lunes, 25 de agosto de 2014

No hay tiempo


Apenas hay tiempo para llegar tarde a los sitios,
Para levantar diariamente la cabeza del lodo
Para, en días calurosos de agosto y de domingo,
Estrenar zapatos de charol.
Para acudir a los saldos de los grandes almacenes,
Para acompañar en los entierros a los paseados de la crisis,
Para poblar tu cuerpo mancillado por un vacío azul y sin esperanza,
Para aceptar la muerte, ese imponderable con mayúsculas,
De padres que soportan
En afligidos brazos
Hijos sin cabeza
Que circulan
-Injusticia universal y más terrible-
Por todas las televisiones del mundo,
Por todos los magazines del mundo,
Por todas  las pantallas
Y todos los teléfonos
De cristal líquido
Y última generación.
Apenas hay tiempo, no, para recomponer las astillas de la barca varada en el viejo muelle.

Mucho menos hay tiempo para cuadernillos rosas 
en los que anotar fracasos,
Empeños imposibles,
Fuegos de artificio,
Quiebros, requiebros o quimeras.
Para tratar de sanar inútilmente de la bilis oscura como un pozo,
Ésa que los expertos de la razón llaman melancolía.
Para espejismos que vaticinan falsos oasis,
Para desimaginar, 
Para desmemorizar,
Para reconquistar cada olor olvidado,
Para recrearse en la pérdida.

No hay tiempo para vivir la vida desde este lado del espejo,
Mucho menos para invocar la vida desde el otro lado del espejo.


  

jueves, 14 de agosto de 2014


Estaciones de paso
 
 







Estaciones de paso
de viajeros absortos
que llevan en su mochila
una historia de esperanza azul
de desvelos
de rutinas errantes
de pérdidas…
Estaciones de paso
y miradas que se cruzan un momento
-breve destello de soledad compartida-
antes de volverse a refugiar
en el yo
insalvable.
Estaciones de paso
que nos devuelven,
más que ningún otro lugar,
el azogue de sombra
que al otro lado del espejo acecha.

martes, 5 de agosto de 2014


El pescador de estrellas

 
                      
                       Como todas las tardes al oscurecer el pescador deja su vieja bicicleta en el puerto y se dirige a los acantilados de la costa para pescar estrellas. Tiene cientos de ellas –azules, rosas, fucsias, anaranjadas, con picos poco pronunciados y hasta con siete puntas­– en tarros de cristal bien sellados. Mira al cielo plagado de infinitos destellos que auguran una buena pesca y la ve, una estrella aparentemente normal, ni muy grande ni muy pequeña ni muy brillante, pero al extender el sedal y fijarse con detenimiento descubre que contiene todos los colores y formas. Entusiasmado lanza la caña al cielo seguro de que muy pronto ocupara el lugar principal de su estantería. La estrella se desvanece súbitamente, pasa el resto de la noche buscándola en vano, sin desear otro botín que no sea ése y por primera vez al amanecer regresa a su cabaña con las manos vacías. La noche siguiente vuelve a los acantilados portando un sedal más largo y más fuerte. La estrella sigue ahí, mas al intentar capturarla se disipa de nuevo en el cielo. Durante meses, presa de gran desasosiego, el pescador se dedica a inventar los más variados artilugios a fin de conseguir su objeto de deseo pero es tarea inútil. Un día mete en un saco enorme todos los tarros que lleva coleccionados durante años, los lleva en su bici hasta el puerto, los arrastra a duras penas por el abrupto camino del acantilado. Esa es la última imagen que se conserva de él. Desde entonces puede verse en el puerto su vieja bicicleta esperando impertérrita su llegada. Es posible que su dueño en algún momento recupere la cordura y regrese a su mundo y a sus cosas, pero también puede que se haya ido a vivir con su estrella y no vuelva jamás, o que esté en el fondo del mar y desde las aguas profundas e insondables vea reflejada todas las noches, cual infeliz Tántalo perdido de sí, su estrella misteriosa e inasible, aunque eso quien lo sabe…

 

martes, 15 de julio de 2014


“Aniversario”
Ella se venga con el monólogo. G.Flaubert.
 
