La hermana mayor
La hermana mayor espera impaciente
Esa tarde en el Altafría,
Dicen que los niños nunca han visto a la cigüeña
Posar el bebé en los brazos de la madre
O en la cuna.
Ella, la hermana mayor, tampoco lo vio.
Más tarde te coge en brazos
Y te elige un nombre
Y un destino.
Crecéis juntas, un día te deja en herencia
Su bikini de rayas que jamás te siente bien,
Pero en compensación te saca de apuros cuando, por ejemplo,
Es solo un ejemplo,
Cambias tu anillo de oro por un sacapuntas.
Y sueña contigo un futuro mejor
En el que nunca,
Y lo jura con los dedos cruzados,
Comerás el sempiterno cocido del mediodía.
La hermana mayor te escucha en silencio cuando te enamoras,
Por primera vez.
Y por muchos años que cumplas
Y por mucho que crezcas
Y te conviertas en una mujer supuestamente madura
Seguirá protegiéndote de las inclemencias de la vida,
Y disfrutará de tus éxitos,
Y te dará su tiempo
Y su mano,
Y creerá en ti.
Eso al menos es lo que me pasa con mi hermana mayor.
jueves, 31 de enero de 2019
miércoles, 21 de noviembre de 2018
DIGNIDAD ALGO MALTRECHA
En realidad lo que movió al vigilante jurado a rechazar el trabajo en el edificio de oficinas en el centro de Madrid no fue el turno de noche, -había trabajado por turnos muchas veces y sabía lo que era estar diez horas escuchando los partidos en la radio, haciendo sudokus o trasteando con el móvil tras un mostrador-, ni que no le gustara el lugar, ese edificio claustrofóbico de interminables pasillos con zócalos de madera, apliques macilentos y sillones de eskay, ni que el tipo que le entrevistó le sometiera a un interrogatorio propio de un agente de la CIA, -si hasta parecía querer saber el color de sus entrañas-, ni tampoco el infrasueldo inframileurista que apenas le llegaba para pagar el alquiler en un piso realquilado en Vicálcaro con tres inframileuristas más...
No, nada de eso. La realidad real es que ya había estampado la firma en el precario contrato cuando el entrevistador le espetó con la mayor naturalidad del mundo que las cuatro noches que libraba al mes las sustituirían por un muñeco hinchable... total, nunca pasaba nada, y esas cuatro jornadas no se iban a notar.
Entonces, como si le le echaran encima todas las horas de entrenamiento y ejercicio físico acumuladas, los títulos de Taekwondo obtenidos y las prácticas de tiro pagadas, rompió en pedacitos el papel que acababa de firmar, se giró sobre sí mismo y se fue a otra parte con eso único que le quedaba, que da titulo a este microcuento ilustrado.
Micro tándem Carlos Morcillo Santero/ Sol Gómez Arteaga
Convite
Andrés, insólitamente quieto, mira muy
fijo el dintel resquebrajado de la puerta mientras su madre, de rodillas, le
abotona la chaqueta del traje que hoy se pone por primera vez. Nota cómo ésta
tira de las solapas del cuello hacia arriba e intenta encajarle con precisos
toques las hombreras en su sitio. Lleva mucho rato intentando adaptarle el
traje a su cuerpo, un imperdible en el talle, unos cuantos alfileres en los
bajos. Por último le pone, ya anudada, la corbata de seda. Andrés nota que le
oprime el cuello, pero aguanta sin protestar. Está deseando que su madre acabe
de una vez.
Paulina los contempla desde atrás.
–Así está muy bien, Socorro. Le queda
que ni pintado.
–¿Tú crees? –oye decir a su madre, con
un deje de ansiedad en la voz–¿No crees que le queda algo… demasiado grande?
–Y claro, mujer, con esa idea lo diste a
arreglar, para que cuando crezca le siga valiendo.
Andrés escucha un
gemido muy cerca. Desvía la vista del dintel, mira a su madre que se ha tapado
la boca con la mano, que gira la cabeza, esquiva. Entonces contempla su rostro
en la luna del espejo. Ve como se limpia, con los dedos índice y corazón, muy
rápido, las lágrimas.
–No tengas
pesares, Socorro –Paulina pone una mano en el hombro de la madre– es lo mejor
que podías hacer.
–Pero él dejó
dicho… –su madre habla con un hilo de voz.
–A él le habría
gustado –corta tajante Paulina y dirigiéndose al niño–: Y tú, mocoso, arrea a comer a casa de tus
primos, si no quieres llegar a las sobras.
