XX PREMIOS COMARCALES “Un diez para diez”
Intervención de Sol Gómez Arteaga
Buenas tardes,
“Tengo que
proponerte algo que espero sea de tu agrado…
Tenemos un premio anual que entregan varias
asociaciones culturales de Tierra
de Campos, se llama el premio Un diez para diez, en el que cada año se conceden
a diez personas
u organismos que han tenido cierta proyección cultural, empresarial. Yo formo parte de Castrum Viride que es de Castroverde, y voy a proponerte candidata al premio por tu trayectoria ligada a la tierra nuestra, y también
de reconocimiento a la persistencia sobre la Memoria
Histórica (si bien el territorio nuestro es un tanto hostil),
pero será otra manera de
regresar y de avanzar”.
Algunos supongo que sabéis de quien son estas palabras: son de Salvador Porqueras Moreno. Las escribió en mi Messenger el 8 de marzo de 2018 y siguió,
año tras año, insistiendo en su propuesta (“cada loco con su tema” era uno de sus lemas) con la determinación y el empeño y el entusiasmo que le caracterizaban (entusiasmo, esa palabra
luminosa de procedencia griega compuesta de “en”, “theou” y “asthma”
que significa soplo interior de Dios o el que lleva un Dios dentro y es guiado por un impulso
desconocido hacia lo bueno y hacia lo bello).
Salvador nos dejó de forma inesperada el 15 de abril de ese aciago año en el que nos dejaron
los mejores, dos mil veinte, pero hoy, 30 de julio de 2022 en Santervás de Campos quiero creer, como dice mi estimada Licy Lozano González,
que aquellos a los que queremos y se fueron, aunque no están, nos ven. Así que mi sencillo
homenaje esta tarde, también
mi gratitud por este reconocimiento que se me otorga, se lo dedico a Salvador que está en el origen, que es semilla, y en esta tierra donde se planta un árbol y se seca, que dijo el escritor de Medina de Rioseco Justo González
Garrido, todos sabemos
lo importante que es una semilla.
Detrás de un gran hombre hay una gran mujer (al revés también ocurre). Así que quiero dar un abrazo a Dioni Rubio Gil, esposa de Salvador, compañera de profesión
por quien siento gran aprecio,
y a las hermanas de Salvador, que es un lujo humano
tener de amigas.
Dicho esto, que era lo más importante que quería decir, comentaros que tras comunicárseme la concesión
de este premio en la modalidad de literatura, se me envío un cuestionario con algunas preguntas. Una era: ¿Cómo crees que tu proyecto
incide en la Tierra
de Campos? En el caso del resto de premiados
no sé, pero en el mío creo que la pregunta
tendría que haberse formulado al revés, esto es: ¿Cómo crees que la Tierra de Campos incide en tus letras? Y es que la Tierra de Campos
está en mí desde que nací, en ella crecí, a
ella vuelvo siempre
que tengo ocasión. La Tierra
de Campos imprime
en mí una forma de ser, de estar en el mundo, de pensar, de sentir. También una manera de abordar
la escritura.
La Tierra
de Campos como dice un amigo gallego
de ochenta y ocho años que ama profundamente
nuestro territorio
“está en los campos de trigos y de cebadas que al madurar
son como el oro”.
Está en el pastor que diviso en la loma con su rebaño de ovejas pastando mansamente en los rastrojos. Acaso es el mismo pastor, me digo, que guarda en el fondo del bolsillo como un tesoro setas de cardo con que obsequiar a su prole, unas almendras dulces recién cogidas, una piedra de nube que, además de ahuyentar falsos presentimientos, sirve para afilar la navaja con la que corta el pan pegado al cuerpo.
La Tierra de Campos está en la pared de adobe del aprisco de mi padre poblada
de humildes aperos de labranza.
Está en las sábanas de algodón antiguo que mi madre, antes de tender al sol, aclara en azulete.
Está en el recuerdo
del olor a patatas
y a pitarros envueltos en papel de estraza
de la lumbre de la cocina de diario
de mi abuela.
Está en el paraíso
perdido -arcadia emocional- de mi infancia: caseta,
pozo, eras, que evoco cuando necesito
volver a ser pequeña, y que cada vez evoco más.
Está en las persianas
de lamas verdes por las que en otro tiempo se filtraba
la luz en verano a la bendita
hora de la siesta. Está en el griterío de chavales, algunos venidos de la ciudad,
correteando en la calle, mientras las mujeres hacían labor en la acera, está en sus murmullos
cuando, ya noche cerrada, nos reuníamos
en el portalín de María la Habanera para contar historias
de una amenazante y ominosa
mano negra, que yo siempre presentía agazapada
en lo más oscuro.
Está en el rosa rosae, en el puella, puellae, en el columba columbae, en el puer, pueris, que nos enseñó el profesor
de latín don Belarmino en el instituto de mi pueblo,
Valderas, cuando cursábamos segundo
de bachillerato, junto con chascarrillos de su propia cosecha. Y es que don Belarmino tenía tanta retranca como sabiduría tenía.
Está en el sabor del pan bregado
y de cuatro canteros, cuyo pellizco robado antes de la hora de la comida, sabía a cielo que se queda prendido en el paladar y, aún hoy, alimenta la memoria
emocional, la más nutricia.