No sabes cómo me alegra que me digas que no falta detalle. Sí, he puesto el mantel de hilo bordado que nos regaló la tía Alfonsa cuando nos casamos y la vajilla azul cobalto de los días de fiesta, pero es que hoy es un gran día. Me acuerdo lo que dijo la tía cuando, envuelto cuidadosamente en papel de seda, nos lo trajo: “Lo he bordado con tanto esmero como felicidad os deseo”, eso dijo. ¿Qué crees, que he exagerado al abrir las dos alas de la mesa y haberla dispuesto a la larga como para las grandes ocasiones? Claro, precisamente por eso, es que hoy es una gran ocasión. El champagne, con el cóctel de gambas, tiene que estar buenísimo ¿Que lo abra yo? Bueno. Acerca la copa antes de que se me derrame entero sobre el mantel, aunque dicen que trae buena suerte. Brindo por nuestro amor. Un sorbito más y voy por el marisco. ¿Qué me he gastado un dineral? Sí... bueno... pero un día es un día. Come tú, ya sabes que a mí no me sienta bien, no quiero probarlo, de verdad, que me salen sarpullidos por todas partes, en cambio tomaré una copita de champagne. A mí lo que de verdad me gusta del marisco son los caparazones, como la caracola de la estantería que nos regaló el mar Cantábrico cuando buscábamos percebes y almejas entre las rocas. Después de cuatro veranos cada vez que la pongo al oído puedo oler el arroz con gambas y pimientos que salía del chiringuito mientras esperábamos a que nos sirvieran la paella ¡El hambre que teníamos! ¡Y lo que nos gustaba ir al puerto al atardecer y ver a los marineros recoger las redes mientras el pescado se movía todavía vivo dentro de las cajas! Pero lo que no olvidaré fue el día que tumbados en la playa se puso a llover, unas gotas así de gordas, y corrimos al coche, pero cuando llegamos ya estábamos calados y las toallas todas mojadas y tú tuviste ese gesto de envolverme con tu cuerpo y pretendías secarme y hacer que entrara en calor... ¿Que te gusta la salsa del bogavante? Esta hecha con zumo de naranja y nata. La receta la he sacado del libro de cocina que compré en la feria de libro al mes o así de casarnos. Un tragito más y voy por el plato fuerte ¡Uy, cómo quema! Yo sólo quiero un trozo de carne. No, no estoy con uno de mis regímenes. Tiene gracia la cosa, precisamente ahora que, quiera o no, voy a engordar ¿Que qué quiero decir? Necesito una copita de champagne. No, otra no, una, antes de decirte... Pero deja de mirarme de esa manera. ¿Que no me miras de ninguna manera? Bueno, vale, te estaba diciendo, decía... Que estoy embarazada ¿Qué no puede ser? No sé de qué te extrañas, sabiendo como sabes que yo un hijo quería tener, que no me quiero morir sin la experiencia de ser madre, que me parece una de las experiencias más hermosas de la vida... No, ya sé que tú no, pero entonces no lo sabía. Y tenía la esperanza de que algún día cambiarías de idea, y porque creía que a fuerza de insistir te convencería, aprovechaba cualquier ocasión para sacarlo a relucir... Claro, que así pasaron siete años... Por eso, cuando aquel sábado vimos en la tele el documental de los cangrejos-hembra, los cientos de miles de cangrejos-hembra que en el último cuarto de luna menguante iban a desovar al mar en marea muerta, sentí una frustración enorme —hasta los seres vivos más insignificantes tenían derechos que a mí se me negaban—, y no me pude contener. Te dije, ahora me doy cuenta que a medida que hablaba iba elevando la voz, que la naturaleza era sabia y las cosas más sencillas de lo nos parecían, que ya tenía treinta y siete años y no podía esperar mucho más. Tú callaste, bajaste la mirada, frunciste mucho los labios ¿No oyes lo que te estoy diciendo? Y gritaba cuando te solté que si no pensabas tener hijos no sabía ni para qué te