Andrés abandona
el cuarto y sale disparado por la parte de atrás de la casa. En el corral,
colgado de una punta de la pared de adobe, está el viejo tirachinas. Lo coge y
lo mete en el bolso del pantalón mientras escucha a sus espaldas “Andresín, no
te manches”. “Ya sabes lo que te he dicho”. Entorna la puerta de madera medio
caída y sale a la calle. Echa a correr cuesta abajo. El corazón le late con
fuerza. Es el primer pantalón largo
que se pone. Y la primera corbata, que intenta aflojar tirando del nudo, sin
conseguirlo. También la primera vez que le invitan sus tíos a comer en la gran
casona a la que tantas veces ha ido con su madre y sus hermanos más pequeños.
Siempre para lo mismo. Para que les den garbanzos o tocino o unas monedas o un
poco de cisco para el brasero. Su tía
los recibe en ese comedor inmenso, con todos esos muebles y lámparas y
porcelanas y les obsequia con unas cuantas pastillas blancas que a él no le
gustan nada, pues saben a medicina y que traga sin masticar. La última vez que
estuvieron en casa de la tía, hará dos semanas, ésta dijo: “Me traes a Andrés
para el cumpleaños de Luisín”, “Pero Anuncia”, “He dicho que me lo traes y no
se hable más”, “Sabes que con nosotros estás cumpli…”, la tía no le dejó
acabar, “Además, ese día mataremos un pavo. Tú, Andresín, ¿has comido pavo
alguna vez?”. Él negó con la cabeza y la tía Anuncia dijo: “Ves, Socorro, el
niño no ha comido pavo nunca”. “Bueno”, acató la madre.
Y aunque nada
más salir su madre no parecía muy contenta, como si no quisiera que él fuera a
esa comida, de camino pararon en casa del sastre para que el traje que habían
llevado a arreglar hacía unos meses estuviera para ese día. “No sé, Socorro, si
me lo hubieras dicho antes”. Pero al final hubo suerte. Como suerte, piensa
Andrés, es tener unos tíos ricos ellos que son pobres, por si un día tienen un
apuro. Eso le dijo a su madre anoche, cuando ya estaban acostados. “Bueno, la
rica es ella”, había contestado su madre. “Pero el parentesco, en realidad, es
con él. Tu padre y el tío Santos eran hermanos”. “Ahh, ya me parecía a mí”.
“¿Qué?”, “Pues eso, que el tío es …, no sé, más como nosotros”, “Anda, deja de
decir bobadas y duérmete que vas a despertar a tus hermanos”. Pero no podía
dormirse, no sabe si por la inminencia de la comida o qué, y siguió cavilando
acerca de los parentescos y llegó a la conclusión de que sus primos salían a la
madre. Tenían su mismo pelo color azafrán y nunca hacían pellas, ni se
canteaban con los otros niños, ni se subían a los árboles a cazar pájaros y
apenas le saludaban cuando le veían, como si no fueran familia, ni primos ni
nada. Aunque a partir de hoy, con esto del convite…
Llega a la casa
grande, con el portón de hierro con filigranas, y cruza el hermoso jardín
plagado de rosales en flor. La criada, una joven de no más de dieciséis años,
le recibe con una sonrisa:
–Qué guapo estás
hoy, Andresín.
El niño no
contesta.
–Ven conmigo,
los señores están esperando.
Y mientras le
conduce al salón, la criada añade:
–Hoy no habrás
traído el tirachinas, eh, tormento, hoy te portarás como Dios manda.
El niño saca el
tirachinas del bolso del pantalón y se lo muestra. La criada no puede contener
la risa que le viene a borbotones. Andrés también ríe. Su asombrosa puntería y
la habilidad con que se sube a los árboles le han valido el reconocimiento de
mejor cazador de pájaros del contorno. Una tarde llegó a cazar hasta cuarenta y
dos pardales que luego vendió por dos pesetas a un forastero de Dimangos. El
dinero se lo entregó a su madre, menos una perra chica que se quedó para un
pirulí de casa de la tía Jurela, esos sí que están buenos, de azúcar
caramelizado y olea por encima. Y aunque los pájaros son lo que mejor se le
dan, a veces dispara a las piernas de las chicas y consigue levantarles un
palmo la falda por encima de las rodillas sin que ellas se den cuenta, al menos
al principio, porque cuando ya lleva levantadas unas cuantas, alguna de las
chicas nota algo extraño y empiezan a sospechar que Andresín, el matapardales,
como le llaman, no anda muy lejos.
Cuando llegan al
comedor la criada se ha vuelto de pronto seria y dice, con voz desconocida:
–Aquí está Andresín, digo…Andrés.
