lunes, 15 de octubre de 2018


Mi madre



-Hijo, ¿no es muy delgada?
–¿Delgada?
–No sé,  muy menuda,  poca cosa para ti.
Supongo que Inés, la chica de apariencia frágil de Dimangos con la que salía hacía unos meses y por la que había aceptado el puesto de químico en la cooperativa de vinos de mi pueblo, era muy poca cosa comparada con mi madre. Pero yo creo que ni Inés ni ninguna otra mujer más fuerte le hubieran parecido bien a ésta, para quien el pequeño mundo a dos que se había construido durante años se desbronaba como tierra reseca entre las manos.
 Mi madre, que había quedado viuda muy joven, trabajó toda su vida en las tareas más duras del campo, entresacando o esculando remolacha, arrancando lentejas y garbanzos, trillando, respigando, atropando la vid o cortando la uva. La única vez que le oí lamentarse fue una noche, siendo yo muy pequeño, en la época de vendimia. Acabábamos de cenar y pegada a la lumbre zurcía unos calcetines de lana mientras en la mesa yo hacía los deberes. Entonces me pidió que le acercara un vaso de agua con mucha azúcar para las agujetas. Entre sorbo y sorbo me dijo con media sonrisa, casi excusándose: “Hoy, hijo, tienes sólo la mitad de tu madre aquí, la otra mitad quedó en el campo”.
Llevaba un año saliendo con Inés cuando un día le dije:
–Madre, me caso.
Ella, que en esos momentos tejía un jersey de lana, detuvo el movimiento de sus agujas. Me miró por encima de sus lentes.
–¿Estás seguro?
–Seguro, madre, como no lo he estado en toda mi vida.
Nos miramos fijamente, midiendo fuerzas. Yo, por mi parte, estaba decidido a seguir adelante, con su consentimiento o sin él
–Con la escuchimizada esa de Dimangos, supongo. Mira que ir a buscar novia a un pueblo más pequeño que el tuyo.
–Madre –la reprendí.
Y mientras volvía a su labor añadió:
–En ajuar te llevas media docena de sabanas que mandé bordar con tus iniciales, dos mantas del Val de San Lorenzo, una docena de mudas, toallas, trescientas mil pesetas…
Enumeraba todas estas cosas que tanto le había costado atesorar sin entusiasmo.
La corté:
–Madre, no es necesario…
–Pamplinas. El dinero lo he ahorrado de lo que me has ido dado desde que empezaste a trabajar y te vendrá bien a la hora de dar una entrada para  una vivienda. El traje y los invitados los pago yo, que aunque te criaras sin padre, nunca nos ha faltado de nada.  
Era verdad. Mi madre había comprado cuatro vacas de leche y, un poco al tum tum, después del trabajo a jornal en el campo empezó a elaborar y vender unas quesas que le quitaban de las manos y que permitieron no sólo  sacarme adelante, sino darme estudios.
–Ahora bien –levantó la vista de la labor y me miró detenidamente—nada de cenas de pedida. Los detalles de la boda los arregláis vosotros y a mí me decís lo que sea.
Hicimos una ceremonia sencilla a la que sólo asistimos los familiares más allegados. Mi madre fue la madrina. Llevaba un traje negro de brocado y un velo de tul en la cabeza, a la manera antigua. Todo el rato estuvo seria. A la salida de la iglesia, mientras los invitados tiraban arroz, se colocó al lado de sus primas, Ángela y Bibi, que ese día estaban muy elegantes. Cuando nos acercamos a darles un beso y Bibi comentó lo guapa y fina que estaba la novia, y lo contenta que podía estar mi madre con mi elección, ella puso mala cara.
Este gesto de severidad tampoco le pasó desapercibido a mi mujer, que en la comida me dijo:
–Tu madre no me quiere, Carlos.
–No te preocupes, Inés, te querrá. Dale tiempo al tiempo.
Miré a mi madre. Con el tenedor separaba el arroz del marisco, sin probar bocado.  Pero ni yo estaba seguro de ello.
Tras el viaje de novios que hicimos a los Países Bajos nos instalamos en una casa de alquiler a las afueras del pueblo. Inés se acercó un día a la casa de mi madre, portando un cuenco de arroz con leche. Llamó a la puerta y al no obtener respuesta, insistió. Cuál no sería su sorpresa cuando la oyó echar el cerrojo por dentro. Me lo contó más tarde mientras lloraba y se juraba a sí misma no volver a pisar una casa en la que no era bien recibida.
Yo visitaba a mi madre a diario y todos los martes comía el cocido con ella, un cocido buenísimo que hacía a fuego lento en la lumbre. Me estaba sirviendo la sopa con el cazo cuando le pregunté por qué no había abierto la puerta a Inés. Vi que a mi madre, a quien jamás pillé en un renunció, le tembló el pulso y con voz apenas audible contestó que no la había oído. Una mancha amarilla de caldo y fideos se expandió sobre el mantel.