casaste conmigo y me hiciste perder así el tiempo. Y que si no podías hacer eso por mí es que no me querías, y que si no me querías no sabía qué hacíamos juntos. Luego ya no dije nada más. Tú tampoco. Apenas hablamos los siguientes días. Lo justo entre quienes no tienen más remedio que compartir un espacio común, pero de sobra se notaba que algo se había roto entre nosotros. Así que el miércoles, cuando dijiste “Voy a echar la bonoloto”, eso dijiste, “Voy a echar la bonoloto”, como quien dice “Voy a buscar una coca-cola al frigorífico” o “a destender la ropa”, quizá pensaste, debiste pensar, que la vida, la nuestra, la tuya y la mía, ni con una bonoloto se arreglaba. Eso debiste pensar. Eso pienso yo que pensaste, porque te fuiste y no volviste, aunque podías haberlo advertido. Pero no. No tuviste el detalle de dejar, con letra apresurada e ilegible, ni una nota en la libreta de la consola de la entrada, ni de llamar por teléfono, ni de mandar una postal o enviar un emisario para que viniera a recoger tus cosas —a quien yo, de paso, pudiera preguntar—, acaso las más elementales, como tu puto cepillo de dientes. Ni el puto cepillo de dientes cogiste cuando fuiste a echar la bonoloto, o esa colección de corbatas de las que estaban tan orgulloso y que desde entonces se mueren de risa y de polvo en el corbatero del armario y que no me he atrevido ni a mirar. Ahora sí, ahora con una gotina de champagne me atrevo, de un sorbo... Ésta, la azul de motitas blancas es la más bonita, la vimos juntos en un escaparate, ¿recuerdas?, una noche cuando volvíamos a casa. Aunque no me dijiste que la querías, vi que te fijaste en ella. Por eso al día siguiente entré en la tienda y la compré. Es tan sedosa... Al rozarme me parece que siento tus manos. Tus manos avanzando entre mis muslos, acariciando mi sexo... ¿Por qué tuviste que irte sin decir palabra? Tan sólo una palabra tuya habría bastado para que cambiara el color de mi universo. Eso fue hace un año y desde entonces sigo cocinando para dos, sigo poniendo en la mesa dos platos, dos cubiertos, dos servilletas, la tuya a tu lado de la mesa con la inicial de tu nombre; sigo durmiendo en el mismo lado de la cama, el más alejado de la ventana, como buscando una protección inconsciente, sigo sentándome en el mismo rincón del sofá para ver la tele, sigo comprando los bifidus de manzana y nueces que tanto te gustaban y cada vez que voy al super siempre acabo metiendo en la cesta de la compra las cuchillas de afeitar que usabas. Pero ya no. A partir de hoy no. Ya ha pasado un año desde que te fuiste. Un año, se dice pronto, pero un año, trescientos sesenta y cinco días con sus trescientas sesenta y cinco noches dan mucho de sí cuando una se queda sola. Por eso me he tomado mis precauciones y he buscado una clínica para quedarme embarazada. No, no creo que sea la mejor manera, pero con treinta y siete años que tengo no me quedaban muchas opciones. O buscaba una solución rápida o me quedaba sola del todo y esa idea se me hacía insoportable. Ya ves, al principio, cuando me dijeron que estaba embarazada, me sentía la mar de rara por no saber quién era el padre, pero me he ido acostumbrando. Fíjate, hasta he llegado a pensar que si no sé quién es el padre, no corro el riesgo de que me haga sufrir ¿No dices nada? Oh, ya sólo queda un culín de champagne, pues brindaré por el futuro. Espero que llegue un niño que, aunque no tenga tus ojos, ni tus labios, ni el color de tu pelo, ni tu apellido, ocupe esta casa y lo llene todo con su voz y su risa y el ruido de sus juegos. Que no se parezca a nadie, y que sea mío, solo mío, para que nunca pueda irse. Para que a partir de ahora ya no me quede sola nunca más... Sola, no quiero.