Ya están todos
sentados a la mesa que preside la tía. A su lado está el tío Santos y, al lado,
su primo pequeño. A él le colocan junto al homenajeado. La criada le pregunta,
antes de que tome asiento, si no se quita la chaqueta y él dice “No, no, de
momento no”, mientras recuerda las advertencias que le ha hecho su madre:
“Saluda cuando llegues”, “Felicita a tu primo”.
–Buenos días
–dice, y a su primo–: Felicidades, primo –dudando entre darle la mano o dos
besos. Al final le da dos besos.
–Gracias
–contesta el otro, levantándose y volviéndose a sentar. Entonces observa que
lleva pantalón corto. Y una camisa que le ha visto en el colegio infinidad de
veces.
Enseguida llega
la criada con la sopera humeante y sirve, ante un gesto de la tía, primero a su
primo Luis. Una sopa con trozos grandes y alargados de carne, zanahoria,
cebolla y pimientos verdes. Luego le sirve a él. La sopa huele bien. Nada que
ver con el caldo que les dan en el comedor del auxilio social todos los días.
Está caliente, además. De pronto le entra un hambre atroz pero recuerda las
advertencias de su madre: “No te lances al plato, que te conozco, come cuando
todos se pongan a comer, demuestra que tienes educación”. Las tripas le rugen
sin que pueda evitarlo. Y el nudo de la corbata le oprime una barbaridad.
Entonces se quita la chaqueta que cuelga de la silla, luciendo una camisa
inmaculada plagada de diminutas jaretas, que era de su padre y que su madre
también dio a arreglar. Las mangas están recogidas en graciosas lorzas que irán
deshaciendo a medida que crezca. Las tripas le vuelven a crujir cuando la
criada sirve a su primo pequeño. Nota que todos los ojos están fijos en él. La
criada por fin se retira.
–Vaya guapo que
estás hoy –comenta amable el tío Santos llevando la cuchara al plato.
“Ahora” se dice
a sí mismo Andrés, “Ahora es el momento”. Coge con la cuchara el trozo más
grande de carne del plato y se lo lleva a la boca.
–Más valía que
en vez de llevar el traje al sastre, su madre hubiera comprado un saco de
harina.
–Mujer –dice el
tío Santos.
Andrés mantiene
el trozo de carne en la boca sin tragarla. Piensa en las noches que, para pagar
al sastre, su familia ha cenado un mendrugo de pan que su madre consiguió
burlarle al ama. Pero hay más cosas. Cosas que él todavía no acierta a
entender, relacionadas con la carta que su padre dejó escrita la madrugada del
nueve de octubre de mil novecientos treinta y seis, horas antes de que le
fusilaran, que su madre lee todas las noches sentada en la cama, cuando cree
que todos duermen y que luego guarda bajo el somier “...Me sacas el traje al aire para que no se apolille…”.
–¿No comes, Andresín? –pregunta su tía.
Andrés traga sin
masticar el trozo de carne que tiene en la boca. Posa la cuchara en la mesa,
dice con voz apenas audible:
–No tengo
hambre. Además me tengo que ir.
–Será posible…
Aunque Andrés sabe
que es de mala educación levantarse de la mesa en plena comida, coge la
chaqueta de la silla y abandona el comedor. Se le ha pasado el hambre de un
plumazo. Con paso ligero cruza el jardín de los rosales, empuja la puerta de
hierro. Nada más alcanzar la calle se arrepiente de no haberle dicho cuatro
cosas a la bruja de su tía, que sabrá ella de la vida. Con el tirachinas en la
mano corre hacia el camino de las acacias. El resto de la tarde matará unos
pájaros y se los llevará a su madre para que los haga fritos para la cena. Con
cuidado de no mancharse ni rasgarse, al subirse a los árboles, el traje
nuevo.
Publicado en el blog "Búscame en el ciclo de la vida", 20 de noviembre de 2018.
viernes, 9 de noviembre de 2018
Tregua
Salimos a buscar
el final del verano
pero hacía media estación
que se había ido.
Aún así encontramos
dos docenas de flores de bunganvillas
revoloteando a ras de suelo
como una procesión de sueños fugaces.
Fuimos felices,
a eso habíamos venido,
¿no es cierto?
Esninfamos un tiempo
de peces
que dan bocanadas en el aire
con la boca agónicamente abierta
antes de volver
a la cotidianidad
-esa piedra-
de los días
que se suceden
tan iguales.
Salimos a buscar
el final del verano
pero hacía media estación
que se había ido.
Aún así encontramos
dos docenas de flores de bunganvillas
revoloteando a ras de suelo
como una procesión de sueños fugaces.
Fuimos felices,
a eso habíamos venido,
¿no es cierto?