–¿Hasta cuándo vas a estar así, sin aceptar a Inés? Aunque a ti no te guste es mi mujer y la quiero ¿entiendes?
Entonces dijo que le dolía la cabeza y que se iba a echar un rato. 
Dejé de ir por su casa un par de semanas pero al tercer martes volví. Mi madre se puso contenta, no había más que ver cómo le brillaban los ojos. Y me di cuenta que me esperaba porque había echado dos rellenos al cocido, dos alas de gallina, dos trozos de tocino. De la disputa del último día no comentamos nada. Las cosas volvieron a la normalidad pero jamás preguntaba por Inés y si yo le hacía alguna alusión o hablaba de lo que habíamos hecho juntos guardaba silencio. Mi madre había levantado, entre ella y mi mujer, un muro infranqueable que no dejaba que nadie, y mucho menos yo, traspasáramos.
Un día al visitarla la encontré tirada en el suelo de la subida al desván. Había ido a coger una manta y al intentar bajarla se cayó con ella encima. No podía ponerse en pie y se ahogaba. Como pude la arrastré a su cuarto y la senté en una silla. Apenas podía respirar y se quejaba de dolor. Llamé a Inés y le dije que trajera el coche. Vino enseguida. Cuando oyó que queríamos llevarla al hospital se negó en rotundo. “Dejarme morir en mi casa”, repetía. Entre los dos la bajamos a la planta inferior. Mientras la transportábamos Inés, que llevaba todo el día revuelta, ahogó una arcada y se llevó la mano a la tripa. Nos detuvimos un momento, mientras la sujetábamos por los brazos, hasta que Inés se repuso. Como pudimos la metimos al coche. A mi madre la ingresaron en el hospital. De madrugada, mientras volvíamos a casa, Inés me confesó que estaba embarazada de mes y medio. Era una noticia estupenda. A pesar del frío que ya empezaba a hacer, abrí la ventanilla del coche y lancé gritos de alegría. Sólo lo sabíamos los dos y de momento no quería que se difundiera la noticia. “Por lo que pueda pasar”. “¿Qué va a pasar, mujer? No puede pasar nada”, le dije mientras con la mano libre le acariciaba la tripa todavía incipiente. “A tu madre tampoco. Prométemelo”. “De acuerdo, Inés, pero algún día habrá que anunciárselo”. “Algún día”, contestó, acariciándome la mano que acariciaba su regazo.
El médico me explicó que mi madre se había incrustado un par de costillas en el pulmón y que estaba desorientada, algo normal en personas que han pasado varias horas caídas pero que con el tiempo solía remitir.
Estaba sola en una habitación con mucha luz. “Mi niño”, dijo en cuanto me vio asomar por la puerta. Nunca, ni de pequeño, me había llamado así.
Para comprobar hasta qué punto coordinaba le pregunté por el mes en qué estábamos.
–Es abril –contestó muy segura de sí.
–No, madre, estamos a finales de septiembre.
–Ah, sí, es verdad hijo, la temporada de vendimia. La cantidad de cuartas que vendimié yo con Tomasín “el de la fragua”. Y no es que yo lo diga, pero éramos los más rápidos, siempre íbamos a la cabeza del lineo. Todos los jornaleros nos matábamos para ir a vendimiar para don Don Teófilo, que era el amo que mejor nos trataba, había que trabajar pero sin reventarse y hasta nos dejaba llevar unos racimos de uva a casa. La vuelta era lo mejor, subidos al carro, mientras cantábamos “De quién es esa cuadrilla, cuadrilla de tanto rumbo, es la cuadrilla de don Teófilo, que lleva la sal del mundo”. Un año, no se me olvida…
Intenté traerla al presente.
–Madre, ahora la vid se planta por el sistema de espaldera, ya no hay que agacharse para coger los racimos. Además hay máquinas que sin intervención del hombre recogen la uva…
–-Pamplinas –me cortó mi madre ásperamente, mientras miraba un punto infinito de la pared inmaculada.
Podía haberle replicado. Pero no lo hice. Veía que mi madre se estaba haciendo mayor. Además estaba en un medio extraño, lejos de su casa, de sus cosas. No. No iba a contradecirla. No iba a sacarla de un mundo que sólo pervivía en su memoria agujereada.
Pero una vez más subestimaba su sabiduría natural. Una sabiduría que, desde luego, no estaba en las horas de estudio frente a los libros, ni en las aulas de la universidad, ni en un laboratorio rodeado de decantadores y pipetas.
Tras un interminable silencio dijo ya sin acritud, sin pizca de resentimiento, como hablando para sí:
–Cuando vuelvas me traes una madeja de perlé y cinco agujas cortas.
–Pero madre.
–Voy a ver si atino a hacer unos patucos. El perlé blanco, por si acaso, aunque yo creo que lo de Inés —era la primera vez que pronunciaba su nombre—  fíjate, va a ser niño.