 

sábado, 12 de julio de 2014

Voces para la ausencia

                                                       
                                                                           A los lestrigones(…)no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
 si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
                                         Ítaca. C.P. Cavafis




La maestra
Si me dicen que me iba a prometer con el hombre más rico del pueblo, cuando en el año veintitrés llegué a Villaraz con mi plaza recién estrenada de maestra, ni por asomo lo hubiera creído, porque yo lo que quería era enseñar según las ideas que mis maestros, formados en la Institución Libre de Enseñanza, me habían inculcado. Pero ocurrió. Y con la misma inutilidad que supone luchar contra una manada de lestrigones me enamoré, casi sin darme cuenta, de ese hombre serio y delgado y distinguido, demasiado contrapuesto a lo que yo era.
La primera vez que le vi con su traje gris a rayas fue en la puerta de la escuela el día que iniciábamos las clases, acompañando a sus dos hijos. Llamaba la atención por lo elegante que iba pero, sobre todo, porque el resto de acompañantes eran todas mujeres. Enseguida me enteré por  éstas que su esposa había muerto al dar a luz al menor de sus hijos.
En un aparte me dio la bienvenida al pueblo y me confió a sus hijos para que los instruyera. Pablo, —dijo, mientras revolvía el cabello rubio de un niño que no dejaba de mirarme con unos ojos enormes y confiados —es el benjamín de la casa  y muy inquieto, ¿Eh, Pablo? Esta noche, sin ir mas lejos, no ha dormido por conocer a la nueva maestra. Juanito, en cambio, es distinto…—el muchacho casi adolescente rehuyó mi mirada— A Juanito  hay que saberle llevar.
No volví a saber de él hasta unos días después. Y fue a través de Teresa, su criada, que se presentó un viernes por la tarde en la escuela mientras ensayábamos una obra de teatro con doce o quince adultos. La ví tan entusiasmada que le propuse sumarse al grupo. No puedo, en casa de mi amo siempre hay mucha tarea…—y mostrándome una cesta en la que asomaban un queso y un roscón continuó—Ay, que tonta, se me olvidaba, mi amo me  manda que le entregue esto. Pues dile que lo acepto si te deja venir a los ensayos. Pero yo…no puedo… Y era tal su nerviosismo que antes de que terminara la frase cogí la cesta de mimbre, la puse en la mesa y le dije: Anda y ve tranquila, mujer. Esto ya lo arreglo yo.
Lo que Teresa no sabía era que el domingo a la salida de misa  me iba a acercar a Juan y le iba a pedir que le dejara participar en la obra. No mostró ninguna oposición y sí bastante interés. Mientras le explicaba que se trataba de una adaptación hecha por mí del “Adiós, Cordera” de Clarín, en el que además de Rosa, Pinín y Cordera, introducía todo un coro de personajes inventados para que participara el mayor número de gente, me encontré que habíamos llegado a la puerta de mi casa. Al despedirnos me dio su mano, esa mano larga y nervuda y distinguida que estreché,  apenas unos segundos,  entre la mía.
Y como si a través de ese leve roce hubiéramos firmado un pacto tácito, ya todos los viernes Teresa aparecía, puntualísima, en la escuela, trayendo siempre algún manjar que compartíamos al final del ensayo y todos los domingos su amo, a la salida de misa, me acompañaba a casa. Y ese pequeño trayecto en que hablábamos de cosas banales, sus negocios,  salidas a la ciudad, la preocupación que sentía por la educación de sus hijos, el mayor sobre todo, tan cerrado en sí mismo, o mis clases y ensayos, se fue convirtiendo para mí en uno de los momentos más importantes de la semana.


El hijo mayor.
La imagen de mi madre frente al espejo probándose la mantilla blanca es quizá el recuerdo más nítido que conservo de ella. Yo entonces tenía tres años y la miraba escondido dentro del armario de su habitación, aunque ella nunca lo supo. Meses más tarde los mayores me dirían que había muerto al dar a luz a ese renacuajo, no entendí que ella ya no estuviera y en su lugar quedara él, ni tampoco verme privado de su amor, de sus juegos, de su beso de buenas noches al irme  a dormir.
Y como no lo entendí llegué a la conclusión de que mi madre iba a volver. Por las noches, tapado bajo las sábanas, se obraba el milagro. Mi madre me hablaba bajo y yo le contestaba y ella me volvía a hablar, y así hasta quedarme dormido. A veces  aparecía en mis sueños con su mantilla blanca y todo su rostro era una sonrisa blanca.
Dejó de visitarme al poco de llegar la maestra al pueblo. Fue la noche que el tío Gabriel,  los ojos como ascuas, me soltó que se murmuraba que mi padre y la maestra eran novios: Esa mujerzuela pretende mancillar el nombre de tu madre, ser la reina de esta casa. Y tu padre, Juanito, no lo ves, ya no os quiere. Tienes que ayudarme.  
Por eso el día que vino a casa, con motivo de la celebración del cumpleaños de Pablo, me levanté en mitad de la comida. No soportaba su presencia. Y cuando más tarde mi padre entró en mi cuarto y me pidió explicaciones se las dí. Claro que se las dí. Le dije que esa mujerzuela estaba mancillando el nombre de mi madre y lo que era peor, él era el culpable, él, que lo permitía. Nunca me había pegado y me dolió su bofetada, pero más por la certeza de que mi tío llevaba razón que por el dolor físico y le odié profundamente.


