, nada, pero mejor no“. Nunca hablaron de ello pero está seguro de que ese día Juan y Montse tuvieron unas palabras, porque a partir de entonces el muro desapareció. Fidel entraba en la casona de su amigo, antigua y señorial, abría el frigorífico, y con discreción, pero también con la libertad de saberse poseedor de un derecho a bula que le había sido concedido de forma tácita, se sacaba una cerveza acompañada de un trozo de queso o de embutido que siempre había dispuesto en un plato.  
  
Los de su clase a Juan le respetaban pero no le tragaban. Le presuponían de derechas por su origen y formación, y les salió el tiro por la culata cuando le tantearon. “Yo creo en la igualdad humana, y si hay dos, uno es para ti y otro para mí. Si lo que queréis saber es a quien voto que os quede claro que no es a los vuestros”. Generoso, la gente del pueblo muchas veces acudía a él en vez de ir al médico, y con frecuencia les dispensaba medicamentos que luego jamás cobraba.

Pero como no hubo ningún antro del contorno que no quedara sin visitar, no se pudo quitar la fama de verbenas.
No se le olvida cuando la barra americana que había a las afueras del pueblo, un chiringuito de copas, barbacoas a media tarde y fornicación, la cogieron en arriendo dos socios de ultraderecha allá por el ochenta y cinco. Unos patanes que doraban la píldora a los señoritos y gentes de su cuerda que frecuentaban el lugar, entre ellos el alcalde, y se mofaban de los infelices hombres de los pueblos aledaños que, hambrientos de sexo, iban a probar las delicias de carne joven y transoceánica.  

Un día en el radiocasete empezó a sonar el himno del Frente de Juventudes “Prietas las filas, recias, marciales nuestras escuadras van”. Juan y él se quedaron desarmados, sin saber qué hacer. 

Otro día empezó a oírse “Falangista soy, falangista hasta morir o vencer”, mientras el par de socios pichabrava, el brazo en alto, secundaba ufano la canción.

Y al tercero fue 'El cara el sol'. 

Juan y él, que habían bebido media docena de  Gin ‘Larios’ con naranja entonaron la Internacional con el puño cerrado. Los dueños apagaron la música, pero ellos, que se la sabían entera, siguieron cantando a los parias de la tierra hasta el final. Fue tal el brío que pusieron que a los otros se les acabó la bobada. Nunca más. Meses más tarde el alcalde, de Fuerza Nueva para más inri, les contaría que él mismo les había recriminado su actuación. “Eso os pasa”, dijo que les había dicho, “por meteros donde no os llaman”. 

Fidel es consciente de que de estar con otro ese día en la barra americana no hubieran salido tan boyantes, pero Juan, odiado y querido a partes iguales, fue  respetado. 

Hoy el chiringuito es un lugar abandonado y mísero en medio del secarral de tierra de campos, pero en sus mejores tiempos se asaron en la barbacoa, que todavía se puede ver en una de las paredes laterales, chorizos, churrascos, costillas y hasta algún que otro cordero. De ahí que añadida a la fama de verbenas que ya tenían, les viniera la de puteros, aunque puede jurar, por éstas, que su amigo jamás subió con ninguna de las chicas. Él sí lo hizo, con la guineana, con Esmeralda, con la Linda que llegó, no se le olvida, un cinco de enero del ochenta y ocho como un anticipo de los Reyes Magos para aplacar las duras heladas del invierno. Cada vez que se acuerda de su piel oscura, de su zaina melena adornada con una orquídea fucsia prendida en el lado izquierdo, de su cuerpo menudo y flaco, de su culo respingón y esa risa de dientes menudos y blanquísimos, le entra nostalgia. Se colgó hasta las cachas de la chica, veintisiete años más joven. Y se habría casado con ella si no hubiera sido  por su amigo, que se opuso con gran virulencia. “Ni se te ocurra”. “¿Pero por qué, si la quiero?” “Mira Fidel, la Linda es mucho pa un pueblo”. No entendía qué remilgos le entraban de pronto a Juan, él que se las daba de moderno, de progre, de liberal. “¿Y a mí qué cojones me importa la gente del pueblo?” Fue la única vez que discutieron, estuvieron una semana sin hablarse. Poco después la chica se iría con sus encantos, la orquídea fucsia y trescientas mil pesetas que él le prestó para el viaje de vuelta a su país, pese a que siempre supo que el vuelo no costaba eso ni por asomo. “Mi mamita está enferma”, le había dicho, y “Te llamo”, le había dicho, y “Te mando postales de mi tierra”, le había dicho, y “Te devuelvo en cuánto me sea posible”, le había dicho. Jamás cumplió nada de lo prometido. Hoy la imagina casada con el chico espigado de la foto que le pillo un día. Casada y seguida de una recua de ‘chiguitos’. Estaba sentada en la cama, de espaldas, y se llevó la imagen a los labios. Al verse sorprendida, dijo: “Mi primo, pobre, que lleva tres años en la cárcel por una reyerta”, pero él sabe, siempre lo supo, que a los primos no se les besa, y que las peleas, ni en el país menos desarrollado, se castigan con penas tan duras.  