Publicado en la revista anual de Gordoncillo, año 2009, y en el libro "Los cinco de Trasrey y otros relatos", año 2012.

domingo, 9 de septiembre de 2018


STRIPTEASE


Me desnudo,
sí,
me desnudo,
porque no se puede estar en misa y repicando,
porque razones elementales me sostienen,
porque me sale como un modo de ser y de estar en el mundo,
porque no hay nada que exponga que quiera ocultar.

Me desnudo integralmente
y a conciencia,
lento,
a mí me gusta lento.
Me importa un rábano
exponer mi desnudez tan pálida,
desprovista, tal vez, de gracia,
y dos la mofa de los silenciosos del mundo,
de los callados de puertas para fuera,
de los que nadan y guardan la ropa
bajo cualquier tálamo
y al menor signo de alarma
la vuelven a sacar.

Me desnudo de palabras, claro,
libre de comas,
y otros signos de puntuación,
porque cuando lo hago  
saco un ramillete de amapolas a flor de piel,
porque me gusta la intemperie
de las noches de finales de verano como ésta,
pero sobre todo porque al pasar del silencio a la palabra
las cosas cambian
y ya no son lo mismo.

Pero no se equivoquen los insaciables buitres
a los que les gusta escarbar en las heridas ajenas
pensando que lo hago gratuitamente,
ni que esto es un dos por cincuenta euros,
como vi en un papelín en el parabrisas de un coche
esta misma mañana
ofertando el mercado de saldo
 de la carne.

Por más razones me desnudo supongo…
El caso es que nadie impedirá 
que despoje unas veces de harapos,
otras veces de tules,
mi corazón.


domingo, 4 de febrero de 2018



DomestiKa





















Nadie tiene a nadie después de todo,
Y las cosas
Más que rectilíneas
Resultan al final oblicuas.
Eso pienso
Mientras quitó las agallas al pescado,
Y escucho el zumbido casi insostenible del robot que barre.
Es  mediodía de un febrero inusitado en la ciudad: 
Nieva.
Pienso,
Ahora pienso,
Que las cosas se deben hacer
De una
En una,
Y aunque me aplico a ello,
En serio que me aplico,
En el preciso instante en el que paso mi yema por la agalla del salmonete  
Me asalta la certeza de que no queda pasta
Y voy y apunto
Precipitadamente
En el papel cuadriculado de la lista de la compra
Que sirve también como borrador improvisado
De este poema,
O lo que sea.
Mi cabeza es una locomotora,
Pero estoy segura de que el mundo no valdría nada sin poesía,
Eso súbito e irracional que nos emerge 
Mientras hacemos otras cosas. 