Esninfamos un tiempo
de peces
que dan bocanadas en el aire
con la boca agónicamente abierta
antes de volver
a la cotidianidad
-esa piedra-
de los días
que se suceden
tan iguales.
jueves, 1 de noviembre de 2018
La tía Luisa era la
única, de entre todos los muertos que había conocido hasta entonces, que me
visitaba a diario. Lo hacía por la mañana, cuando Leo estaba ausente, dando
tres o cuatro golpecitos silenciosos en la puerta. Y mientras yo barría la
casa, daba mazarrón al suelo, echaba palos a la lumbre o ponía el cocido,
charlábamos un rato de nuestras cosas. A ella le confesé que Leo estaba a punto
de dejarme porque no soportaba más esa capacidad mía de hablar con los muertos,
una capacidad que se me reveló el día que tuve la primera clase práctica de
carnet de conducir en la ciudad.
El profesor se puso
hecho un basilisco cuando frené en seco delante del paso de peatones:
–Inútil, ¿qué haces que
no aceleras?
–¿Y esa mujer coja con
un carrito de la compra que nos saluda con la mano?
–¡Qué mujer ni que ocho
cuartos!
Entonces me arrebató el
volante, pisó el acelerador y la atropelló.
–Jesús… ¿Se da cuenta
lo que acaba de hacer?
No podía dar crédito a
lo que veía. Él, en cambio, continuó como si nada.
En la puerta de la
autoescuela me esperaba Leo. Cuando le conté lo del atropello soltó una
carcajada y, por supuesto, no me creyó. Pero a partir de entonces no había
clase que no me llevara a uno y hasta a dos y tres muertos por delante. Y
aunque al final renuncié a sacarme el carnet de conducir, ya éstos se me
siguieron apareciendo, sentados sobre un fardo de leña, entre los surcos de las
patatas, en las ramas del manzano, lanzándome mensajes para los vivos que yo no
podía dejar de trasmitir. Me había convertido en la bruja oficial de Nava y eso
a mi marido ya no le hizo tanta gracia. Estaba cada día de peor humor, empezó a
frecuentar la taberna y a llegar a casa, noche sí y noche también, con un
intenso olor a orujo.
La aparición en el
fondo del pozo de Demetrio “el molinero” –que quizá porque se había tirado al
río hacía unos meses siempre se me manifestaba a través de las corrientes
subterráneas–, revelándome que esa misma tarde iba a ocurrir una desgracia en
el monte, fue la gota que colmó el vaso. Llegué sin resuello a la plaza, donde
todos los hombres del pueblo se disponían a partir para la caza del jabalí. Les
advertí que no lo hicieran si no querían lamentar daños mayores.
–¿Y tú cómo lo sabes,
mujer?
Les empecé a contar lo
que me había dicho Demetrio, pero mi marido no me dejó seguir:
–Ya estás a vuelta con tus
historias –dijo con la voz llena de odio–. En que hora me casaría contigo…Los
muertos muertos y enterraos están, a Dios gracias. Anda, vuelve a casa y quédate
allí, que cada vez que abres el pico es para dar la nota.
Con la moral por los
suelos hice caso a mi marido, pero la desgracia, como no podía ser de otra manera,
ocurrió. Un jabalí oculto tras unos matorrales embistió contra Quinito, un
chaval de ocho años, hiriéndole mortalmente.
Esa noche cuando Leo
llegó a casa, más bebido que de costumbre, me soltó que en un par de días hacía
la maleta y se iba lejos, donde no tuviera que aguantar más esos inventos míos
que eran la comidilla de Nava.
–¿Y lo del niño…lo de
Quinito qué? ¿Es que no me crees después de todo lo que he augurado?
–Estás loca de atar –y se
largó dando un portazo.
Entonces se me ocurrió.
Tenía que invocar al único muerto que no se me había aparecido hasta entonces:
su padre. Pero no las tenía todas conmigo. Como muy bien sabía la tía Luisa, el
viejo Leónidas se gastaba un carácter del demonio.
Fue al atardecer cuando
me metí en su cuarto y me eché en su cama, encima de la colcha algo
amarillenta. La escasa luz que entraba por la ventana me permitía distinguir
los pocos muebles que conformaban ese cuarto oscuro, casi monacal, de paredes
blancas, sin adornos.
–Leónidas, si está
aquí, manifiéstese –invoqué mentalmente.
Repetí la fórmula
varias veces en voz alta, sin resultado. El viejo Leónidas no había sido un
vivo fácil, así que tampoco lo iba a ser muerto. Y ya estaba a punto de
desistir cuando de pronto le vi a mi lado, sentado en su sillón de paja,
fumando un celtas. Tenía buen aspecto, como si por él no pasaran los años.