La maestra
La primera y la única vez que entré en la enorme casona decorada con todos esos muebles antiquísimos y todos esos cuadros y figuras valiosas fue el día de la celebración del cumpleaños de Pablo. No me pasó por alto la foto de su esposa fallecida, el cabello cubierto por una mantilla blanca, presidiendo desde el aparador de nogal la enorme mesa en la que estábamos sentados una veintena de invitados. Y mientras Teresa, vestida para la ocasión con uniforme y cofia, nos servía una sopa de higadillos, me sorprendió que Gabriel, el cuñado de Juan, con el que apenas había cruzado dos palabras desde que llegué al pueblo, me espetara:
—Esa obra suya tiene revuelta a esa panda de pueblerinos analfabetos.
Me quedé paralizada mirando un trozo más grande de hígado que nadaba en el plato humeante y ya iba a replicar cuando Juan, que presidía la mesa, se adelantó:
—No hay nada malo en que la gente se instruya en su tiempo libre. Es, desde luego, mucho mejor que andar emborrachándose en las tabernas. 
Busqué la mirada de Teresa que en esos momentos había dejado de servir la sopa. Gabriel se levantó de la silla y tambaleándose, abandonó la sala, murmurando al salir: Maldita  chusma.
—Teresa—zanjó Juan — siga  sirviendo, por favor.
Aunque el resto de la comida transcurrió en un intento de todos los invitados por borrar el incidente,  me sentía como en el centro mismo de una nebulosa y sólo quería salir de allí. A si que cuando Pablo apagó las velas me levanté y dije que tenía que irme. Mientras cruzaba el amplio comedor me di cuenta que Juanito había desaparecido. Juan quiso acompañarme, pero me negué en rotundo. En su lugar lo hizo Teresa, que no hacía más que repetir: Si ya lo sabía yo… ¿Que sabías tu,  mujer? Entonces me contó que en el lavadero por poco se pega con Panina, cuando ésta dijo que el señorito Juan y la maestra estaban liados.
A si que era eso. Podía entender que hubiera personas en el pueblo, entre ellos Gabriel,  que no vieran con buenos ojos la obra  que con tanto esfuerzo, viernes tras viernes, ensayábamos, porque la cultura daba poder a la gente, les abría a otras posibilidades. Pero lo que no me podía imaginar era que personas que participaban en la obra, como era el caso de Panina, me  criticaran sin motivo. Estaba furiosa con Gabriel, con Panina, con Juan, pero sobre todo estaba furiosa conmigo misma. Y aunque no pude olvidarle, me acordaba de él todos los días, a partir de entonces dejé  de ir a misa y me refugié en mis clases, en mis lecturas, —en esos días había descubierto a un poeta griego, Cavafis, que ya tanto influiría en mi vida— y sobre todo en los ensayos.
El día que por fin la obra estuvo en condiciones de ser representada resultó un éxito. Hasta tres veces tuvimos que salir a saludar porque los aplausos no cesaban. Juan esperaba tras las cortinas con un ramo de violetas entre las manos. Lo cogí y le di las gracias. Y una vez más me acompañó a casa. Por el camino no hablamos. Pero al llegar a la puerta me pidió que me casara con él. Allí mismo le dije que si porque entendí que no podía ni quería luchar más contra una manada de lestrigones interiores. Lo que no sabía, lo que no podía saber entonces, era que los lestrigones no estaban dentro de mi, sino fuera y tan cerca.


El hijo mayor
Cuando mi padre abrió la puerta yo sujetaba el arma con las dos manos. Al verme me miró con sorpresa, yo, a pesar del odio acumulado todo ese tiempo, le debí mirar con ojos de terror. Creo que las manos me temblaban.
—¿Qué haces, Juan, hijo? —me debió de preguntar o algo así.
El tío Gabriel, que estaba detrás de la puerta, avanzó un paso.
—Venga dispara.
Mi padre miró hacia atrás, buscando la procedencia de la voz.
El tío Gabriel repitió:
—Venga, Juanito, dispara ya.
Pero yo no me movía. Y mis manos cada vez temblaban más. Entonces con la rapidez de un lince, el tío Gabriel se puso a mi lado y me quito el arma y vi como le disparaba, directo al corazón y como mi padre lanzaba un profundo gemido y caía de rodillas y se desplomaba, mirándome con esos ojos atónitos que yo no podía dejar de mirar. Mi tío debió de ponerme el arma en las manos antes de salir, de eso no me doy cuenta. Lo que si se es que luego vinieron todos y me vieron arrodillado sobre él y pensaron que yo le había matado. No lo desmentí entonces ni más tarde cuando el juez me preguntó. No lo hice nunca. No hubo cárcel, era menor de edad y además hijo del hombre más rico del pueblo, pero mi castigo ha sido peor que cien años de encierro. Desde entonces las pocas noches que consigo dormir mi madre se me aparece en mis sueños, el cabello cubierto por una mantilla negra, el rostro contraído por el dolor.