Está en la tortilla
del domingo tortillero, previo al de Ramos, que nos daba pábulo a un grupo de niñas para ir a merendar
bajo los ojos del puente de la Pradera
Calahorra.
Está en la bola verde del Paseo Nuevo donde un día me meé de risa.
Está en las palabras
olvidadas añusgar, espingar, esturar, enratar, galdupiar, fuchiquera, satullel, seterón,
golilla, gusa, ros -precedido, claro está, del mecagüen-; o en las amenazas maternas sornabirón, somanta, templa, que son sinónimo de jabonada
o capellanía.
Está en la amapola
que nos sale al paso en los caminos,
en la flor de eneldo, que es estrella
en tierra, o esa otra azul malva de la achicoria. Está en los girasoles que miran al cielo en atardeceres en los que el cielo está asombrosamente naranja.
Está en el olor de la flor de la acacia, que hace poco descubrí
que es el azahar nuestro, ¿la habéis olido?
Está en las parvas de cebada de la era, fruto
de muchos trabajos y días, como el
poema de Hesíodo dedicado a los hombres, en los fardos de paja alineados arquitectónicamente, y en esa
otra arquitectura de nichos y barro que son los palomares, humildes atalayas
de una tierra repetida
y uniforme.
Está en los postes de la luz donde bajo un cielo inmensamente azul conviven
pájaros y pardales. Está en el pinto, pinto, colorito, en el cuento del tío Perandules que tenía las bragas
azules y el culito de al revés, en el Antón Pirulero, en la silla la reina que nunca, ni en navidad,
se peina, y en otras muchas retahílas
infantiles que repetíamos una y otra vez sin tregua sin descanso.
Está en esos días de finales
de septiembre en los que la luz es más intensa
y el aire doméstico que rezuma un olor esencial
a membrillos.
Está en los días de vendimias y de abejas revoloteando atraídas por el dulzor de los racimos mientras
el lineo se avistaba
aun tan largo, tan lejos.
Está en el majar de sopas de ajo que es manjar socorrido de las noches de invierno.
Está en la escarcha
que amorosamente abraza al
cardo y lo humaniza cuando en diciembre
el ciclo anual de las estaciones, así pasa con la vida, toca a su fin.
Está en más cosas, claro…
Escribir es una tarea solitaria
en la que, aunque no tienes
enemigos, conviene llevarse bien con uno
mismo. Es una tarea de corredor de fondo que, en contra del deseo de mi madre “estudia, hija hasta labrarte
un porvenir” no acaba nunca. Pero a mi lado hay muchas personas apoyando, sumando,
dando ánimos, aliento. Están los míos, mis padres,
Antidio, siempre en la memoria del corazón, y Lucía,
aquí entre nosotros, mi hermana
Mila que es amor, mi marido -no siempre
es fácil convivir,
lo sé Miguel Ángel Paramio Rodríguez, con quien concilia vida y letras-, y la gente que me acompaña y apoya en presentaciones y eventos. La lista es larga pero aprovecho
este importante momento
para mostrarles a todos ellos mi gratitud, destacando el apoyo de una persona del sur de León como yo, Isabel Revilla del Río, más conocida como Isamil9_cantautora, que siempre está.
Quiero
dar las gracias
a los organizadores de este ilusionante y necesario
premio “Un diez para diez” que impulsa
la creación y el progreso de nuestra
tierra, un premio con solera, que ya es mayor de edad, pues cumple hoy
veinte años, y al que deseo
una larga y fructífera vida.
Es motivo de celebración que, tras el impasse de estos años motivado
por la pandemia, se retorne a la entrega de estos premios
que otorgan las revistas El Malfije
de Castroverde, La Zarcica de Tordehumos, la Revista Valdunquillo, La Asociación Cultural Gebres de Villamayor de Campos y el Ayuntamiento de Gordoncillo, en cuya revista
tuve el honor de participar durante años.
Quiero dar las gracias
de forma expresa
a mi querido alcalde, Agustín Lobato Ruano, aquí presente, que tanto está haciendo por el bien común de nuestro
pueblo, Valderas.
Felicitaciones para el resto de compañeros galardonados en las distintas
categorías: Artes plásticas concedido al proyecto Arte contra el olvido
de Francisco Javier Melero Blanco de Boadilla
de Rioseco,
Asociacionismo otorgado a la Asociación Ponce de León de Santervás
de Campos, Difusión Comarcal concedido a la Editorial Aruz de Palencia, Etnografía concedido al Museo Etnográfico de Tordehumos de César León y Azucena Asensio de la localidad de Revellinos y Villamayor de Campos, Iniciativa Empresarial otorgado
a la cooperativa Agropal de San Pedro de Latarce,
Medio ambiente concedido a Fernando González
de la Vega de Becilla
de Valderaduey, Medios de Comunicación
concedido a Fernando Fradejas de Castro de Medina de Rioseco, Mejor Expediente Académico otorgado a Francisco
Asensio Zapatero de la localidad Autillo de Campos que cursa estudios en el Instituto de Enseñanza
Secundaria de Villalón de Campos
y Voluntariado Cultural otorgado a Luis Pablo Alonso
López de Villamayor de Campos.
Gratitud a ustedes. Sin público, sin ustedes que nos acompañan
y arropan, no se podrían hacer este tipo de actos. Gracias
de corazón, con el corazón.