–¿Qué carajo quieres?
–Le he llamado para que
me desvele un secreto que sólo usted y su hijo conozcan. Sólo así conseguiré
que me crea y se quede. Ande, Leónidas, piense un poco.
–¿Por qué habría de
decírtelo?
Reconozco que la
pregunta me desconcertó.
–Caray, Leónidas –dije
al fin cuando conseguí reaccionar– siempre me porté bien con usted. Le atendí
hasta el último día, le traté a cuerpo de rey, si hasta le tenía preparada su
tilita todas las noches después de cenar para que durmiera tranquilo.
–Pero la preferida era
tu tía Luisa.
Le hubiera mandado a
freír espárragos. La de veces que me hizo recalentarle la dichosa infusión porque si no llegaba
abrasando a la mesa se negaba a tomarla. Pero si quería conseguir mi objetivo
debía callarme.
–Vuelve mañana e igual
te lo cuento.
Estaba claro que el
puñetero viejo no parecía dispuesto, de primeras, a dar su brazo a torcer y
mañana, si no hacía algo, Leo estaría a miles de kilómetros de distancia. Iba a
replicarle cuando me di cuenta que había desaparecido.
Pasé el día siguiente
deambulando de acá para allá con un humor de perros. Mi marido había sacado
todas sus pertenencias del armario y tenía la maleta en la entrada. Por primera
vez me arrepentía de hablarles a los muertos y de haberles hecho tantos favores
a los vivos. Ser mediadora entre unos y otros no era tarea fácil y así me
pagaban. Además, lo que menos me apetecía era tener que invocar de nuevo al
viejo, pero a medida que pasaban las horas, me daba cuenta de que no me quedaba
otra si quería remediar lo que a todas luces parecía irremediable. Así que al
oscurecido me metí en su cuarto, me eché en la cama, repetí la operación del
día anterior.
–Leónides, si está aquí
manifiéstese.
Pero no venía. Y en el
fondo yo sabía que era la causante de ello. Siempre que invocaba a los muertos
de mala gana éstos se negaban a aparecer y mi predisposición aquella tarde no
podía ser más negativa. Así que intenté recodar algún gesto bueno que hubiera
tenido el viejo en vida y me vino a la cabeza lo gracioso que estuvo el día que
Leo y yo nos casamos, bailando jotas en la pista “la gramola” con un clavel
rojo en los labios, después de beberse él solo dos botellas de vino tinto. Fue
la única vez que le vi reírse. Y bromear. Y hasta contar chistes verdes.
–No te pases –le oí
decir– lo de los chistes verdes nunca ocurrió.
Abrí los ojos y allí
estaba, en su sillón de paja, tan pichi, mirando tan tranquilo cómo ascendían
hacia el techo las volutas de humo del cigarro que acababa de encender.
Me senté en la cama. Le
zarandeé.
–Ande, abuelo, ayúdeme,
porque esta vez va en serio que se larga. Si no me echa una mano, la verdad, no
sé qué voy a hacer.
–A cambio has de hacer
algo.
–Estoy dispuesta a
hacer lo que me pida.
–Plantar tomates en el
invernadero y llevármelos a la tumba el día de los santos, en vez de esas
margaritas amarillas tan horribles que siempre me pones y que me dan repelús
sólo verlas.
Es verdad que los
tomates eran su comida favorita. Nunca vi a nadie que le gustaran tanto. Y
después de todo no era nada del otro mundo lo que me pedía.
–Hecho.
–Y cuando se pudran los
repones.
Ya me parecía a mí que
no podía ser tan fácil. Así que me iba a tener de zascandil todo el año yendo y
viniendo al cementerio.
–Claro, los repongo.
–Ah, otra cosa…
¿Qué coños quería ahora?
–No quiero que vuelvas
a incordiarme y menos con chorradas.
–No son cho…Está bien,
prometido.
–Júralo.
–Lo juro, abuelo, lo
juro.
–Y deja de una vez por
todas de llamarme abuelo, ¿no sabes, después de tantos años, que no me gusta?
Si es que pareces medio tonta.
Me revolví en la cama,
sin atreverme a replicar, esperando su confesión.
–A su hermano gemelo
–dijo con voz cavernosa tras una larga pausa– no lo disparé yo en la cuadra por
accidente, lo hizo Leo, a los pocos días de saber que había sido admitido para
estudiar en el seminario y que a él, en cambio, le habían rechazado. Claro que
nadie lo supo. Ni siquiera su madre.
–¿Pero cómo?...No es
posible...