El tío Gabriel
Mi hermana era pura como una flor de azahar. No tenía que haber muerto. No se lo merecía. ¡Perra vida los golpes que da! Además, si mi cuñado se hubiera arrimado a una de su clase quizá lo hubiera entendido, pero fue a elegir a esa mujer que quería ponerlo todo patas arriba, hacer lo blanco negro, ir contra natura. Porque ¿dónde se ha visto enseñar a los obreros? Ellos están ahí para lo que están, para servir a sus amos y nada más. Y ella era peor que todos, con esas ideas que no sé de donde había sacado.
No, no podía permitir que la maestra usurpara el papel de mi hermana, por eso juré ante su foto de novia que esos dos no estarían juntos.
Y Juanito era el blanco perfecto para llevar a cabo mi plan. El que saldría indemne. El, que la odiaba tanto como yo. Pero no pudo hacerlo. En el fondo era un cobarde. Claro que yo si pude. Yo le maté.
Esa fue la primera muerte de otras muchas en las que yo participé años más tarde. Pero ya todas las muertes han sido la misma muerte y todos los rostros el mismo rostro.

El hijo pequeño
Yo en cuanto pude me fui del pueblo. Sé por Teresa que el tío Gabriel y mi hermano parecen dos fantasmas dentro de la casa, evitan cruzarse y si lo hacen ni se miran. Pero a veces me entra algo parecido a la nostalgia y me siento tentado a volver. Como este fin de semana que estuve en Villaraz y en la tumba de mi padre vi un ramo de violetas frescas. Lo primero que pensé fue en la maestra, pero luego pensé que no, hace años que también se fue del pueblo.

                                                



El relato "Voces para la ausencia" fue publicado por la revista que edita todos los años por Navidad el Ayuntamiento de Gordoncillo en diciembre de 2008. Asimismo fue leído (versión más resumida) en la Biblioteca Municipal de Astorga el 14 de Abril de 2014, dentro de las Jornadas Republicanas organizadas por del Ateneo Republicano de Astorga. Quiere ser un homenaje a todas las maestras de la Institución Libre de Ensañanza que lucharon por el ideal democrático de una enseñanza pública, laica y no sexista, y que años más tarde serían depuradas. Está inspirada en una historia real que les oí a mis padres, mi fuente de memoria. 

sábado, 21 de junio de 2014


 
Eterna primavera

 


 
A Andrés el frío que le entra por la ventana le hace recordar otro frío más antiguo, un frío de cuando era un zagal de once años y a pesar de llevar los calcetines de lana que le había hecho su madre siempre puestos, se despertaba en el chozo con los pies entumecidos y acartonados y se los frotaba enérgicamente con las manos, primero uno, luego otro, para activar la sangre y que entraran en reacción.
     Al salir de la cabaña ya el resto de pastores tomaban las sopas de ajo calentadas al fuego en el puchero, y siempre había alguno que decía: “¡Qué! ¿Otra vez te has dormido? ¡Pues ya sabes lo que toca!”, mientras su padre callado traquinaba la cabeza, como dudando de su valía para las  lides del pastoreo. Pero lo cierto es que a él no le importaba recoger y apagar el fuego, mientras los más mayores movilizaban el ganado para recorrer por accidentadas cañadas y cordeles la veintena de kilómetros diarios, dirección norte, en busca de la eterna primavera. Y es que su trabajo le gustaba más que nada en el mundo, le tiraba sin remedio, como tendría ocasión de  comprobar años más tarde.
 
