jueves, 27 de agosto de 2020

 De Dinosaurios y elefantes

Martín Expósito espera sentado frente a la puerta del eminente psiquiatra. Es su primera consulta y está nervioso y muy preocupado porque desde hace dos  meses y medio, a la hora exacta en que se pone el sol, ve dinosaurios en las paredes y hasta en el techo de su casa. Los dinosaurios le saludan con las patas delanteras, le sonríen, le hacen guiños, le hablan de una forma tan rápida que es incapaz de entenderles, ¿o será que hablan en otro idioma? Son grandes, pequeños, verdes, parlanchines e inquietos. A veces se desplazan en manada de una pared a otra o los encuentra debajo del armario. Con tanto trajín le tienen las paredes hechas un asco. Ya ha llamado a cinco pintores para que las adecenten, y cada uno de ellos al entrar en su casa niega la existencia de huellas. Cuando él insiste “pero fíjese en ese rincón, ahí, justo ahí, están las marcas de dos patas enormes”, le observan con recelo y seguidamente ponen pies en polvorosa. El último llegó más lejos, le dijo que se lo tenía que hacer mirar, que nunca antes había visto a nadie tan mal de la cabeza. Tras una encendida discusión por poco llegan a las manos. Él, de común tranquilo, no se explica cómo ha podido tener tal arranque de agresividad, así que después de reflexionar ha tomado la decisión de consultarlo.

Aunque faltan diez minutos para la hora de la cita un hombre menudo con una bata blanca le abre la puerta del despacho, le sonríe con sonrisa cariada, le invita a pasar.

Lo primero que llama la atención de Martín Expósito nada más entrar, es el colmillo de marfil de un elefante, justo encima del sillón del insigne médico.  Al ver el colmillo no puede evitar pensar en sus dinosauros.   

–¿Le gusta? –pregunta el psiquiatra señalando el cuerno.  

–Sí, mucho.

–¿Mucho cuánto?

–Mucho bastante. Es…alucinante estar tan cerca de uno.

–Una. El cuerno pertenece a mi esposa Sarita. Pero siéntese.

Martín le mira perplejo. Toma asiento frente al doctor que le agasaja con otra de sus sonrisas cariadas y le muestra la foto encima de la mesa de un gran elefante adulto rodeado de tres crías en medio de la extensa sabana.

–Mírela aquí con los niños cuando vivíamos en Kenya. El de la derecha es Juanjo, el menor de mis retoños, y estas dos mujercitas que ve aquí –las señala con el dedo índice– son Elvira y Crescencia. ¿Usted ha estado alguna vez en Kenya?, ¿no? Pues no deje de ir, se lo recomiendo. Es…, como le explicaría, el reino de los elefantes.  

Martín Expósito escucha con atención y asiente.  

–En realidad ése fue el último verano que pasamos juntos y felices. Luego nos trasladamos a Madrid y la cosa cambió. Mi mujer decía que echaba de menos el campo, que no soportaba la cautividad y, aunque yo tenía la esperanza de que con el tiempo y una caña se fuera acostumbrando a la gran urbe, un día, la muy ingrata, se fue de casa sin dejar una triste nota y lo peor de todo, llevándose con ella a nuestros vástagos, –una lágrima discurre por su mejilla–. Claro que yo la seguí… la inmortalicé. Y aquí encima la tengo. Bueno, no es ella al completo, ya lo sé, pero me conformo con su inmensa testuz… A los muchachos, en cambio, no hubo manera de recuperarlos. Habían heredado el espíritu libre de su madre y huyeron sin dejar ni rastro, con esa gracilidad que caracteriza a la juventud. Aunque puse la correspondiente denuncia en comisaría, no hubo nada qué hacer, ya eran mayores de edad… A propósito, ¿cómo se llama?

–Martín, Martín Expósito.