–En realidad es algo
tan viejo como la historia de la humanidad. No hace tantos años, aunque tú
todavía no habías nacido, vi matarse en la guerra hermanos con hermanos. ¿Sabes
de lo que te estoy hablando? Vi cosas horribles entonces.
Asentí con la cabeza.
La historia de Caín y Abel cien veces repetida. Ahora entendía por qué en casa
nunca se hablaba de ese disparo, supuestamente accidental de escopeta, que
acabó con la vida de ese niño de once años que me miraba sonriente en la foto,
comida por el tiempo y la carcoma, de la mesita de noche. Leo estaba a su lado
con el semblante serio. Su padre les sujetaba a ambos por los hombros.
–Dile de mi parte que
yo ya le he perdonado y que no se culpe más.
Después de todo son cosas que pasan. Y a ti, mujer, te voy a dar un consejo si no quieres que tu matrimonio se
vaya al garete, aunque tú verás que haces: deja a un lado a los muertos y dedícate
a los vivos. Ah, y ya sabes, no me vuelvas
a incordiar.
El viejo desapareció. Al
quedarme sola también comprendí la aversión que Leo sentía siempre hacia los
muertos y lo que tuviera que ver con el pasado. Y todas las piezas, como si de
un complejo puzle se tratase, me encajaron. Todas menos una. Porque jamás, ni
en la peor de mis pesadillas, hubiera imaginado que mi marido fuera capaz de
una atrocidad así. Me daba cuenta que todos esos años había compartido mi vida con
un extraño.
Leo apareció a la hora
de la cena y le solté la conversación con su padre. Él, agarrado a mis rodillas, lloraba como un
niño. Pero yo ya había tomado una decisión. Le haría caso al viejo. Cuando al
día siguiente la tía Luisa llamase a la
puerta no le abriría, por mucha tía Luisa que fuese. Durante una temporada muy
larga no les abriría la puerta a ninguno de ellos pues me iría muy lejos, donde
ni los muertos ni los vivos pudieran encontrarme.
Publicado en "Los cinco de Trasrey y otros relatos", Fundación Fermín Carnero, año 2012.
Foto Miguel A. Paramio Rodríguez.
Publicado en "Los cinco de Trasrey y otros relatos", Fundación Fermín Carnero, año 2012.
Foto Miguel A. Paramio Rodríguez.
lunes, 15 de octubre de 2018
Mi
madre
-Hijo, ¿no es muy
delgada?
–¿Delgada?
–No sé, muy menuda,
poca cosa para ti.
Supongo que Inés, la
chica de apariencia frágil de Dimangos con la que salía hacía unos meses y por
la que había aceptado el puesto de químico en la cooperativa de vinos de mi
pueblo, era muy poca cosa comparada con mi madre. Pero yo creo que ni Inés ni
ninguna otra mujer más fuerte le hubieran parecido bien a ésta, para quien el
pequeño mundo a dos que se había construido durante años se desbronaba como
tierra reseca entre las manos.
Mi madre, que había quedado viuda muy joven, trabajó
toda su vida en las tareas más duras del campo, entresacando o esculando
remolacha, arrancando lentejas y garbanzos, trillando, respigando, atropando la
vid o cortando la uva. La única vez que le oí lamentarse fue una noche, siendo
yo muy pequeño, en la época de vendimia. Acabábamos de cenar y pegada a la
lumbre zurcía unos calcetines de lana mientras en la mesa yo hacía los deberes.
Entonces me pidió que le acercara un vaso de agua con mucha azúcar para las
agujetas. Entre sorbo y sorbo me dijo con media sonrisa, casi excusándose:
“Hoy, hijo, tienes sólo la mitad de tu madre aquí, la otra mitad quedó en el
campo”.
Llevaba un año saliendo
con Inés cuando un día le dije:
–Madre, me caso.
Ella, que en esos
momentos tejía un jersey de lana, detuvo el movimiento de sus agujas. Me miró
por encima de sus lentes.
–¿Estás seguro?
–Seguro, madre, como no
lo he estado en toda mi vida.
Nos miramos fijamente,
midiendo fuerzas. Yo, por mi parte, estaba decidido a seguir adelante, con su
consentimiento o sin él
–Con la escuchimizada
esa de Dimangos, supongo. Mira que ir a buscar novia a un pueblo más pequeño
que el tuyo.
–Madre –la reprendí.
Y mientras volvía a su
labor añadió:
–En ajuar te llevas media
docena de sabanas que mandé bordar con tus iniciales, dos mantas del Val de San
Lorenzo, una docena de mudas, toallas, trescientas mil pesetas…
Enumeraba todas estas
cosas que tanto le había costado atesorar sin entusiasmo.