*                     *                       *
 
              Había visto su silueta a lo lejos, las manos sujetando su cintura de avispa, el cántaro a la cabeza. 
“Hola”, le dijo saliéndole al encuentro mientras las ovejas, custodiadas por sultán, pastaban en la rastrojera. “Hola”, musitó la muchacha sin detenerse. “Espera”…“He oído decir que esta noche hay baile en el pueblo ¿Vas a ir?” “Tal vez”, contestó ella mirándole risueña un instante y prosiguió su camino.
Al caer la tarde se lavó en el río con jabón para quitarse el olor a animal que le acompañaba siempre y se puso la camisa vieja, pero limpia, que su madre le había metido en el fardel para las ocasiones especiales. Nada más entrar en la pista la vio, sentada en un banco. La sacó a bailar al son de un pasodoble, tomándola por el delicado talle y soportando su cálida y blanda mano entre la suya, como le había enseñado un pastor veterano un día que habían practicado en el campo. Con el primer baile supo que la chica se llamaba Rosa, y que todos los días acarreaba agua de la fuente que había a varios kilómetros del pueblo. Siguieron bailando sin cesar toda la noche, y cuando la orquesta dio por finiquitada la función, se sabía su vida entera: una vida sencilla y volcada al cuidado de su padre, viudo, y de sus cuatro hermanos. Tras esa noche, y durante el tiempo que hubo pastos en la zona, se siguieron viendo a diario y al despedirse, mientras estrechaba su cintura de avispa y ahora sí, se besaban, le prometió que si ella le esperaba hasta la próxima primavera, dejaría su vida nómada y se asentaría a su lado. Y aunque todas las noches del largo invierno pensó en ella, a medida que se acercaba la nueva estación y el encuentro se hacía más inminente, se notaba más raro e  inseguro. La noche de su llegada al pueblo se puso su camisa vieja y limpia, y se dirigió al baile. Pero al llegar a la puerta y verse observado por ella sintió algo parecido al vértigo. Entonces regresó al campo y pasó toda la noche mirando el cielo raso, consciente de que su vida no estaba en un sitio fijo y que sus únicas novias eran las estrellas…Nunca más volvió a cruzar una palabra con la chica a la, por otra parte, jamás logró olvidar.
 
*                     *                       *
 
–Venga, Andrés, levántese –ordena la auxiliar del geriátrico cerrando la ventana–. Ya se ha ventilado suficiente su cuarto, vayamos al comedor.   
Él, que hasta que se rompió la cadera anduvo tan ligero como un cordero, se incorpora con dificultad y apoyando su devastado cuerpo en el andador va dando lentos y cortos  pasos, bajo la estrecha vigilancia de la chica.
–¡Ve qué bien anda! Lo que le pasa es que es usted un vago.
Andrés sabe que la auxiliar le riñe en broma porque mientras lo hace no deja de sonreírle con esos dientes blancos, perfectos. Se parece un poco a Rosa.
–¿Sabes que yo tuve una novia que se te parecía?– le dice.
–Ande, deje de decir bobadas. ¿Pues no fue usted pastor, de esos que se pasaban la vida de un lado para otro?
–Trashumante, éramos pastores trashumantes –matiza el hombre–. ¿Y eso que tiene que ver?
–Pues todo…Los pastores esos que usted dice no tenían novia, no me venga con cuentos… ¡Quién iba a querer compartir su vida con un hombre que se pasaba media vida lejos de casa!
Andrés se queda callado pensando que si le hubiera propuesto a Rosa compartir con él su vida tal vez hubiera aceptado, lo mismo que aceptó su madre y antes su abuela. Pero no lo hizo y conoce la razón: su miedo a estar sujeto a algo que no fueran los espacios infinitos a los que hoy, convertido en un viejo, ha tenido inexorablemente que renunciar. En su afán por alcanzar el comedor sigue dando pasos cortos, como de carnero desahuciado. Aunque sabe que no va a convencer a la chica por mucho que insista añade, obstinado:
–¡Rediez! Si te digo que tuve una novia es que la tuve.    
 
Sol Gómez Arteaga
  
 
Nota: Relato que ganó el primer premio en el concurso sobre "la trashumancia" organizado por el foro "Canales-La Magdalena" en el año 2012.
En la foto que precede al relato figura mi padre, que sostiene un carnero, y un compañero. Realizada en el "Caño Teja", Valderas, donde iban a dar agua al ganado antes de recogerse a dormir en el campo, esto ocurría en el verano 1971. La burra se llamaba "Corneta" y los perros "Moro" y "Chispa".   La "mela" con que estaban marcadas las ovejas tenía las iniciales A.G, correspondiente al nombre  de su dueño.

sábado, 14 de junio de 2014


Los espacios significan. Y los espacios que un día fueron, espacios de nuestra infancia, aparentemente olvidados, selectivos y borrosos condicionan además nuestra forma de ser, de mostrarnos.


 La casa de mi abuela

Mi abuela tenía una hermosa casa de dos plantas. 
A ella accedíamos por la puerta trasera, metálica y marrón, que daba a un amplio  corral. A través del corral, pasando un descansillo con el suelo de mazarrón, llegábamos a la cocina de diario.