–Pues no es que yo lo diga, Martín, pero Sarita era una auténtica belleza, la reina de las elefantas, se lo digo yo.  Si usted la hubiera conocido en persona podría dar fe. Tenía esas formas tan…rotundas. Y éramos una familia tan compenetrada –las lágrimas caen ahora sin rebozo por la cara del médico­–. Si había que llevar a nuestras elefantitas a clase de ballet íbamos juntos, si a Juanjo al zoo a ver los leones, también. A Juanjo, sabe, le encantaba el zoo. Y no es de extrañar, claro, dada su esencia animal. La verdad es que después de dos años me cuesta entender porqué me abandonó… Yo siempre fui un buen marido, nunca la engañé…bueno, una vez sí lo hice… en un safari que hice a Botsuana, con una elefantita bien maciza, pero fue una aventurilla minúscula, un escarceo importancia, y pondría la mano en el fuego que de ese “asuntillo” Sarita ni se enteró. Ella iba a lo suyo, y lo que más le gustaba era campar a sus anchas. Todavía me acuerdo de las siestas monumentales que se pegaba con esos ronquidos que eran música celestial para mis oídos y que, por desgracia, –el médico llora ahora a moco pelado–  ya no volveré a escuchar jamás. 

–No se apene, doctor. El pasado pasado está.

–Ya, ya, como a usted no le afecta.

El médico se suena con estridencia en la manga de la bata. Al darse cuenta de la turbación que este gesto causa en su interlocutor, añade:

–No está bien que me suene a la bata, ¿verdad?

Martín Expósito se encoge de hombros. Luego niega con la cabeza.

–Ya. Siempre me dicen que cuide las formas, que tenga educación, pero a veces se me olvida. Es por el tiempo que pase en la sabana, ¿sabe? Allí todo es diferente, más salvaje y natural. ¿No tendrá un clínex?

Martín vuelve a negar.

–¿No? ¡Vaya!

El psiquiatra se dispone a abrir el cajón de la mesa del despacho, pero en el último instante, como si se le hubiera ocurrido una idea mejor, se pone en pie:

–Ah, voy a buscarlo a la planta que los hay a montones. Espere un momento, enseguida bajo y le sigo contando de donde me viene está obsesión por los elefantes. Porque usted, como todo bicho viviente, también tendrá la suya. ¿A que sí, pillín?, ¿a que alguna obsesión tiene?

Martín Expósito va a contarle su reciente obsesión por los dinosaurios, pero ya el doctor Ripoll alcanza la puerta y sin dejarle hablar, hace mutis por el forro.  

Al quedarse solo en el despacho se fija detenidamente en la foto de la opulenta Sarita con sus retoños. Luego levanta la vista a su cuerno nasal ¡Cuánto debe sufrir el doctor! A él eso no le va a pasar pues como no tiene familia no corre el riesgo de perderla. Además, se está mejor solo. Bueno, él solo no está. Desde hace dos meses y medio le acompañan, a la hora exacta en que se pone el sol, esos inofensivos dinosaurios que no hay forma de despegar de las paredes ni del techo, o que dejen de parlotear y señalarle con sus patas, o de mover el rabo como si tuvieran que contarle algo que hasta ahora se ha negado a escuchar. Pero a partir de hoy les mirará de frente. Pondrá atención a lo que tengan que decirle. Y si hablan otro idioma intentará aprenderlo. Sí, aprenderá el lenguaje de los dinosaurios. Además, a él personalmente le gustan mucho más, sin punto de comparación, que los  elefantes. Son más arcaicos, tienen, como lo definiría, más solera. Al abandonar la consulta ve sentadas a dos mujeres en dos asientos bajos. Seguro que son pacientes del doctor Ripoll. Que las atienda cuando vuelva porque a él ya no le hace falta. Él ya está curado. Justo a la salida del frenopático se choca con un hombre fornido, ataviado con un elegante abrigo de cachemir y un sombrero rematado con una pluma de faisán. Martín siente en su mejilla el roce de la lana del abrigo y, tras esbozar una torpe e ininteligible disculpa, alcanza la calle. No puede ver como el hombre se introduce en el despacho que acaba de abandonar para, sustituida la ropa de calle por una bata inmaculada, asomarse a la puerta y nombrarle varias veces. Tampoco puede oír cómo las dos mujeres sentadas se deshacen en explicaciones acerca de los movimientos –los de un señor menudo con una bata blanca que subió en el ascensor, y los de otro que acaba de salir, “si hasta se ha tenido que topar con él”-que acaban de presenciar. Ni puede, tampoco puede, escuchar el comentario del verdadero Dr. Ripoll: “Vaya, otra vez el de la doscientos dos ha vuelto a suplantar mi identidad”, porque ya ha alcanzado la calle y, presa de una recuperada tranquilidad, se dirige a su casa dispuesto a aliarse con la manada de dinosaurios verdes, grandes, pequeños, parlanchines e inquietos, que pacientes le esperan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