4/2/2018

martes, 14 de noviembre de 2017

Tum Tum
















Escucha atentamente en el silencio
Tum tum
Tum tum
Cómo si fuera lo último que hiciera en la vida.
Sueña sin permiso
Tum.
Dibuja palabras en el aire
Tum.
Duda
Tum.
Nota una yema,
Tum
en la palma de la mano
sintiendo en su interior
Tum Tum
Un maremoto.
Hace un alto en el camino
Para mirar las caprichosas formas de las nubes
a las que inventa arbitrarios decorados.
Respira mariposas
Tum
Y hojas de castaño
Tum
Y cisnes color carmesí.
GRITA
TUM TUM
TUM TUM,
Hasta vaciarse
por completo.
Luego prosigue
Tum tum
Mansamente
Tum
Su andadura
Existencial.
Late.
(Inspirado en el dibujo que generosamente donó Irene Fidalgo, Ire Petirrojo, el 11/11/2017 en el acto "León en Verso", el dibujo original es de Chiara Bautista).

lunes, 30 de octubre de 2017


nO hAY UnA rAzÓn


No hay una razón
Hay muchas razones.
No hay una verdad
Hay muchas verdades.
No hay una mirada
Hay muchas miradas o formas de ver las cosas.
No hay un sujeto
Hay muchas subjetividades.

No hay un emisor,
Ni un receptor,
Ni un código,
Ni un canal,
sino muchos emisores,
Receptores,
Códigos,
Canales,
En los que nos jugamos
-Nada menos-
Que el entendimiento.


No hay un solo día,
Hay más días que ollas.
No hay una lengua
Sino muchas lenguas.
No hay un corazón
Hay muchos corazones que palpitan -trémulos, desasosegados o tranquilos-
Con su sístole y diástole.
No hay un solo mar
Hay muchos mares.
No hay una estación
Sino cuatro.
No hay una sensibilidad
Hay muchas sensibilidades.
Y así podríamos seguir con la justicia, los sistemas, los gustos, los colores, las premisas, la educación.
Aunque todos estemos
Bajo el mismo sol
A distintas horas.

miércoles, 25 de octubre de 2017


Jardín ausente


Cuando la luz cegadora
se coló entre las ramas de los árboles
del jardín ausente,
donde un día me adentré
sin permiso
para quedarme,
junto al olvido y la hojarasca
el caballo blanco y la negrura
el palacio calcinado y el silencio de sueños rotos, de troncos curvados, 
pensé,
ilusa,
que tal vez, ella sí, pediría permiso para quedarse.
Se lo hubiera concedido, en serio, a qué negarme.
-Vale, le habría dicho, total uno más.
Pero no lo hizo.
No pidió.
Ahora vivimos en el jardín ausente 
los ocupas del abandono
y
la
cegadora
l
 u
  z.

lunes, 23 de octubre de 2017

De palabros, su uso, su disfrute

Según el contexto en el que nos encontremos, hay un "bueno" nuestro que sirve para saludar cuando encontramos a alguien, un "bueeeno" alargado que usamos para despedirnos, un "bueno" escueto de asentimiento o acuerdo o aprobación... hasta hay un "bueno" alegre que empleamos los de tierra adentro para mostrar la emoción, las emociones.


Hay también un "ahí" muy nuestro que empleamos a veces en la conversación cotidiana para indicarle al otro donde está un determinado objeto. 
Ese "ahí" es un "lugar" concreto que está en la mente del emisor pero que en ese momento, como si fuera objeto de una amnesia puntual, no consigue nombrar. Esta falta de precisión produce la lógica exasperación en el receptor y una interferencia en la comunicación. 
Ese "ahíííí", que se pronuncia alargando mucho la tilde final, sirve lo mismo para señalar dónde está la sal, el alicate que guardamos de seguro bajo el caedizo, o la caja de monedas para dar "la vuelta" del pan, como muy bien señaló hace unos días Dani, la panadera de mi pueblo, a quien agradezco (también dedico) la atinada observación.