La cocina de diario de mi abuela tenía unas amplias cristaleras bajo las que se alojaba un sencillo banco de madera con ondas en el respaldo.

También había una mesa camilla en la que se comía, se conversaba, se jugaba a las cartas, se leía el periódico, se hacían deberes y labores.

El epicentro de la estancia lo conformaba una chimenea con arnal en la que algunas tardes especiales de invierno ella, generosa y alegre, nos asaba pitarros envueltos en papel de estraza o asaba patatas o castañas.

Otras veces sentados a la lumbre escuchábamos la telenovela que emitía la radio colgada de un basal adornado con puntillas. 

En un rincón apartado de la cocina, casi invisible y apagado, estaba el frigorífico, que se usaba para guardar medicinas y revistas.  

En la cocina de diario de mi abuela hacíamos la vida en invierno.

Pegado a la cocina había un pequeño cuarto con un infiernillo de porcelana en el que mi abuela preparaba el sempiterno cocido de mediodía o los huevos o pescado de la noche. En una honda pila de granito con un tajo inclinado fregaba luego los cacharros.

En esa misma pila mi abuela me bañó la víspera de mi primera comunión.

Los enseres los guardaba en un aparador blanco y alto, situado al fondo, lleno de cajones.  

Como la puerta delantera permanecía invariablemente cerrada a la parte “noble” de la casa accedíamos a través del descansillo. Nada más traspasarlo, en el bajo de la escalera, estaba la despensa, que olía a humedad y a cal a partes iguales. En ella guardaba los bollos bañados, los coquitos, las pastas y mantecadas que elaboraba con sus propias manos para ocasiones especiales (la feria, el Socorro, el día de Santa Cruz o el del Pan y el Queso), también guardaba los chorizos de la matanza conservados bocabajo en un garrafón colmado de aceite, los huevos, el jamón, un ajedrez con fichas de madera –la inevitable pérdida de algunas piezas originales había llevado a la sustitución de éstas por otras rudimentarias­–, varias hamacas.

A mano derecha había un aseo sin bañera y sin ducha, y anexo a éste un cuarto que jamás se usaba, con una cocina económica empotrada en la pared que albergaba muestras de ganchillo, caramelos de Francia con sabor a frambuesa, una caja blanca y grecas azules de “pastilles vichy-état”, aunque el tesoro más preciado era la piel recién mudada de una serpiente.     

De esta cocina de adorno, cocina de domingos, se pasaba al salón que solo vi usar el día de las bodas de oro de mis abuelos; se trataba de un espacio rectangular con un amplio ventanal que daba a la calle rodeado de sillas labradas con rostros de perfil de señores antiguos, una mesa central y un aparador alto.

A la planta superior se accedía por unas escaleras de tarima, amarillas y enceradas. A derecha e izquierda quedaban, dos y dos, las habitaciones de paredes encaladas y exentas de adornos, -a lo sumo las decoraba un cuadro de santos o un cristo crucificado-, con su cama, su armario empotrado y su mesita de noche donde descubrí readers digest antiguos, escapularios, monedas, sellos y hasta botones.

Al desván nunca accedí, tampoco despertó mi curiosidad. La vida en los espacios inferiores de la casa era tan intensa que no fue necesario.

Había además en la casa de mi abuela un corral enorme con un jardín bien delimitado, gallineros, caedizo, una cuadra de adobe con un altillo al que se accedía por una escalera de madera apoyada en la pared.

En la cuadra se guardaba el banco de matar el cerdo, los barreñones, y dentro de una caja la máquina de hacer los chorizos.

En una ocasión encontré en la cuadra varios libros muy antiguos con pastas de piel y anotaciones escritas a mano que olían a viejo y a patatas y a tierra, cuya evocación hoy día me sigue provocando rechazo.

El montículo permanente de tierra y cascotes que había frente a la cuadra nos permitía izarnos a lo más alto de la tapia de ladrillo y divisar el corral de la vecina adusta, hermana del practicante del pueblo, huraña y solterona, poco amiga de niños.

Al fondo del corral, en una esquina, estaba la higuera.

También tenía el corral de mi abuela una tinaja con ondas horizontales, a modo de pellizcos, casi siempre mediada de agua.

En verano en el corral de la casa de mi abuela sacábamos las hamacas y hacíamos la vida.  

La casa de mi abuela fue la casa de mi infancia, el paraíso perdido, ese espacio de no necesitar donde un día estuvo comprendido el universo todo.