domingo, 21 de junio de 2020

Mirando el futuro







Repaso las fotos hechas en el móvil durante el estado de alarma y todas ellas me dejaron un poso, una sensación muy concreta del momento en que fueron sacadas. "Detrás de cada imagen hay siempre una historia", me decían hace unos días, y es verdad. El sentimiento general que me devuelven esas imágenes es de recogimiento, de alerta, de preocupación y, me cuesta decirlo, pero también de miedo, de mucho miedo, de miedo con mayúsculas, a veces con picos más altos, siempre prolongado en la sucesión de días.
El final del invierno y la primavera se la llevó el virus y nos dejó un enjambre de paranoias, aislamiento, temores..., que estoy segura que irán saliendo poco a poco, como no puede ser de otra manera. La muerte este año se está cebando (por la Covid-19 pero también por enfermedad) con familiares, amistades, amistades de amistades, conocidos, pacientes.... demostrando así su omnipotencia.
Empieza, parece, una nueva etapa que coincide con el verano y la posibilidad de retornar con precauciones a los lugares de apego. A pesar de que el futuro es incierto, me siento relativamente contenta de seguir en el camino, de sumar, de tener más interiorizado que somos tan vulnerables, mortales y efímeros como una gota de lluvia en el universo, algo para lo que la sociedad nos tendría que preparar, pero la sociedad no sabe más que de maquillajes, afeites, disimulos y vendas en los ojos.
Buen verano.
(Fotograma de la peli Cold War vista el 14 de marzo del año de la pandemia).

domingo, 14 de junio de 2020

Microcuento.
Mirena y el señor Matías se han cogido un afecto especial y eso se nota, sobre todo, en las miradas. Porque lo cierto es que el anciano no puede hablar, tampoco moverse. Sujeto como está las veinticuatro horas del día a esa cama de hospital, casi la única alegría que tiene es la llegada de la desconocida que apareció un buen día y le hace compañía por las noches.
Hoy se le acerca, le susurra al oído:
-¿Quiere que le cuente un pecado que no es pecado?
El señor Matías no puede afirmar con la cabeza, pero está deseando escuchar lo que la muchacha quiere contarle. Tras una pausa, ésta prosigue:
-Un pecado que no es pecado es robar libros. La primera vez que robé uno fue en una biblioteca. Cogí el libro más gordo, lo metí en mi mochila y me dirigí a la salida, parecía tranquila, pero por dentro temblaba. Disfruté tanto leyéndolo que desde entonces cada vez que encuentro trabajo en una casa, si tienen libros, robo uno. A veces dos, dos es lo más que he llegado a llevarme. Los dueños jamás se han dado cuenta. Ahora no elijo al tum tum, selecciono con premeditación y alevosía… y eso a veces me lleva su tiempo. Cuando acabó lo dejó en cualquier sitio, un banco de un parque, una cafetería…, pero guardo en una libretita el nombre de cada uno de los títulos. Cada libro entraña para mí la historia de cómo lo robé, además de la suya propia. Un día hablaré de todas esas historias y escribiré un libro: el libro de los libros robados.
El anciano piensa en lo lista que es la chica, y que por algo le cae bien, y le gustaría decírselo, y también le gustaría decirle que eso no es robar, sino todo lo contrario, pues a ver quien sino le iba a contar a él, más solo que la una, todas esas cosas interesantes. Pero no puede, claro.
Mientras, la chica saca de la mochila un tocho enorme que nunca hasta ahora le había visto. Lee:
-Canto I. Háblame, musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante.
Miguel Angel Paramio Rodriguez, Lucía Marcos Gómez y 33 personas más
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lunes, 1 de abril de 2019



En ese rincón


















En ese rincón
del patio
de mi madre
donde crecen las caléndulas
que ella sembró 
con sus propias manos
solo llega la armonía
y la espera
y una esperanza pequeñita
del tamaño de un alfeñique,
-pero esperanza al fin y al cabo-.
En ese rincón
del patio
de mi madre
solo hay luz,
incluso de noche
hay una luz tenue como ráfaga de polvo.
Lo descubrí al acercarme
quedamente.
Allí me acurruco ahora en la distancia,
y allí, en cavidad uterina,
permanezco durante horas,
casi sin moverme,
sin respirar apenas.
En ese rincón.