La corté:
–Madre, no es necesario…
–Pamplinas. El dinero
lo he ahorrado de lo que me has ido dado desde que empezaste a trabajar y te
vendrá bien a la hora de dar una entrada para
una vivienda. El traje y los invitados los pago yo, que aunque te criaras
sin padre, nunca nos ha faltado de nada.
Era verdad. Mi madre
había comprado cuatro vacas de leche y, un poco al tum tum, después del trabajo
a jornal en el campo empezó a elaborar y vender unas quesas que le quitaban de
las manos y que permitieron no sólo
sacarme adelante, sino darme estudios.
–Ahora bien –levantó la
vista de la labor y me miró detenidamente—nada de cenas de pedida. Los detalles
de la boda los arregláis vosotros y a mí me decís lo que sea.
Hicimos una ceremonia
sencilla a la que sólo asistimos los familiares más allegados. Mi madre fue la
madrina. Llevaba un traje negro de brocado y un velo de tul en la cabeza, a la
manera antigua. Todo el rato estuvo seria. A la salida de la iglesia, mientras
los invitados tiraban arroz, se colocó al lado de sus primas, Ángela y Bibi, que
ese día estaban muy elegantes. Cuando nos acercamos a darles un beso y Bibi
comentó lo guapa y fina que estaba la novia, y lo contenta que podía estar mi
madre con mi elección, ella puso mala cara.
Este gesto de severidad
tampoco le pasó desapercibido a mi mujer, que en la comida me dijo:
–Tu madre no me quiere,
Carlos.
–No te preocupes, Inés,
te querrá. Dale tiempo al tiempo.
Miré a mi madre. Con el
tenedor separaba el arroz del marisco, sin probar bocado. Pero ni yo estaba seguro de ello.
Tras el viaje de novios
que hicimos a los Países Bajos nos instalamos en una casa de alquiler a las
afueras del pueblo. Inés se acercó un día a la casa de mi madre, portando un
cuenco de arroz con leche. Llamó a la puerta y al no obtener respuesta,
insistió. Cuál no sería su sorpresa cuando la oyó echar el cerrojo por dentro.
Me lo contó más tarde mientras lloraba y se juraba a sí misma no volver a pisar
una casa en la que no era bien recibida.
Yo visitaba a mi madre
a diario y todos los martes comía el cocido con ella, un cocido buenísimo que
hacía a fuego lento en la lumbre. Me estaba sirviendo la sopa con el cazo
cuando le pregunté por qué no había abierto la puerta a Inés. Vi que a mi
madre, a quien jamás pillé en un renunció, le tembló el pulso y con voz apenas
audible contestó que no la había oído. Una mancha amarilla de caldo y fideos se
expandió sobre el mantel.
–¿Hasta cuándo vas a
estar así, sin aceptar a Inés? Aunque a ti no te guste es mi mujer y la quiero
¿entiendes?
Entonces dijo que le
dolía la cabeza y que se iba a echar un rato.
Dejé de ir por su casa
un par de semanas pero al tercer martes volví. Mi madre se puso contenta, no
había más que ver cómo le brillaban los ojos. Y me di cuenta que me esperaba
porque había echado dos rellenos al cocido, dos alas de gallina, dos trozos de
tocino. De la disputa del último día no comentamos nada. Las cosas volvieron a
la normalidad pero jamás preguntaba por Inés y si yo le hacía alguna alusión o
hablaba de lo que habíamos hecho juntos guardaba silencio. Mi madre había
levantado, entre ella y mi mujer, un muro infranqueable que no dejaba que nadie,
y mucho menos yo, traspasáramos.
Un día al visitarla la
encontré tirada en el suelo de la subida al desván. Había ido a coger una manta
y al intentar bajarla se cayó con ella encima. No podía ponerse en pie y se
ahogaba. Como pude la arrastré a su cuarto y la senté en una silla. Apenas
podía respirar y se quejaba de dolor. Llamé a Inés y le dije que trajera el
coche. Vino enseguida. Cuando oyó que queríamos llevarla al hospital se negó en
rotundo. “Dejarme morir en mi casa”, repetía. Entre los dos la bajamos a la
planta inferior. Mientras la transportábamos Inés, que llevaba todo el día
revuelta, ahogó una arcada y se llevó la mano a la tripa. Nos detuvimos un momento,
mientras la sujetábamos por los brazos, hasta que Inés se repuso. Como pudimos
la metimos al coche. A mi madre la ingresaron en el hospital. De madrugada,
mientras volvíamos a casa, Inés me confesó que estaba embarazada de mes y
medio. Era una noticia estupenda. A pesar del frío que ya empezaba a hacer,
abrí la ventanilla del coche y lancé gritos de alegría. Sólo lo sabíamos los
dos y de momento no quería que se difundiera la noticia. “Por lo que pueda
pasar”. “¿Qué va a pasar, mujer? No puede pasar nada”, le dije mientras con la
mano libre le acariciaba la tripa todavía incipiente. “A tu madre tampoco.