 


Encima de la cama está el traje gris y la corbata granate con motitas negras que se puso hace un año. Se fija en que el bajo del pantalón está arrugado a consecuencia de la lluvia. Da igual, lo llevará así, hoy también cae de lo lindo a fin de cuentas. Mientras se viste despacio piensa en esa extraña manía que Juan sentía por la lluvia, una manía que le llevaba a tener un paraguas en el paragüero de cada bar que frecuentaban, por si acaso. “Qué perra con no mojarte, eres más raro que un perro verde”, le picaba para ver si confesaba a qué se debía su rareza, pero él no soltaba prenda e invariablemente contestaba: “Mucho peor son los que muerden esquinas, esos acaban comiéndose un pueblo”. A veces piensa que puede que Juan tampoco supiera la causa de su aversión. Fuera como fuese, se llevó el misterio a la tumba y le dejó los paraguas en herencia. Les había puesto una goma en el mango para distinguirlos y recuperarlos cuando alguno se los parroquianos del bar se lo llevaba al salir sin darse cuenta, o con alevosía, que de todo hubo en la viña del señor. Ahora reposan, todos juntos, todos negros, todos idénticos con su goma en el mango a modo de distintivo en el paragüero del portalón de su casa. 

Está seguro de que de esa estrafalaria fobia de su amigo a la lluvia, pero también al agua en general, fue la que en buena medida le llevó a unir su vida a la de Montserrat, a quien profesó una incondicional, inamovible, fidelidad. Ella le había cuidado cuando se fisuró la pelvis y lo siguió haciendo día tras día durante los veinte años que vivieron juntos. Lo sabe porque él se lo decía,  porque a pesar de su aspecto desgarbado iba siempre impoluto, y porque un día que la puerta de la calle estaba abierta entró, subió las escaleras que daban a la planta superior, llegó al salón, y a través de la puerta entornada de su alcoba vio cómo la mujer, con una esponja en la mano que empapaba en una palangana, se aplicaba con ternura sobre cada una de las partes del cuerpo tendido en la cama y desnudo de su marido. Turbado, abandonó la casa sin ser visto, pero durante mucho tiempo no se pudo quitar la imagen de la mujer vestida con una finísima bata de flores amarillas y fucsias que subían y bajaban con su rítmico movimiento de  manos.   

Ese día entendió que el placer que él buscaba en las mujeres de la vida Juan lo tenía en casa, encerrado con veinte llaves, y no se acababa. 

Tras ajustarse el nudo de la corbata y comprobar que su aspecto es aceptable mira el reloj. Son las nueve. La hora que había dicho en el restorán. Coge uno de los paraguas del paragüero y en medio de una fina y persistente lluvia camina con parsimonia hacia el lugar. Cuando llega está solo. No le sorprende, tratándose de un pueblo y de un diario.  

Chonina, la encargada de servir las mesas, le saluda.

-Buenas noches, Fidel, ya tiene preparado su rincón.  

Él devuelve el saludo y se dirige a la única mesa dispuesta para dos comensales y cubierta con un mantel azul cielo que hay al lado de la chimenea. Un par de troncos arden en la base con fuerza. Se sienta, por un momento le parece ver a su amigo de frente, mirándole con sorna, sonriéndole. 

 -¿Le pongo un vino mientras?

-Puede servir ya la cena si quiere, no va a venir nadie. 

-Ah, yo entendí…  -dice la mujer algo turbada-, entonces retiro un plato.

-Entendiste bien, no te apures, y sirve los langostinos y el lechazo como te pedí, exactamente como te pedí. ¡Tengo un hambre! 

La mujer se retira y Fidel echa vino en dos copas. Coge la suya, la remueve ligeramente, la choca contra la copa que tiene enfrente. “Salud”, brinda.

Luego añade en un susurro:
-Un año ya, cabrón, mira que irte a morir el mismo día que naciste, esto no se le hace a un amigo, ésta no te la paso.
 
Pero mientras bebe y el vino le reconforta el paladar y le calienta por dentro siente que ya lo ha hecho, que ya le ha perdonado.