martes, 19 de marzo de 2019

TIERRA
Los paisajes que me apaciguan
Los podría dibujar un niño de pocos años,
Pues tienen solo una caseta,
Un pozo,
Un árbol -a lo sumo dos-, 
Un camino de tierra,
Un cielo azul,
Una nube,
Silencio.
Los paisajes que me serenan,
Son aquellos a los que acudo una y otra vez
Y muchas veces
Familiarmente.
Los paisajes que me calman
Son aquellos que me devuelven a la infancia
Y sus apegos.
En ellos me mimetizo cuando los recorro
Como se recorre un cuerpo amado.
De ellos me llevo -allá dónde voy-
Un minúsculo pedazo
Para que me apacigüe, serene, calme,
Cada vez que me pierdo por intrincados laberintos
Y no sé cuál es el siguiente paso que tengo que dar,
O tengo miedos.
De ellos vengo hoy.
A ellos volveré para quedarme cuando solo sea Silencio
-Inapreciable
Parte del paisaje, caseta, pozo, árbol, camino, cielo, nube-.

domingo, 10 de marzo de 2019


Mi padre


Mi padre
que estaba en la cama cuando llegué anoche
    me llenó de besos,
    Me dijo te mereces esto y más
    Y a mí me pareció inmenso
    Lo mejor que me había pasado en muchos días.
    Mi madre, sentada a la mesa camilla,
   Simplemente miraba.

   Mi padre me enseñó que escuchar historias
   Es disfrutar del deleite de lo que queda por contar
   Mientras se está contando.

   También a no fingir,
   El valor de lo auténtico,
   “Aquí, hija, en el pueblo nos conocemos todos”.

   Y él resulta que era un humilde pastor de ovejas
   Hijo de una mujer de negro y un padre represaliado.

   Muchas veces me pregunto
   Si hay algo más sacrificado
   Que dormir a la intemperie hasta entrado diciembre 
   Entre un sonido de cencerras
   Y el silencio propio.

   También  
   Si hay algo más sabio que distinguir entre la cuscuta y la alfalfa,
   Que es lo mismo que apreciar la diferencia entre un hombre aprovechado y otro noble. 

   Mi padre me enseño otras cosas
   Pero todas tienen que ver con lo mismo:
   La dignidad, la fuerza, el tesón,
   Cosas que se consiguen si se está realmente a ellas.

   Hoy paseo con él mientras el sol de mediodía nos da en la cara, 
   Y me siento orgullosa de mi padre.
   "¿No vamos muy despacio?" pregunta,
   "No no", respondo. "Vamos a nuestro ritmo". 

Y pienso, cuando voy a escribir de esto si no es mientras está pasando. 

(Fotografía de José Camó con las manos de mi padre sosteniendo el reloj del suyo).


jueves, 31 de enero de 2019

La hermana mayor

















La hermana mayor espera impaciente 
Esa tarde en el Altafría, 
Dicen que los niños nunca han visto a la cigüeña 
Posar el bebé en los brazos de la madre
O en la cuna.
Ella, la hermana mayor, tampoco lo vio.
Más tarde te coge en brazos
Y te elige un nombre
Y un destino.
Crecéis juntas, un día te deja en herencia
Su bikini de rayas que jamás te siente bien,
Pero en compensación te saca de apuros cuando, por ejemplo,
Es solo un ejemplo,
Cambias tu anillo de oro por un sacapuntas.
Y sueña contigo un futuro mejor
En el que nunca,
Y lo jura con los dedos cruzados,
Comerás el sempiterno cocido del mediodía.
La hermana mayor te escucha en silencio cuando te enamoras,
Por primera vez.
Y por muchos años que cumplas
Y por mucho que crezcas
Y te conviertas en una mujer supuestamente madura
Seguirá protegiéndote de las inclemencias de la vida,
Y disfrutará de tus éxitos,
Y te dará su tiempo
Y su mano,
Y creerá en ti.
Eso al menos es lo que me pasa con mi hermana mayor.