Prométemelo”. “De acuerdo, Inés, pero algún día habrá que anunciárselo”. “Algún
día”, contestó, acariciándome la mano que acariciaba su regazo.
El médico me explicó
que mi madre se había incrustado un par de costillas en el pulmón y que estaba
desorientada, algo normal en personas que han pasado varias horas caídas pero
que con el tiempo solía remitir.
Estaba sola en una
habitación con mucha luz. “Mi niño”, dijo en cuanto me vio asomar por la
puerta. Nunca, ni de pequeño, me había llamado así.
Para comprobar hasta
qué punto coordinaba le pregunté por el mes en qué estábamos.
–Es abril –contestó muy
segura de sí.
–No, madre, estamos a
finales de septiembre.
–Ah, sí, es verdad
hijo, la temporada de vendimia. La cantidad de cuartas que vendimié yo con
Tomasín “el de la fragua”. Y no es que yo lo diga, pero éramos los más rápidos,
siempre íbamos a la cabeza del lineo. Todos los jornaleros nos matábamos para
ir a vendimiar para don Don Teófilo, que era el amo que mejor nos trataba,
había que trabajar pero sin reventarse y hasta nos dejaba llevar unos racimos
de uva a casa. La vuelta era lo mejor, subidos al carro, mientras cantábamos
“De quién es esa cuadrilla, cuadrilla de tanto rumbo, es la cuadrilla de don
Teófilo, que lleva la sal del mundo”. Un año, no se me olvida…
Intenté traerla al
presente.
–Madre, ahora la vid se
planta por el sistema de espaldera, ya no hay que agacharse para coger los
racimos. Además hay máquinas que sin intervención del hombre recogen la uva…
–-Pamplinas –me cortó
mi madre ásperamente, mientras miraba un punto infinito de la pared inmaculada.
Podía haberle
replicado. Pero no lo hice. Veía que mi madre se estaba haciendo mayor. Además
estaba en un medio extraño, lejos de su casa, de sus cosas. No. No iba a
contradecirla. No iba a sacarla de un mundo que sólo pervivía en su memoria
agujereada.
Pero una vez más
subestimaba su sabiduría natural. Una sabiduría que, desde luego, no estaba en
las horas de estudio frente a los libros, ni en las aulas de la universidad, ni
en un laboratorio rodeado de decantadores y pipetas.
Tras un interminable
silencio dijo ya sin acritud, sin pizca de resentimiento, como hablando para
sí:
–Cuando vuelvas me
traes una madeja de perlé y cinco agujas cortas.
–Pero madre.
–Voy a ver si atino a
hacer unos patucos. El perlé blanco, por si acaso, aunque yo creo que lo de
Inés —era la primera vez que pronunciaba su nombre— fíjate, va a ser niño.
Publicado en la revista anual de Gordoncillo, año 2009, y en el libro "Los cinco de Trasrey y otros relatos", año 2012.
domingo, 9 de septiembre de 2018
STRIPTEASE
Me desnudo,
sí,
me desnudo,
porque no se puede estar en misa y repicando,
porque razones elementales me sostienen,
porque me sale como un modo de ser y de estar en el mundo,
porque no hay nada que exponga que quiera ocultar.
Me desnudo integralmente
y a conciencia,
lento,
a mí me gusta lento.
Me importa un rábano
exponer mi desnudez tan pálida,
desprovista, tal vez, de gracia,
y dos la mofa de los silenciosos del mundo,
de los callados de puertas para fuera,
de los que nadan y guardan la ropa
bajo cualquier tálamo
y al menor signo de alarma
la vuelven a sacar.
Me desnudo de palabras, claro,
libre de comas,
y otros signos de puntuación,
porque cuando lo hago
saco un ramillete de amapolas a flor de piel,
porque me gusta la intemperie
de las noches de finales de verano como ésta,
pero sobre todo porque al pasar del silencio a la palabra
las cosas cambian
y ya no son lo mismo.
Pero no se equivoquen los insaciables buitres
a los que les gusta escarbar en las heridas ajenas
pensando que lo hago gratuitamente,
ni que esto es un dos por cincuenta euros,
como vi en un papelín en el parabrisas de un coche
esta misma mañana
esta misma mañana
ofertando el mercado de saldo
de la carne.
de la carne.
Por más razones me desnudo supongo…
que despoje unas veces de harapos,
otras veces de tules,
mi corazón.
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